Capítulo 12 #3
— No, espere… —dijo finalmente, tras titubear durante unos segundos.
La idea de quedarse con el niño y el posible enfado de Sara la hicieron recapacitar.
Además, había visto a la pareja en varias ocasiones y no tenía por qué haber problema alguno si permitía que, por esta vez, se lo llevara.
Ya hablaría con Sara para recordarle las normas del centro por si había una próxima—.
Verá, no creo que haya problema. Si se lo han encargado a usted…
— ¿Seguro? —se atrevió a jugar con la presión del momento—.
No quiero forzarla a nada. —El ademán afirmativo de Alicia le hizo no tentar al destino—.
Perfecto. Me lo llevo a merendar, que ya debe de tener hambre.
Y mire, si se va a quedar usted más tranquila, en cuanto hable con Sara, le digo que la llame, ¿le parece bien ?
De haber tenido poderes especiales, la mirada de Mario habría fulminado a la señorita Alicia, que no sabía si aquellos rayos que le salían de los ojos al siempre apacible abuelo eran fruto del odio, la indignación, el miedo o la locura. O quizá todo junto.
—Pero ¿es que se ha vuelto usted loca? ¿Cómo ha permitido que mi nieto se vaya con el primero que ha venido a buscarle? ¿Qué clase de colegio es el suyo? —Mario se olvidó de su habitual tono sereno. La irritación que le abrasaba la garganta era superior a él y no le importó exteriorizarla.
—Señor Dacosta, le ruego que se tranquilice.
Yo no he entregado a Iván al primero que ha venido a buscarle.
Cálmese. Ya le digo que ese joven solía venir con su hija.
De hecho, la hemos estado llamando al móvil y no nos ha contestado.
Quizá si usted fuera capaz de hablar con ella, estoy segura de que le podría explicar que…
—¡Aquí los únicos que deben darme explicaciones son usted y la dirección de este colegio!
—Mario se sentía al borde del colapso físico y mental.
Estaba fuera de sí, sus ojos miraban en todas las direcciones, como si guardara aún alguna esperanza de encontrar a su nieto saliendo a la carrera de alguno de los soportales.
Los gritos habían llegado hasta los oídos de otros profesores, que no tardaron en acercarse a conocer los motivos de tanto alboroto.
El director del centro bajó raudo de su despacho, situado en la primera planta y cuya ventana daba al patio exterior.
Hasta allí habían llegado las voces de la acalorada discusión.
—Esto debe de ser una tremenda confusión que se aclarará en pocos minutos. Verá como todo se debe a un malentendido. —Las palabras del director no lograron apaciguar los nervios que dominaban al abuelo de Iván.
—Más les vale que así sea. Más les vale.
—Relájese, por favor. Todo se arreglará —insistió el otro.
—Son ustedes los que se han relajado demasiado en sus funciones.
Y les aseguro que esto no va a quedar así.
Como mi nieto no aparezca… —Mario prefirió no terminar la frase.
Miró la hora. Las cinco y media. Pensó en su hija, en que estaría aún esperando su llamada, en la ansiedad que debía de estar sintiendo. En verdad, no se podía imaginar cuánta.
Las cinco y treinta y cinco.
La pantalla del móvil de Sara se iluminó antes de que el aparato comenzara a vibrar.
«Por fin. Ya era hora». Alargó la mano y atrapó el teléfono, aunque las prisas a punto estuvieron de acabar con el móvil estrellándose contra el suelo.
La serenidad se convirtió en un fantasma cuando leyó en la pantalla la identidad de la llamada: «Número oculto».
Najib lo había hecho a sabiendas: sabía que Sara tendría una llamada perdida suya, la que él mismo realizó cuando se encontraba con la profesora Alicia.
Pero Sara ni siquiera la había visto. Ahora ese número oculto bramaba desde la pantalla de su móvil.
No tenía tiempo ni ganas de vacilaciones.
Estaba desesperada por tener noticias de su padre y de su hijo, y debían de ser esas. Solo se equivocó en parte.
—Qué sorpresa, profesora. Creí que nunca iba a contestarme.
—La voz de Najib logró turbar sus sentidos hasta tal extremo que a punto estuvo de desplomarse contra el suelo.
El aula comenzó a dar vueltas en su cabeza.
Necesitaba sentarse. La asustó que hubiera vuelto a tratarla de usted; aquello no podía significar nada bueno—.
Estoy aquí con Iván disfrutando de un enorme helado.
Lo estamos pasando en grande. ¡Hay que ver el apetito que tiene el chaval!
Claro, que tiene a quien salir, ¿no es cierto, profesora, o eso también lo ha olvidado?
La respiración de Sara se aceleró, su pecho se elevaba en pequeñas bocanadas y una leve película cristalina comenzaba a cubrir sus ojos, incapaces de ceder al parpadeo.
La voz del inesperado interlocutor se volvió seria, más grave y deliberadamente reservada, regresando al tuteo después de la teatralidad utilizada en el trato.
—Escúchame bien. Si quieres volver a abrazar a tu hijo y tener la oportunidad de verle crecer y hacerse un hombre de provecho, ven ahora mismo donde tú ya sabes, de donde saliste corriendo, dando un portazo y sin despedirte.
No pases por tu casa, ni des explicaciones a nadie y mucho menos cometas el gravísimo error de avisar a alguien o pedir ayuda.
La única que puede salvar a tu hijo eres tú.
Si abres la boca, te juro que le mato. Sabes que lo haré si es preciso, así que no seas tan estúpida de ponerme a prueba.
Si tardas más de media hora, entenderé que tu hijo no te importa demasiado, como tampoco te importé yo.
Najib hizo un pequeño silencio. Podía escuchar a través del auricular la agitada respiración de su expareja. Sara estaba en estado de shock , su mente no podía procesar con objetividad lo que estaba escuchando y ni siquiera le dio opción a rogarle que no le hiciera daño a su pequeño.
—Media hora. En mi casa. No te retrases, profesora.
Aquello fue lo último que dijo antes de cortar la comunicación. Habían sido los dos minutos más largos de toda su vida.