La infiel Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Le resultó extraño que su padre no le hubiese hecho una llamada perdida o enviado un mensaje escrito, como era habitual, para hacerle saber que ya había recogido a Iván y que se dirigían a merendar a casa o a tomarse un helado a una confitería del barrio donde hacían los mejores batidos de chocolate blanco.

Las cinco y cuarto.

Intentó tranquilizarse. Iván se habría retrasado al salir por cualquier tontería, habría olvidado algo en su pupitre o le habría entretenido alguna tarea encomendada por su profesora.

Continuó repartiendo los folios entre sus alumnos, escribiendo en la pizarra, contestando algunas dudas y lanzando miradas desesperadas a su móvil, que permanecía inalterable sobre la mesa.

Sin embargo, sí se había producido una llamada que no había visto, justo cuando ella se encontraba al final del aula resolviendo un problema con uno de sus alumnos.

El móvil vibró apenas sobre la mesa, pero ella estaba demasiado lejos para escucharlo. Y ojalá lo hubiese hecho.

Las cinco y veinticinco.

«Se habrá quedado sin batería. Iván le estará poniendo la cabeza como un bombo con ir a comer una hamburguesa o tomarse un helado y se le habrá olvidado llamarme.

O peor aún, como sabe que no me gusta que tome comida de ese tipo, no me llama para no tener que escuchar mis reprimendas.

Lo hará en cualquier momento. Siempre lo hace».

Las cinco y media.

Sus excusas ya no la convencían. Treinta minutos era demasiado tiempo para no tener noticias y se iba inquietando cada vez más y más, ajena al cuadro de nerviosismo que en aquel momento vivía su padre.

Desde las cinco menos diez, Mario permanecía atascado en una de las calles cercanas al colegio.

Tocó el claxon una y otra vez, presa de la impotencia y la desesperación.

Sacó la cabeza por la ventana, intentando encontrar la causa de semejante retención: un camión se había cruzado en mitad de la calle estrecha en la que se encontraba e impedía el paso.

Clavó su vista en el retrovisor con la esperanza de que ningún vehículo se hubiese situado tras él, lo que le permitiría dar marcha atrás y abandonar el atasco: imposible.

Le separaban apenas cinco minutos del centro escolar, pero parecía a horas de allí.

El desquiciante recital de cláxones interpretado por los furiosos e impacientes conductores que habían caído en aquella encrucijada de asfalto no ayudaba a calmar sus nervios.

Pensó abandonar su coche en la acera e ir corriendo a buscar a Iván, pero los demás vehículos se lo impedían. Miró el reloj del salpicadero.

Las cinco y cinco.

«Ya debe de estar saliendo y yo todavía en esta maldita ratonera».

Mario odiaba llegar tarde. Nunca lo hacía.

Desde pequeño le habían enseñado que la puntualidad era más un deber que una consideración hacia las personas con las que había quedado y su tiempo no tenía por qué valer menos que el de él.

Se imaginó el patio escolar convertido en un auténtico hervidero de niños que salían gritando, corriendo enloquecidos, con la mitad del uniforme en una mano y en la otra una pesada mochila que a duras penas eran capaces de arrastrar.

Mientras tocaba nuevamente la bocina, imaginaba al resto de los padres recogiendo a sus pequeños mientras Iván seguía buscando en vano a su abuelo.

Le tranquilizó recordar los cientos de veces que le había dicho a su nieto que si algún día salía del colegio y no estaban mamá ni él, debía esperar en el patio o volver adentro hasta que ellos llegaran.

Se tranquilizó un poco al pensar en lo obediente y responsable que era aquel pequeño.

Volvió a tocar el claxon, como si eso ayudase a espantar los coches de su alrededor. Miró nuevamente su reloj.

Las cinco y diez.

Pensó que a esa hora Sara empezaría a inquietarse al no recibir un mensaje confirmando la recogida.

Empezaba a sudar demasiado y forzó a su mente a buscar alternativas menos traumáticas.

Inmerso en esos pensamientos, le pareció ver que el camión que había originado aquel desaguisado por fin había resuelto el problema.

Pudo ver cómo el conductor del tráiler dejaba de hablar por el móvil, hacía un gesto con la cabeza a su compañero y ambos se subían al inoportuno vehículo que había estado colapsando el tráfico más de veinticinco minutos en una calle que no solía ofrecer problemas y que, en condiciones normales, se recorría en dos minutos.

A las cinco y veintitrés Mario hacía su entrada en el patio del colegio, asfixiado y al borde de la arritmia.

Apenas quedaban niños en su interior. Escrutó con su mirada la amplia superficie del colegio, examinó cada esquina, cada soportal, cada árbol tras el que podría ocultarse su nieto.

No podía verle. No le encontraba. A quien sí avistó fue a la señorita Alicia, cuya visión sirvió para aliviarle el espíritu: ella sabría dónde estaba Iván.

Pero el gesto en las facciones de la profesora le hizo sospechar que algo no iba bien.

—Señor Dacosta…, pero ¿qué hace usted aquí? Iván acaba de marcharse… Estuve con él esperando a que vinieran a recogerle… —Las palabras comenzaban a salir de su boca por cuentagotas—. Usted y su hija se retrasaban… y apareció él… Ustedes se lo pidieron, le pidieron que…

—¿Quién ha recogido a Iván? —Los ojos de Mario estaban dispuestos a devorar a la asustada señorita, que cada vez se iba haciendo más pequeña y encontraba más problemas para respirar de manera acompasada—. ¿A quién ha entregado usted a mi nieto? ¿Con quién se ha ido?

—El muchacho, el joven que solía venir con su hija.

No recuerdo su nombre. Pero ¿es que usted no lo sabía?

Me aseguró que le había enviado Sara… No creí necesario…

Había venido muchas veces con ella, pensé…

—La señorita Alicia empezó a entender que algo sumamente grave acababa de suceder ante sus narices y ella no había hecho nada por impedirlo.

Los hechos se reprodujeron en su cabeza como si fuera una secuencia macabra y rápida de fotogramas que auguraban un drama demasiado temido.

— ¿Qué tal está usted, señorita Alicia? Tan elegante como siempre.

¡Iván, campeón!, ¿cómo estás? —le dijo al niño, que no tardó en devolverle el gesto cariñoso con la mano.

Conocía a aquel hombre: era el amigo de su madre, Najib, el dueño del coche deportivo, el que le compraba dulces y juguetes, el que hacía reír a mamá, el que paseaba con ella y le había ido a buscar en algunas ocasiones—.

Perdóneme por el retraso, señorita —dijo señalando su reloj, que marcaba las cinco y once minutos—.

No se lo creerá, pero llevo casi un cuarto de hora atascado en una calle por culpa de un camión que se ha estropeado y que ha conseguido paralizar el tráfico de medio Madrid.

Creí que no llegaba. Me ha mandado Sara a recoger a Iván.

No se crea, ella todavía lo lleva peor que yo.

Ha tenido que irse a las afueras para comprar no sé qué relacionado con la casa y a estas horas todavía no ha podido entrar en Madrid .

— No me han llamado para decirme nada. Siempre me avisan si hay algún imprevisto… —dijo dubitativa la señorita Alicia .

— ¡No me extraña! ¡Si casi no me ha avisado ni a mí!

Pero se lo ruego, no la culpe, eso nos pasa a todos.

Esperamos hasta última hora creyendo que nos va a dar tiempo y siempre nos confiamos.

Y claro, me lo han dicho a última hora y por mucha prisa que me dé, cualquier atasco me hace la puñeta.

Perdóneme, no debo decir estas cosas delante de Iván.

—Se acercó a ella en busca de una complicidad que no le costó encontrar a juzgar por la sonrisa nerviosa de la señorita Alicia.

Hasta ella llegó el intenso olor a canela que desprendía el cuerpo del hombre—.

Luego lo repiten todo, y no vea Sara las broncas que me echa .

— Claro, lo entiendo. Pero aun así, creo que debería llamar para asegurarme… —El rostro de la profesora mostraba cierta confusión .

— Discúlpeme, tiene usted razón. ¡Qué estúpido soy!

Siempre me pasa igual, soy un confiado. Creí que se acordaría usted de mí.

Y Sara también lo dio por seguro. Por favor —dijo invitándola a usar su propio teléfono móvil, que acababa de sacarse del bolsillo del pantalón y en el que ya tecleaba—, si quiere usted llamar a Sara, tome, hágalo desde mi teléfono.

De hecho, me parece una buena idea. Y eso dice mucho sobre usted.

Ahora me explico la buena imagen que tiene usted en el colegio, que de todo se entera uno, no crea .

La sonrisa cruzaba el rostro de Najib. Sabía que Sara, al ver su nombre en la pantalla del teléfono, no respondería a la llamada, como evidenciaba el gesto de la señorita, que negaba con la cabeza de derecha a izquierda .

— ¿Nada? ¿No le contesta? Pruebe otra vez si quiere.

O mire, si lo prefiere y se queda más tranquila, yo le dejo a Iván y cuando logre localizar a su madre, ya le explicaré que no me lo he podido llevar.

A ver si consigo dar con ella… Seguro que lo entenderá y ustedes dos sabrán cómo resolverlo de la mejor manera.

Lo siento, campeón —le explicó a Iván, acuclillándose frente a él .

El rostro del niño reflejaba el sentimiento de abandono en el que empezaba a sentirse al pensar que le tocaría quedarse allí solo con la señorita Alicia .

— Tu mamá no se ha acordado de llamar a tu señorita para decirle que venía yo a buscarte, pero no creas que se ha olvidado de ti, eso no lo pienses nunca.

Seguro que lo ha intentado, será que ha tenido algún problema con el teléfono.

Vas a tener que esperarla aquí. Ojalá no tarde mucho.

—Comenzaba ya a incorporarse para despedirse de la responsable escolar—.

Señorita Alicia —le espetó alargándole la mano—, siempre es un placer verla .