Capítulo 17
Habían pasado tres días desde la excursión al mercado y la imprevista aparición de Miguel, y Najib aún no había regresado.
Su paradero seguía siendo un misterio que torturaba el corazón y el pensamiento de Sara.
Cualquier sonido procedente de la calle —ya fueran las ruedas de un coche sobre la gravilla de la entrada o unas pisadas que se acercaran apremiantes hacia la casa— prendía en su ánimo una fugaz mecha de ilusión que se desvanecía apenas un segundo más tarde, devolviéndola a la penumbra más cruel.
No entendía la eterna espera. La sentía densa y pesada sobre su pecho, aprisionaba sus sienes, como si fuese allí donde residiera el problema.
Desde que Sara retiró la tosca cortina de colores y entró en la vivienda a su regreso del bazar, no había hecho otra cosa que esperar.
La impaciencia rompía su cordura, consumía sus días, sus fuerzas y su rebeldía.
Ruth se empeñaba en hacerle entender que los viajes se complican, que una escala en un país puede prolongarse en el tiempo más de lo esperado, que los vuelos se cancelan y que los imprevistos suelen aparecen en forma de encuentro, retraso o despiste.
Le insistía en que se tranquilizara, que él estaba de camino y que llegaría pronto, cuando menos se lo esperase.
—¿Sabes algo de Najib? —preguntó una vez más. Y aquella tarde, por fin, la respuesta fue distinta.
—Sí, sé algo de Najib. Pero antes quiero enseñarte una cosa.
El anuncio de Ruth, que ya había desaparecido tras una de las puertas del tenebroso pasillo, la desconcertó.
Agradeció que solo tardara unos segundos en regresar, porque su imaginación empezaba a tantear siniestras posibilidades.
Pudo ver que traía algún objeto entre las manos, como si temiera perderlo o que otros ojos lo descubrieran.
Cuando estuvo a su altura, alargó el brazo y le mostró una fotografía.
—¿Sabes quién es? —El no de Sara era justo lo que esperaba para lanzarse a hablar—.
Se llama Wafa Idris y es un ejemplo para muchas mujeres.
Incluso para muchos hombres. Dicen que su verdadero nombre era Shihaz al Amoudi, pero qué más da, se llamase como se llamase, también ella juega un papel en tu vida, y en la mía.
Era una joven palestina de la ciudad ocupada de Lod, que vivía en la miseria en el campo de refugiados cisjordano de Al-Amaari, a las afueras de Ramala.
Según le contó Ruth, con los ojos brillantes por la emoción y el retrato fuertemente apretado contra el pecho, el padre de aquella muchacha había muerto de un ataque al corazón y su madre había tenido que buscarse la vida para sacar a su familia adelante.
—Aun así dicen que Wafa Idris jamás perdía la sonrisa.
Tenía un gran corazón y por ese motivo, después de licenciarse en Enfermería, entró como voluntaria en la Media Luna Roja.
Con ellos, recorrió en ambulancia los lugares más peligrosos de Cisjordania —mencionó Ruth las ciudades de Nablus, Tulkarem, Yenín, Aram, Ramala.
Nombres que Sara había oído en los informativos una y mil veces—, y pudo estar en contacto con la injusticia que vivía su pueblo, asediado, humillado por los israelíes.
Día tras día presenció la muerte de musulmanes a manos de los judíos, vio morir a casi un centenar de jóvenes en los frentes de la intifada.
Y al fin, a los veintiocho años, fue testigo de algo que la empujaría a tomar la decisión más importante de su vida. Algo que marcaría las nuestras.
Separó la foto de su pecho y se la tendió a Sara, que la cogió sin desviar los ojos de los labios de Ruth.
Le contaba ahora cómo la joven palestina atendió a un chico de quince años que había recibido un disparo en la cabeza a manos de los soldados israelíes.
No pudo hacer nada: el muchacho falleció horas más tarde y ella, acostumbrada a la muerte, a la guerra, esa vez no pudo soportarlo: tenía que hacer algo.
Ya no le bastaba con haberse adherido a la revolución palestina, como sus tres hermanos.
—Porque Wafa se había afiliado al partido gubernamental, Al Fatha, de Yaser Arafat, y de ahí había pasado rápidamente a ser miembro activo de los Tanzim, que engendraría a su brazo armado, la Brigada de los Mártires de Al Aqsa —había explicado, como un paréntesis al vuelo en mitad de la narración.
Lo dijo con prisas, como quien lo da por sabido… Algo bastante lejos de la realidad de Sara, para quien esos partidos y grupos terroristas no resultaban más que piezas inconexas de un conflicto que jamás había entendido. La mirada de Ruth brillaba como animada por una fuerza interior.
—El 27 de enero de 2002, Wafa pidió autorización en el trabajo para ausentarse durante un par de horas y se dirigió al centro de Jerusalén.
Cuando llegaron a la calle Jaffa, se inmoló con once kilos de explosivos.
—Sara apenas escuchaba, solo podía pensar: «¿Por qué sonríe al decirlo?
, ¿cómo puede?»—. Mató a un israelí de ochenta y un años y dejó más de ciento cincuenta heridos.
Y así fue como hizo historia… Y cambió nuestras vidas, abrió un camino que…
Se sacudió el impacto y buscó fuerzas para negar con la cabeza.
—Esa mujer no abrió caminos… No hables de ella como si fuese… —Le devolvió el retrato como si quemase—. Esta mujer no tiene nada que ver conmigo, con mi vida…
—Tal vez ahora creas eso… pero Wafa Idris era una mujer como tú, joven, guapa, moderna, que llevaba vestidos escotados, camisetas sin mangas, maquillaje, el pelo suelto.
Había estudiado, se había casado e incluso tiempo después se divorció.
Y de la noche a la mañana, se convirtió en la heroína del pueblo, la dama negra de la intifada palestina: un ejemplo para todas.
Orgullosa, Ruth le aseguró que a partir de ese día de 2002, aquella mujer se convirtió en todo un mito.
—Un símbolo de nuestra lucha —dijo. « Vuestra lucha», pensó Sara—.
Todo el mundo hablaba de ella; sus fotos colmaban las paredes, las farolas, los autobuses.
Le dedicaron canciones, poemas. Hasta Sadam Huseín ordenó levantar un gran monumento en su honor en una de las plazas de Bagdad: la primera mujer kamikaze desde que comenzó la intifada.
Bueno, no es que fuera exactamente la primera…
—Y como si estuviese recitando un salmo, Ruth desplegó un listado macabro que Sara apenas oyó: 9 de abril de 1985, Sana Khyadali, 16 años: se suicidó en Jezzin, Líbano; 14 de noviembre de 1987, Shagir Karima Mahmud, 37 años: dejó siete muertos y veinte heridos; 21 de mayo de 1991, Thenmuli Rajaratnam: con su suicidio mató a Rajiv Gandhi, primer ministro de la India; 1996, Zeynep Kinaci, 24 años; cargadas con cinturones explosivos, Laila Kaplna, de 17, y Otas Guiar, de 29, fingieron estar embarazadas y mataron a trece personas…
La lista era inacabable, aunque Ruth seguía pensando en la palestina y pronto volvió sobre ella.
—Y muchas más, te sorprendería saber cuántas. Pero ninguna consiguió lo que logró Wafa Idris. Abrirnos los ojos, marcarnos el camino de la lucha. Ella dio su vida para que otros vivan. ¿Lo entiendes? No hay nada más grande que esa entrega.
A Sara le costó asimilar aquellas palabras. Por supuesto que no lo entendía, y tampoco quería escuchar nombres que le sonaban peligrosos, ni saber nada más sobre leyendas de héroes y villanos. En su mente solo había espacio para una pregunta y no entendía qué pintaba Wafa Idris en todo aquello.
—¿Qué sabes de Najib? Me dijiste que había noticias, que… —La pregunta despertó una sonrisa en el gesto de Ruth, que la cogió de la mano y la condujo hasta una de las habitaciones del pasillo.
—Sí, sé algo. Pero antes debes conocer a alguien. Y luego te diré lo que quieres saber.
En el interior de la habitación cuyo umbral acababan de traspasar con el mismo sigilo que si hubieran entrado en un lugar sagrado ya se encontraban las tres mujeres que solían ocupar el sofá durante horas, con la parsimonia de quien ve pasar el tiempo sabiéndose su dueño.
Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que sus suposiciones no podían estar más equivocadas: pronto entendió que el tiempo no les importaba porque carecían de él.
Alguien se lo había arrebatado y había hecho saltar por los aires la medida de su existencia.
Las tres estaban sentadas en la primera cama de la triple litera situada en uno de los lados de la habitación, como si esperaran aquella visita desde hacía horas.
Sara y Ruth tomaron asiento en el primer camastro de la doble litera ubicada justo enfrente y, como ya sucedió con Hurriya y Aicha, fue Ruth quien hizo las presentaciones.
—Pocas personas saben lo que tú estás a punto de descubrir y créeme que no exagero si te digo que algunos matarían por hacerse con esta revelación.
Ellas están de acuerdo en confiarte su gran secreto, aunque eso les suponga un gran esfuerzo.
Estoy convencida de que las entenderás y que no podrás evitar verlas con otros ojos.
Sé que sabes varios idiomas, ellas también, un poco, así que confío en que las ayudes a expresar lo que tienen que decirte.
Sara notó que le sudaban las manos. La lentitud que presidía cada gesto, cada mirada, cada amago por iniciar una conversación contribuía a ponerla cada vez más nerviosa.
—¿Hablas alemán? —preguntó de pronto una de las mujeres mientras apartaba el pequeño velo de muselina que le tapaba el rostro, dejando al descubierto su pelo negro y ensortijado, que mantenía atado con una correa.
Se trataba de una muchacha de no más de veinte años con los ojos más azules que Sara había visto en su vida.
Era hermosa y de algún modo eso hacía aún más macabro su entierro en tela.