La infiel Capítulo 11 #5
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Capítulo 11 #5

Tampoco le convencía la idea de que Miguel, su ex, pudiera enterarse.

Recordó que tenía un mensaje suyo en el buzón de voz que ni siquiera se había molestado en contestar.

Se le había olvidado completamente y se martirizó por ello.

¿Con qué cara se iba a presentar ante él pidiéndole ayuda?

¿Qué le iba a contar? Él mismo la había visto salir de la mezquita junto a Najib, con un pañuelo en la cabeza.

Todo le pareció demasiado rocambolesco. Mejor olvidarlo.

Además, no quería alargar aquella historia surrealista que había decidido elegirla a ella como protagonista.

Solo quería olvidarse de ella, enterrarla.

No había tenido suerte con aquella relación.

De nuevo. Lo mejor sería seguir su camino y dejar la impotencia y la sed de venganza que la devoraban por dentro apartadas en algún lugar de su memoria, resguardadas de la luz exterior, de las miradas y de las preguntas.

Utilizó el espejo que había en una de las paredes del interior de su portal para peinarse un poco y maquillar, en lo posible, el moratón que comenzaba a aparecer en su mandíbula.

No era demasiado escandaloso. El maquillaje que llevaba en el bolso podría hacerlo desaparecer y convertirlo casi en imperceptible.

Pensó en que quizá Najib sabía cómo golpear para no dejar señal alguna.

¿Y si no era la primera vez que lo hacía?

¿Y si antes de ella hubiesen existido otras que sufrieron el mismo desengaño?

Desterró de su cabeza la hipótesis que amenazaba con zambullirla en otro debate intenso.

No le importaba. No quería que le importase.

Buscó sus llaves en el bolso y abrió la puerta.

Se quedó de pie, aguantando la respiración, esperando a que alguien apareciera o que alguna voz viniera desde el salón.

Nada. Silencio. Lo agradeció, aunque no supo si realmente tenía motivos para alegrarse.

Atravesó el pasillo y se dirigió al comedor, donde Mario se encontraba viendo la televisión y terminando de ojear los dominicales.

—Hola, papá. —Esperó una respuesta.

—Hola, hija —dijo casi sin mirarla—. Iván está en su cuarto, durmiendo.

Ha estado casi toda la tarde en casa de su amigo Pablo jugando a un nuevo juego de la Play que le habían regalado y querían probarlo juntos.

Se lo han pasado muy bien, pero venía roto de cansancio.

Supongo que como tú. No has tenido ni un minuto para llamar.

—El saludo ya empezaba a sonar a regañina—.

Superman cogió el teléfono cuando te llamé esta mañana nada más despertarme y me dijo que estabas en la ducha y que me llamarías en cuanto salieras, pero, claro, no te debió de resultar posible.

No creas, temí que te hubieras resbalado en el baño y que ni siquiera me hubiese enterado.

Aunque en ese caso alguien me habría llamado, ¿verdad?

—Esta vez sí se molestó en volver la cabeza para observarla, como si quisiera ver la cara que pondría su hija cuando le contestara.

—Papá, Najib y yo hemos terminado. —Le dolió el tono irónico que había utilizado su padre.

—Bonita manera de demostrarlo. Y dime, ¿fue antes o después de la ducha?

—No hubo ducha. Lo que te contó es mentira.

Acabábamos de discutir y me había marchado.

Olvidé mi móvil en su casa y fue cuando tú llamaste.

Te contó lo de la ducha para hacerme daño a mí, y de paso a ti.

—Observó el gesto de su padre, que no parecía muy convencido—.

Puedes creer lo que quieras. Supongo que estás en tu derecho. Pero eso es lo que hay.

—¿Qué te ha pasado en la cara? —preguntó Mario, temiéndose lo peor, después de fijarse con más detalle en el rostro de su hija.

—Abrí con tantas ganas la puerta del taxi que calculé mal la distancia.

Y esto también te lo puedes creer o no. Estoy cansada.

Me voy a dar, ahora sí, un baño y me acostaré pronto.

No tengo hambre ni ganas de hablar. Espero que lo entiendas.

—Dudó si acercarse a su padre a darle un beso.

Le hubiese sentado bien. Sin duda le hubiera reconfortado, como siempre lo hacía cuando era pequeña y algún disgusto en el colegio o con las amigas le amargaba la existencia.

Pero desistió de hacerlo. Temió que la dosis de cariño terminara por vencerla y ahogarla en un llanto interminable, que la obligaría a confesarle todo lo que había sucedido durante el fatídico fin de semana.

Desestimó la idea, aunque le doliera el corazón.

Entró en la habitación de Iván, que dormía entregado a un sueño calmado y reparador, y le abrazó con fuerza, tanta fuerza que temió despertarle.

Luego se dejó caer sobre su cama y cedió a los designios de su dolorido y maltrecho cuerpo; rompió a llorar desconsoladamente, como no lo había hecho en años.

No podía controlarlo, era superior a ella.

La dominaba, la tenía bajo su control, a su antojo, tal y como había logrado mantenerla Najib durante el infernal fin de semana que había vivido y que ni en sus peores pesadillas se atrevió a imaginar.

Se juró que jamás volvería a verle. Se prometió a sí misma mantenerse lo más lejos posible de él, de sus manos, de su voz, de sus ojos, víctimas de la mayor metamorfosis que había contemplado en su vida.

Le aborrecía. Preferiría estar muerta antes que recaer en sus redes, en su festival de mentiras, de engaños, de burdas estratagemas destinadas a someterla y a anular su capacidad para poder actuar a su antojo.

El odio que había ido almacenando durante su cautiverio solo era capaz de tejer un escondite tras otro: se mantendría bien alejada de aquel hombre al que ahora veía como un fiel enviado de Satán.

Olvidaría todo. El tiempo se encargaría de ello.