La infiel Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

—¿El teléfono? Claro que me lo robaron, y lo denuncié.

Por eso cuando la policía lo encontró me lo devolvió.

Pero ya me había comprado uno nuevo y me estaba acostumbrando a él.

No quería volver a cambiar la tarjeta, los contactos, y decidí dejarlo en el cajón.

Es todo así de sencillo. No hay historias rocambolescas, no hay mentiras.

No hay nada de eso. No sé qué más quieres que te explique, la verdad, se me hace extraño.

No termino de entender tu desconfianza y me preocupa.

—Cuando terminó su sarta de explicaciones parecía satisfecho y al tiempo medianamente ofendido y decepcionado—.

No tengo secretos para ti. Deberías saberlo.

Aunque tampoco me gusta que registres mi casa.

Me entristece, eso es todo. Pero siempre te daré todas las explicaciones que necesites.

Había vuelto a hacerlo. Había conseguido darle la vuelta a toda una historia de tramas, contubernios y conjeturas y se erigía de nuevo como señor y gran dominador de la situación.

Sara adivinó inútil deshacerse en disculpas, buscar justificaciones y esgrimir alegatos a favor de su persona y sus sospechas.

Volvió a invadirla un sentimiento atroz de culpa acompañado de un deseo contumaz de flagelarse en mitad de una plaza pública.

Ahora era ella la que no sabía cómo desaparecer del mundo: le habría dado igual cómo, tragada por una enorme grieta que se abriera bajo sus pies, eliminada por un rayo que no dejara de ella más que una huella humeante sobre el suelo o cayendo por un túnel secreto que la escupiera a miles de kilómetros de aquel lugar.

Hubiese dado media vida por mirarse en el espejo y que no fuera su imagen la que apareciera reflejada, sino la de otra persona, rescatada de uno de aquellos famosos universos paralelos que preconizaba días atrás en el recibidor de su casa.

Al menos así se evitaría el bochorno que iba acumulándose en su cuerpo.

Pero no era posible. Debía pagar su pecado, bajar al purgatorio, donde expiar sus errores y el daño que podrían haberle provocado a la persona amada, y soportar la vergüenza que no le permitía ni mirarle a los ojos.

Se sentía estúpida. No soportaba la cara de imbécil que seguramente se le habría quedado y se maldecía una y otra vez por haber caído en esa trampa barata de las suspicacias.

Le sudaban las manos y el ardor que sentía en el rostro no se correspondía con el sudor frío de su espalda.

Advertía a Najib dolido por su desconfianza, aunque intentara disimularlo.

Le devolvió sus pendientes, la besó en la frente y la estrechó entre sus brazos, en un gesto por expresarle su consuelo.

—Mejor salimos a dar una vuelta, creo que nos vendrá bien tomar un poco el aire. Me voy a dar una ducha.

De nuevo se quedó sola en la habitación que hacía unos días había convertido en el escenario de todos sus ridículos recelos.

Tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no llorar.

De nuevo sentada ante el escritorio, miró con expresión de rechazo el ordenador y juró no volver a tocar una sola tecla.

Su afán explorador había terminado, ya sabía todo lo que necesitaba saber.

Mientras escuchaba el sonido del agua en la ducha, notó que necesitaba respirar un poco de aire puro.

Se levantó para abrir la ventana y mientras aspiraba el aire y lo soltaba por la boca, algo en el suelo llamó su atención.

Al agacharse para recogerlo pudo distinguir que se trataba de una especie de libretilla de color rojo, un pasaporte.

Sintió una punzada en el estómago. Lo cogió del suelo con una mano; la otra tapaba su boca.

Su memoria comenzó a engrasarse. Hacía varias semanas que Najib le había propuesto realizar un viaje romántico fuera de España, probablemente a su Marruecos natal, aunque también le había hablado de Francia, de uno de esos hotelitos con encanto ubicado a pocos kilómetros de Marsella del que tenía buenas referencias.

Se vino abajo al pensar que su actitud retrasaría, a buen seguro, aquel idealizado viaje.

Abrió el pasaporte y de nuevo sintió que el alma se le resquebrajaba: la foto correspondía a Najib, pero el nombre que aparecía impreso en él no era el suyo. Basel Al Fath.

Instintivamente, sin detenerse a pensar en lo que hacía, volvió a llevar sus rodillas al suelo y alargó la mano bajo la cama en busca de algo más.

No tardó en encontrarlo: dos pasaportes nuevos.

No le tembló el pulso ni la determinación tras el mazazo recibido minutos antes por su curiosidad malsana y abrió los dos documentos.

En ambos aparecía Najib en una fotografía similar, con ropa y peinado distintos, y también con diferente nombre: Saffet Alí Mouhannad en uno, Najib Almhalah en otro.

Este último era el que más se acercaba a su nombre, pero las letras de su apellido bailaban de lugar o directamente algunas desaparecían.

Sus dedos siguieron pasando las finas hojas que constituían cada uno de los pasaportes, en busca de alguna información que esclareciera lo que sus ojos empezaban a descubrir.

El resultado llegó pronto. Sobre las hojas, sombreadas con dibujos de animales, algunos de ellos exóticos, aparecían estampados sellos de diversos países en los que el portador del documento había estado: Malasia, Bélgica, Alemania, Reino Unido, Jordania, Egipto, Indonesia, Bosnia, Afganistán, Egipto, Pakistán, Francia, Turquía, Dinamarca…

Las fechas variaban, pero todas correspondían a los últimos cinco años.

Aún arrodillada en el suelo y con los pasaportes en la mano, percibió una incómoda presencia a su espalda.

Cuando se incorporó y se dio la vuelta, lo vio de pie, observándola, recién salido del baño, con una toalla azul marino enroscada a su cintura y el cuerpo parcialmente mojado.

Se mantuvieron la mirada durante un tiempo que a Sara se le antojó eterno, los dos en un absorbente mutismo.

Con un gesto rápido, Najib le arrebató los documentos que aún sostenía en las manos.

Ella se armó de valor, esta vez la razón estaba de su parte.

—¿Para esto también tienes una explicación? —La pesadumbre y la vergüenza que se apoderaron de su ánimo apenas unos momentos antes habían desaparecido de su expresión sin dejar huella—. ¿Qué significa esto?

La mirada oscura y dantesca de Najib la aterraba. Era un pánico indefinible, desconocido. Ignoraba cuáles serían las consecuencias, pero las predijo funestas.

—Esta vez voy a dejar que lo descubras tú solita. —Más que hablarle, le escupía—. Estoy empezando a hartarme de tu maldita costumbre de husmear en cada rincón de mi casa como si fueras una rata.

Sin pronunciar una palabra más, dio media vuelta, salió de la habitación y cerró la puerta de un gran portazo.

Sara pudo escuchar el sonido de la llave mordisqueando la cerradura hasta darle dos vueltas.

Tardó unos segundos en reaccionar y entender que acababa de ser encerrada.

Corrió hacia la puerta y, tras comprobar que el pomo no obedecía a sus esfuerzos, comenzó a golpearla con los puños, a darle patadas, a gritar exigiendo a viva voz que la dejara salir.

Ya se giraba para mirar hacia la ventana, por la que pensaba asomarse y seguir propinando berridos de auxilio, cuando la puerta se abrió violentamente.

Ni siquiera le dio tiempo a darse la vuelta.

Najib le asestó un puñetazo en la mandíbula que la dejó inconsciente en el suelo.

Allí despertó horas más tarde.

Aún le dolía el golpe y pudo sentir que tenía hinchada la parte izquierda de la cara.

Le costó aclarar en su cabeza lo que había sucedido, pero lo consiguió pasados unos segundos.

No podía creer lo que estaba viviendo. Notó su lengua apresada, medio anestesiada.

Pronto entendió que le había colocado una mordaza en la boca para acallar sus posibles gritos.

Su mano derecha permanecía aprehendida por unas esposas que también apresaban uno de los cilindros de hierro que conformaban la estructura de la cama, a la que tantas veces se había aferrado, pero en otro contexto y por otras razones ahora tan lejanas.

Le ardía la mitad del rostro. Se tocó con la mano que le quedaba libre para comprobar si tenía sangre.

Ni rastro. Inmersa en la rápida auscultación de su persona, vio cómo la puerta del dormitorio se abría y, llevada por el instinto de protección, intentó alejarse, retroceder, pero se lo impidieron los hierros de la cama que tenía a su espalda.

Provisto de una gran bolsa de hielo, Najib se arrodilló frente a ella y se la colocó sobre la mandíbula.

—Mira lo que me has obligado a hacer. No te entiendo.

¿Es que te has vuelto loca? ¿A qué viene este numerito?

¿Por qué tanta suspicacia? ¿Es que acaso no me he portado bien contigo, te ha faltado algo a mi lado?

¿No te he dado motivos suficientes para que confiaras en mí?

¿Acaso no te he dado todo lo que has necesitado en cada momento?

Al pronunciar esta última cuestión se abalanzó sobre ella.

En sus ojos llameaba una cólera desconocida que desprendía fuego y daba pavor.

Sara cerró con fuerza los párpados y deseó que no volviera a golpearla; que la mantuviera encerrada y maniatada de por vida, pero que no volviera a ponerle la mano encima.

Sus plegarias fueron escuchadas. Su carcelero abandonó la habitación, no sin antes advertirle que si se portaba bien le quitaría la mordaza de la boca, no así las esposas.

Cumplió su palabra. Al poco tiempo, imposible vaticinar cuánto para la desconcertada cautiva, volvió a entrar en su dormitorio y le retiró el trozo de tela que aprisionaba su dentadura y que había conseguido convertir sus labios en un terreno árido y quebradizo.