Capítulo 13
El mundo se quedó vacío, en un fúnebre y denso silencio, con la calma trágica que caracteriza la fatalidad inesperada, y el perfume de lo tétrico que destila la peor de las desgracias.
El desierto de los sentidos. El mayor sufrimiento que el umbral del dolor podría soportar.
El más lóbrego de los duelos. El ocaso. La nada.
No supo cuánto tiempo pasó en un estado de colapso mental absoluto, pero llegó a su fin cuando uno de sus alumnos se acercó hasta ella.
—¿Está usted bien, profesora? —No lo estaba, pero asintió y disfrazó su muerte en vida.
Despertó a la realidad de la última llamada: aún tenía el teléfono entre las manos, que se habían quedado frías, gélidas, como si la sangre se hubiera congelado impidiendo la circulación por las venas.
Las cinco y treinta y ocho. Tenía que llamar a su padre.
—Papá, soy yo.
El nudo de su garganta apenas permitía el libre tránsito del aire que necesitaban sus cuerdas vocales para dar voz a las palabras más embusteras de toda su vida.
Ni siquiera pudo escuchar el aluvión de preguntas que salía de la boca de su desesperado interlocutor, que al escuchar las explicaciones de su hija, fueron marchitándose y quedando en nada. Un nuevo desierto.
—Iván está bien. Le pedí a Najib que lo recogiera. No te preocupes por nada. Vete a casa. Nos veremos allí y te lo contaré todo.
—¿Qué pasa? ¿Te encuentras bien? —Mario conocía a su hija y sabía distinguir los silencios escondidos en el tono y el timbre de voz de su pequeña—.
No puedo creerme que él haya venido a recoger a Iván.
Me pediste que lo hiciera yo. —Se alejó adrede del círculo de docentes que le rodeaban y que empezaban a cruzar miradas—.
Creí que ese asunto estaba ya liquidado.
Tú misma me lo dijiste. ¿Qué pasa, hija? Háblame, ¿qué pasa? No entiendo nada.
Sara volvió a insistir en sus palabras y a Mario no le quedó más remedio que acatar el frágil argumento y admitirlo como válido.
Levantó la cabeza y observó a todo un ejército de ojos que le acuciaban sedientos por saber qué es lo que pasaba y cuáles eran esas novedades que llevaban minutos esperando.
—Es mi hija. Iván está bien. —Miró a la señorita Alicia y después al resto de los profesores, que se habían ubicado alrededor suyo como si con esa disposición formal buscaran confortarle—.
Discúlpenme si me he mostrado grosero y si he dicho algo…
inadecuado. No suelo perder los nervios, pero comprenderán que la situación…
—Tampoco entonces fue capaz de finalizar la frase.
Su mente todavía escrutaba la conversación con su hija y lo poco que le había convencido.
—Por favor, no se preocupe por nada. No tiene por qué disculparse.
Todos lo entendemos. —El director del colegio parecía más aliviado que Mario, después de apartar los fantasmas del más que probable escándalo que se hubiera desatado de haberse cumplido el peor de los pronósticos—.
Lo único importante es que Iván está bien y todos nos alegramos de ello.
Váyase usted tranquilo a casa y disfrute con los suyos del fin de semana, señor Dacosta. Por favor, olvídese de todo lo demás.
Sara dio por terminada la clase veinte minutos antes.
Salió de la escuela de idiomas precipitadamente, sin distinguir a ninguna de las personas que encontró a su paso ni escuchar la pregunta de Pedro, que le gritaba desde el otro extremo del pasillo al que había salido después de que uno de los alumnos de Sara corriera a su despacho para informarles de que algo le pasaba a su profesora.
—¿Qué ocurre, Sara? ¿Qué pasa? —Sus voces no llegaron hasta los oídos de su colega, anestesiados por una dosis extrema de terror que conseguía envolverlos con una membrana impermeabilizada a la realidad.
Su cabeza se había convertido en un auditorio cerrado, hermético, donde el único sonido reinante era el eco de las palabras de Najib.
El recuerdo de su voz hería su cerebro, le desgarraba el alma.
Todo su interior era una enorme confusión, una nube de incógnitas, de vacíos, un laberinto de misterios.
Una anarquía mental que invalidaba sus sentidos.
Ni siquiera podía recordar cómo se había subido al taxi que la llevaba a la casa de Najib, al lugar donde tres meses atrás juró no regresar jamás.
Le atormentó pensar en lo poco que servía en la vida molestarse en confeccionar planes cuando la maldad rige los siniestros hilos de un destino impuesto.
Sintió la necesidad de rezar, pero ni siquiera supo por dónde empezar o qué palabras emplear.
Estaba en el ascensor que la llevaría hasta el piso cuarto; cuando sus puertas se abrieran, le mostrarían la puerta C.
El trayecto de no más de veinte segundos se le hizo eterno, demoledor.
Hubiese dado lo que fuera por tener el privilegio de apretar el botón de parada, que sobresalía en rojo del panel, y detener el mundo para pensar, enfriar su cabeza, urdir un plan que le permitiera recuperar a su hijo y salir airosa de aquella nueva pesadilla.
Pero ni había tiempo ni aquel era el mejor lugar para abrigar quimeras que solo servirían para mermar su capacidad de reacción y la posibilidad de controlar la situación.
Notó que le temblaba la mano cuando alargó el brazo con la intención de apretar el cajetín del timbre de la puerta C.
Cerró los ojos e intentó armarse de valor forzando el regreso a su cerebro de imágenes de los buenos momentos que había vivido en aquel lugar.
Le resultó imposible. Tan solo recordaba el golpe en la mandíbula que la dejó inconsciente y el fin de semana que pasó con una de sus muñecas esposada a la cama donde un día demasiado lejano se sintió renacer.
Fue un ejercicio en balde intentar rememorar la pasión, el amor, las risas, la plenitud y la felicidad vivida entre esas cuatro paredes.
Era como si nada de aquello hubiese sucedido, como si todo fuera parte de una enorme farsa orquestada únicamente para burlarse de ella e infligirle el máximo daño posible.
La primera llamada, como su intento por recuperar buenos recuerdos, resultó infructuosa.
Apretó una segunda vez el timbre. Miró su reloj.
Eran las seis y ocho. Tan solo se había retrasado uno o dos minutos.
No era posible que por sesenta segundos Najib hubiese cumplido su promesa de hacer daño al pequeño.
Pegó su oreja a la puerta en busca de algún ruido, algo que la informara de que había alguien en su interior.
Nada. La desesperación empezó a gobernar sus pensamientos y, de un manera más notoria, sus actos.
Tocó el timbre una y otra vez, sin control, sin tiempo de espera entre una llamada y la siguiente, sin dar tregua a la resonancia metálica convertida, por su insistencia, en una sirena incesante.
Estaba dispuesta a tirar la puerta abajo a patadas de ser necesario, pero esta se abrió y la aparición de Najib frenó su ímpetu.
—Te dije treinta minutos, llegas tarde.
—¿Dónde está mi hijo? —preguntó levantando la voz todo lo que pudo—. ¿Qué has hecho con él, hijo de puta? —La mano de Najib la agarró del cuello y la obligó bruscamente a entrar en la vivienda.
—No creo que estés en condiciones de insultar ni de exigir mucho, profesora. Te conviene estar calladita, a no ser que quieras que vuelva a atarte a la cama, que, por lo visto, es lo único que funciona —le susurró al oído mientras con la mano que le quedaba libre le tapaba la boca.
Sara no intentó gritar. Tampoco hubiese podido.
Ni siquiera se atrevió a modificar su postura.
Tan solo su mirada buscaba desesperadamente a Iván, inspeccionando desde su posición, con la espalda apoyada contra la pared, cada metro cuadrado de la casa, cada mueble, cada rincón. Nada. Ni rastro del pequeño.
—No está aquí —dijo Najib, que disfrutaba al ver cómo aquellas tres palabras lograban desmoronar a Sara.
El cuerpo de ella empezó a rebelarse, intentaba inútilmente escapar de los brazos del hombre que había decidido romperle la vida—.
¡Estate quieta! Iván está bien. Mejor que tú.
¿No creerías que iba a tenerle aquí mientras tú te presentabas con la policía y con algún amiguito? ¿Acaso me crees tan estúpido?
Sus palabras salían envueltas en odio y brotaban del interior de una garganta incendiada por la maldad, inmune a la compasión.
Permanecía impertérrito ante la desesperación de aquella mujer de ojos encharcados en impotencia, entregada a la más descarnada desesperanza ante un horizonte tan poco grato para el optimismo.
Ni un solo gesto perturbó la expresión de Najib al ver el dolor en el rostro que tantas veces había visto gemir de placer bajo su cuerpo.
Retiró la mano de la boca de Sara. Era la única licencia que tenía pensado concederle, aunque solo fuera por regodearse en su posición de dominio absoluto.
—¡He hecho todo lo que me has dicho! ¡No he venido con nadie y tampoco he contado nada!
¡Ni siquiera a mi padre! Tienes que creerme.
Dime dónde está, por favor. Dime qué es lo que quieres y terminemos con esto de una vez.
—Había decidido mostrarse complaciente. Haría todo lo que marcasen los deseos de aquella bestia con tal de que le permitiera recuperar a su hijo y marcharse.