Capítulo 12
No volvió a recibir una llamada de Najib hasta cinco días más tarde.
Por supuesto, no le contestó. No había borrado su contacto de la agenda para saber que era él quien llamaba y poder rechazarla.
Apretó la tecla del móvil que le permitía dejarlo en silencio y contempló la pantalla luminosa con su nombre resplandeciendo intermitente en ella.
Llamó diez, veinte, treinta veces en un solo día.
Pero no dejó mensaje. «Mejor», pensó. Ni siquiera tendría que escuchar su voz.
No quería recibir ninguna explicación porque sencillamente no la había.
Rechazaba concederle una oportunidad de justificar su conducta.
No le interesaba si su actitud fue motivada por la tensión, las drogas, el alcohol o lo que fuera que hubiese encontrado aquella vez para salir airoso de tan delicado asunto.
No había excusas posibles para su comportamiento.
Habían llegado a un punto de no retorno donde las palabras se tornaban vacías.
Nada de lo que pudiera decirle habría reparado el grave error cometido.
Ya ni siquiera le interesaba saber por qué había descubierto al menos tres pasaportes falsos, y tampoco deseaba esclarecer la red de mentiras y embustes que tenían como protagonistas a los chats, a internet, a un imán y varios de sus correligionarios.
Nada de lo que saliera de su boca tenía ya sentido para Sara.
Ya no le valían las historias, los relatos ni las fábulas populares.
No quería volver a escucharlas. No le interesaban.
Podía quedarse tranquilo, no pensaba denunciarle, pero le quería fuera de su cabeza, de su cuerpo, de su vida.
Cada vez que vibraba el móvil o se encendía la pantalla, el corazón de Sara se disparaba y se encogía hasta sentirlo del tamaño de una avellana que amenazaba con romperse en mil pedazos ante cualquier fuerza exterior en el momento más inesperado.
Siguió recibiendo sus indeseables llamadas a cualquier hora del día o la noche, y se acostumbró a llevar el teléfono en silencio o directamente apagado si se encontraba en casa con los suyos y el reloj marcaba más de las nueve y media de la noche.
Poco a poco fue recuperando su vida anterior a la aparición de Najib.
Se dedicó aún más al bienestar de Iván. No es que durante su relación le hubiese desatendido, jamás le escatimó dedicación, mimos y cariño, pero tenía la impresión de que sin otro asunto que la distrajera su hijo se sentiría más arropado por su madre.
Podía ser un razonamiento irracional, pero a ella la reconfortaba.
Sin duda, pasaría mucho tiempo antes de embarcarse en una nueva aventura amorosa.
La experiencia le había negado la posibilidad de acariciar la menor esperanza de segundas y terceras oportunidades. Tampoco le importaba.
Tenía más tiempo libre, sobre todo por las mañanas, pero se resistía a salir de casa por si se encontraba con él y la tierra se abría bajo sus pies.
No sabía cómo podría reaccionar. Solo pensar en ello le robaba el aliento.
Quería evitar esa posibilidad y cualquier otra capaz de perturbarla.
Había pensado llamar a Lucía, a su Lucía de la Parra Mengual, a la que maldijo y castigó con su silencio como nunca hubiera hecho una buena amiga.
Quería hablarle, no para contarle lo vivido durante aquel fin de semana grotesco que se resistía a desaparecer de su memoria, sino para pedirle perdón, ya que los últimos acontecimientos habían abolido cualquier problema de orgullo en su persona, algo impensable en el caso de su amiga.
Cada hora que devoraban las agujas del reloj y no sabía de él la entendía como una victoria, como una dosis extra de tranquilidad y sosiego a la que intentaba acostumbrarse.
La pasión, la entrega y el amor tan profundo que había sentido por aquel hombre se habían transformado en miedo, en terror y en un odio tan fuerte que le resultaba difícil de digerir.
Aun así, las llamadas no cesaron. Cada día la acorralaban más y por un momento temió que se atreviera a presentarse en la escuela de idiomas o a plantarse en el portal de su casa.
Aunque no lo creyó muy probable, tuvo que vivir con ese miedo.
Supuso que no le interesaría presentarse allí donde no la encontraría sola.
Un día, al fin, Najib se decidió a dejarle un mensaje en su buzón de voz.
«Sara, no sé qué te pasa. No entiendo por qué no quieres hablar conmigo.
¿Por qué no me contestas? Por favor, mi amor, llámame.
Tenemos que solucionar esto. Te quiero».
Tuvo que escucharlo una segunda vez para comprobar que su imaginación no le había jugado una mala pasada cambiando las palabras de aquel sorprendente mensaje.
En su vida había escuchado semejante desfachatez ni atrevimiento.
Temió que aquel mensaje fuera el primero de una larga lista e incluso se planteó, si a aquel le seguían otros, acudir a Miguel para denunciarlo, esta vez sí, por acoso.
Pero no hizo falta. Fue la primera y la última vez que utilizó el contestador para dar buena fe de su descaro.
Con lo que no contaba ella era con recibir otro tipo de correspondencia.
Empezaron a llegar, tanto a su domicilio particular como a la dirección de la escuela, sobres de distinto tamaño y color con poemas y dibujos.
No aparecían firmados por nadie, pero a Sara le resultó demasiado sencillo adivinar quién era el remitente: su contenido no dejaba espacio a las dudas sobre su autoría.
Le parecieron infantiles, ridículos, pueriles, cuando no macabros.
Si no escondieran tras de sí una situación tan dolorosa, se hubiese reído de ellos.
Algunas veces introducía en el sobre pétalos de rosas de color rojo o blanco e incluso un día le envió un pequeño peluche en el que prendió un alfiler con una escueta nota: «Para Iván».
Aun tan lejos como estaba de su vida, conseguía sorprenderla, aunque en esa ocasión para mal.
El peluche y la referencia a su hijo la irritaron como ninguno de los poemas anteriores, los que había enviado como si fuese un adolescente.
Definitivamente, aquel hombre se había vuelto loco.
Decidió que no abriría más correspondencia que viniera en esos sobres tan característicos y con destinatario anónimo aunque presumible.
Los rompería en mil pedazos y los tiraría sin más a la papelera.
Un día las llamadas cesaron, los mensajes desaparecieron, los sobres y las cartas dejaron de llegar y la figura de Najib se fue diluyendo.
Sara imaginó que por fin el infatigable perseguidor se había cansado de recibir la callada por respuesta.
Se felicitó por cómo había llevado aquel desagradable asunto.
No le había resultado fácil, pero creía que, definitivamente, había logrado sacarlo de su vida y, con un poco de suerte, en un futuro no muy lejano, lo recordaría como una mala experiencia vivida por un capricho del destino y por la excesiva idealización del amor y, aunque le costara reconocerlo, del sexo.
Habían pasado tres meses y medio y la maldita remembranza solo aparecía en alguna pesadilla que ni siquiera era capaz de romperle la barrera del sueño.
Una noche soñó que era ella quien le amordazaba, le colocaba las esposas y le soltaba una elegante soflama.
Quizá fue un exceso de confianza, pero entendió que aquel sueño ponía punto y final a la telaraña de temores que sus malos recuerdos habían venido tejiendo en algún rincón de su cerebro.
Aquella mañana se levantó más optimista de lo normal.
El desayuno en casa había vuelto a ser uno de los mejores momentos familiares del día y las noticias que aparecían en la televisión no suponían un cóctel molotov con la mecha encendida para ser lanzado a una polémica incontenible.
Era viernes y se antojaba un fin de semana tranquilo y especialmente casero, aunque el buen tiempo con el que desde hacía más de un mes les obsequiaba la primavera les hacía sentir a todos con ansias renovadas de echarse a la calle, les inflaba las ganas de vivir y acentuaba su buen humor, como si los pájaros y los jardines en flor revitalizaran el ánimo.
Aquel día de finales de mayo Sara tenía su única clase a las cinco de la tarde y no terminaría antes de las seis y media; Mario se encargaría de recoger a Iván en el colegio.
Había pensado mil veces en pedirle a doña Marga que le eliminara esa única clase de los viernes alternos que por contrato le correspondía. Se animó a hacerlo aquella misma tarde.
—Mire, prefiero venir toda la mañana del viernes.
Me supondría menos trastorno y, la verdad, me daría menos pereza.
Y estoy convencida de que para los alumnos no supondría ningún inconveniente.
Entiéndalo, venir solo para una clase en la que aparecen no más de cinco alumnos no sé si tiene mucho sentido.
—Lo único que obtuvo de la directora del centro fue la promesa de que lo estudiaría, pero a Sara le sonó a una clara aprobación: doña Marga ni siquiera había fruncido el ceño, un gesto característico cuando alguna propuesta no le convencía y no pensaba perder más tiempo en considerarla.
El resto de tiza en sus manos la obligaba a sacudirse el polvillo blanco que se escondía entre sus dedos.
Sara solía llevar un pañuelo de hilo fino para limpiárselas de una manera más eficaz, y lo buscó en el bolso al tiempo que alcanzaba también su móvil y lo dejaba encima de la mesa.
Lo tenía en modo silencio, como solía dejarlo siempre que impartía clase.
Miró de reojo la hora que aparecía en la pantalla.
Las cinco y diez.