La infiel Capítulo 11 #4
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Capítulo 11 #4

—¿Has encontrado ya las respuestas a tus preguntas o necesitas más tiempo?

—Sonrió al comprobar que su consulta no obtenía respuesta.

Su prisionera se había quedado muda. Prefería el silencio, era el mejor parapeto ante la posibilidad de un nuevo brote violento.

Ni siquiera se atrevía a mantenerle la mirada.

La asustaba demasiado. No reconocía aquellos ojos, aquel aliento, aquella boca, ni mucho menos aquella voz.

No era el Najib que conocía, del que se pensó rabiosamente enamorada, por el que se creyó con fuerzas y argumentos para enfrentarse a su padre y a su amiga del alma, al que imaginó representando, algún día no muy lejano, la figura paterna en la vida de Iván.

No lo reconocía en aquel hombre que la había golpeado, amordazado, insultado, amenazado, humillado y abandonado maniatada a uno de los hierros de la cama. No era el mismo. No podía serlo.

La dejó allí toda la noche y durante gran parte del día siguiente.

No volvió a entrar para darle de beber un poco de agua ni para ofrecerle algo de comida como seguramente hubiese hecho con un animal enjaulado.

Pero aquello no suponía un problema para ella.

Tenía otros de los que ocuparse que comenzaron a rondarle la cabeza.

Sara había escuchado un nuevo portazo durante la madrugada del sábado al domingo; luego el inmueble quedó inmerso en un espeluznante silencio y ella, abandonada en aquella improvisada cárcel.

Pensó en gritar todo lo fuerte que le permitieran sus pulmones para llamar la atención de algún vecino, pero no estaba del todo segura de que Najib no estuviera en la casa, maquinando qué hacer con ella.

Lloró al preguntarse si saldría con vida de aquella habitación, y de ser así, cómo enfrentaría su regreso a casa, de qué manera se lo contaría a su padre, cómo miraría a su hijo, con qué cara se lo explicaría a Lucía, cuáles serían las palabras que utilizaría para narrar su pesadilla a Pedro, a Carol, a doña Marga.

Quizá no la creerían, suponiendo que antes no criticaran su decisión de unirse a un antiguo alumno y se convirtiera en el blanco de todas las miradas condenatorias.

Temió no ser capaz de encontrar una forma de enfrentarse a su futuro.

¿Y si Najib se había vuelto loco y había decidido dejarla morir en su casa para luego deshacerse de su cuerpo?

Una pregunta le rondaba coléricamente el entendimiento. ¿Qué estaba pensando?

Desistió de cualquier intento de escapar después de que su mente contemplara varias posibilidades.

Todas resultaron ridículas por imposibles.

Observó que su secuestrador había tapado la ventana con un papel de color marrón que impedía la entrada de luz.

No había ningún objeto a su alrededor que pudiera ayudarle a deshacerse de la pulsera metálica que apresaba su muñeca.

Tampoco podía golpear ningún mueble por mucho que estirara las piernas o el brazo que le quedaba libre.

El ordenador había desaparecido del escritorio, supuso que como medida de precaución en el hipotético caso de que fuera capaz de deshacerse de sus cadenas.

Tampoco divisó su bolso, en cuyo interior aún estaría su móvil, que podría ofrecerle alguna solución si sus fuerzas le hubiesen permitido arrastrar el pesado armatoste de la estructura de la cama.

Le iba a resultar difícil escapar de allí.

Todas las posibilidades que cruzaban su mente parecían haber cruzado antes la de su inesperado guardián, que parecía saber muy bien lo que se traía entre manos.

Le dolía el cuerpo, pero el mayor padecimiento lo sentía en el alma.

Solo le restaba aguardar y rezar para que todo aquello terminara de la manera menos traumática posible, aunque su depósito de esperanza estaba bajo mínimos.

Se había abandonado a los designios de su suerte cuando la puerta del dormitorio se abrió de nuevo.

Najib entró, la miró y se dirigió a la ventana.

Retiró el papel de embalaje que cubría el cristal.

Por la luz que se coló en la habitación debía de ser media tarde del domingo.

Después cogió una silla y se sentó frente a Sara.

Sin infundir ninguna urgencia a su acción, se metió la mano en el bolsillo y sacó la llave de las esposas. No dejaba de mirarla.

—¿Qué me vas a hacer? —preguntó asustada.

—¿Qué quieres que haga? —respondió como si no tuviese nada que ver con lo sucedido horas atrás, mientras dejaba libre su muñeca, todavía enrojecida—.

Dejarte ir. Me imagino que tendrás que llegar a tu casa antes de que Iván se acueste.

No puedo aspirar a que pases más de un fin de semana conmigo. Es lo acordado, ¿lo recuerdas?

La explicación logró desconcertarla. ¿Habría perdido la cabeza?

¿Por qué actuaba como si no hubiese sucedido nada durante las últimas veinticuatro horas, como si sus manos no la hubiesen golpeado y amordazado?

Acto seguido, se levantó de la silla y salió de la habitación para volver a entrar con el bolso en la mano y un gesto de sorpresa en el rostro.

—¿No te vas a levantar? ¿No quieres irte?

Ni siquiera esperó la llegada del ascensor.

Sus agarrotadas piernas se comieron los cuatro pisos de escaleras que separaban de la calle la casa donde había estado enclaustrada el fin de semana.

Estuvo a punto de tropezar y caer por la escalinata en más de cinco ocasiones, pero no pensó en reducir la marcha.

Más bien, al contrario. Necesitaba salir de allí lo antes posible.

No se atrevía a mirar atrás por si acaso él la perseguía.

Solo quería llegar al portal, abrir el portón y correr, no importaba en qué dirección pero rápido, muy rápido.

El ímpetu con el que pisó el asfalto cosechó algunas miradas de extrañeza en quienes deambulaban por la calle con la tranquilidad y el sosiego que suele encerrar una tarde de domingo.

Ya era libre. Estaba fuera de todo peligro.

Dirigió su mirada hacia el piso cuarto, letra C, sin saber muy bien en busca de qué.

No había nadie. Ni siquiera se había asomado a la ventana para verla marchar.

Juró que jamás volvería a pisar esa casa, ni esa calle, ni ese barrio.

Pensó en parar un taxi, pero sabía que había una boca de metro a dos manzanas de donde se encontraba y prefirió el suburbano.

Comprendió que precisaba serenarse antes de llegar a casa y un trayecto en coche sería demasiado breve para sus necesidades.

Ni siquiera imaginaba qué aspecto tenía.

No podía presentarse de cualquier manera ante Mario y ante su hijo.

Un nuevo temor la asaltó. Se dio cuenta de que no los había llamado en todo el fin de semana ni había vuelto a dormir a casa el sábado, como estaba previsto.

Buscó nerviosa su móvil en el bolso. Estaba encendido, aunque la cobertura era nula.

La sorprendió no ver en la pantalla ninguna llamada perdida.

¿Es que su padre no habría intentado llamarla, extrañado de que no regresara a casa?

Tuvo que asegurarse de que era domingo, por miedo a que su cautiverio le hubiese jugado alguna mala pasada a su percepción del tiempo; no habría sido descabellado, pero tampoco fue así: eran las nueve y diez de la noche del domingo.

Acudió al menú para ver las llamadas recibidas.

Había una de su padre a las siete y cuarto de la mañana pero figuraba como contestada.

«Qué extraño. ¿Quién ha podido contestarle?

». Tuvo que ser Najib. «No. Imposible. ¿Qué le habría dicho?

“Su hija está secuestrada, pruebe a llamar más tarde”».

Aquello no tenía sentido. Intentó calmarse y pensar con la nitidez que las circunstancias le negaban.

En cierto modo, agradeció no encontrar más llamadas de su padre en el móvil, lo que claramente indicaba que no había cundido la alarma ni tampoco tenía motivos para sospechar que algo malo había ocurrido.

Mejor así. Se convenció de que lo mejor para todos sería no contarles nada, ni a ellos ni a nadie.

Cuanto menos supieran de la experiencia dantesca que había vivido, mejor.

Además, no podría soportar la mirada y los comentarios de Mario recordándole que él ya la había avisado.

Su padre, como casi siempre, tenía razón.

Y no había sido el único en advertirla. Tampoco acudiría a la policía.

Analizando la situación y por muy descabellado que se le antojara, sabía que no tenía pruebas para sostener su denuncia.

¿Cómo iba a demostrar que había sido retenida contra su voluntad en casa del hombre con el que la habían visto infinidad de veces, casi todas en actitud cariñosa?

Había entrado por su propio pie, como hacía siempre, varios testigos podrían corroborarlo.

Su cuerpo no presentaba más herida que un golpe en la mandíbula y una rojez que tendía a desaparecer en su muñeca derecha.

Durante el breve cautiverio no había gritado, ni había golpeado muebles, no había llamado la atención de ninguna manera, por lo que nadie sabía que estaba allí, excepto los vecinos de puerta de Najib, los del cuarto D, que la habían visto entrar, no solo la tarde del sábado, sino también entre semana, el fatídico día en que decidió sorprenderle, por no hablar de las numerosas veces que se habían cruzado en el ascensor del inmueble durante los últimos meses.

Sería su palabra contra la de él y, aunque ella no era abogada, sabía que tenía todas las de perder.