Capítulo 11 #2
Cerró los ojos. Estaba mareada y le resultaba imposible pensar con claridad.
Demasiado tarde, demasiadas sensaciones, demasiada energía consumida.
Peligrosa mezcla para pensar con cierto raciocinio.
Volvió a examinar su imagen. Quizá se había precipitado al cortarse el pelo.
Tal vez su color natural no era el que más le favorecía.
Se retiró timorata del espejo. Necesitaba cierta distancia, observar el mundo desde una perspectiva más real, más personal, más intrínseca.
Y en esa nueva configuración física también se encontraba su vida y su relación sentimental.
Pero estaba demasiado cansada para madurar elucubraciones a las cinco y cuarto de la madrugada.
En apenas dos horas y media tendría que ponerse nuevamente en marcha.
Necesitaba descansar, dormir, soñar. Y puede que también olvidar.
Al día siguiente, la confusión encumbrada la pasada noche se derrumbó convirtiéndose en un monumento a la vergüenza.
Intentaba abstraerse del noticiario que Mario seguía atentamente en la pequeña televisión aquella mañana de febrero como si le fuera la vida en él, y concentrarse en que Iván terminara su desayuno mientras jugaba con tres coches en miniatura que habían encontrado en la mesa de la cocina el circuito perfecto para realizar sus acrobacias.
Pensó que su hijo ya era mayorcito para jugar con coches mientras desayunaba, pero no le apetecía regañarle a esas horas.
No se sentía con fuerzas. El dolor de cabeza persistía y sus ojeras evidenciaban el acalorado debate interior sobre deseos, teorías, realidades, ficciones y universos paralelos que aún la rondaba.
Era cierto que había cosas que no le cuadraban, sombras que la llenaban de dudas, preguntas que necesitaban una respuesta lógica, un nutrido repertorio de aspectos oscuros, sospechas, desconfianzas, nubes de confusión a punto de descargar una gran tormenta eléctrica, pero la lluvia de meteoritos que sufrió su cerebro la noche anterior le parecía ahora desproporcionada y un tanto infantil.
Quería aclarar sus ideas, pararse y observar su vida con la calma que extrañaba desde hacía meses.
Miró a su padre y se sintió mal por todo lo que ambos se habían dicho. Necesitaba frenar.
Sin embargo, las llamadas de Najib no se lo ponían fácil.
Decidió no responder a todas. Esquivó las proposiciones elaboradas desde el otro lado del teléfono con evasivas y excusándose tras supuestos problemas familiares o en la escuela de idiomas.
Rezó por no encontrarle a la salida de la academia ni en la puerta de su casa.
Prefería no poner a prueba su capacidad de reacción ante algo tan inesperado y en aquel momento tan poco deseado, lo que le sirvió para entender como un tremendo error su visita a la casa de Najib.
No es que evitara verle o hablar con él, pero pensó que no se encontrarían hasta el siguiente fin de semana.
Nada de encuentros matinales, de cafés a escondidas, de viajes sorpresa a centros de estilo o de apariciones sorpresa en su casa.
Sus pendientes podrían esperarla hasta el sábado por la noche, cuando quedara nuevamente con él.
Deseaba besarlo, abrazarlo, olerlo, pero no quería basar su relación únicamente en una dependencia física tan fuerte.
Su cuerpo y su mente necesitaban parar y pensar.
Tan solo pedía unos días de desintoxicación, de avituallamiento en soledad.
Pronto llegaría el fin de semana y volverían a estar juntos.
No se equivocó. La tarde del sábado se anticipó a sus deseos, que pedían a gritos una tregua más amplia.
No fue posible. Además, Mario ya le había preguntado dos veces por sus pendientes y sabía que haría una tercera intentona por descubrir su paradero, ya que no los llevaba puestos.
Lo que experimentaba era algo extraño: por un lado deseaba esconderse bajo el cuerpo de Najib, abandonarse a su merced, y por otro le urgía sentarse frente a él y exponerle sus dudas.
Necesitaba saber qué hacían esos mensajes tan exaltados en su ordenador o aquellos hombres en su casa, por qué escondía en su cajón su antiguo teléfono móvil, por qué le mintió diciéndole que se lo habían robado y por qué se comportó de una manera tan exaltada, aunque no tuviera queja alguna, cuando regresó al dormitorio.
Sin embargo, cuando se encontró ante él exponiéndole sus incertidumbres, se vio superada por las explicaciones.
Aquel hombre que la miraba con un destello de decepción y sorpresa irradiado desde el interior de su retina parecía tener una explicación lógica para cada duda.
—No sé de qué mensajes me estás hablando ni cómo pudiste leer esas cosas que dices en mi ordenador. Lo único que se me ocurre es que uno de los que me acompañaban aquella tarde entrara en esa página web y la dejara abierta, aunque tampoco lo entiendo. No son de ese tipo de personas.
—¿Y qué tipo de personas son?
—Son miembros de la junta directiva de la mezquita, Sara.
—Se mantuvo pensativo durante unos momentos y prosiguió, como si su cabeza hubiese encontrado algo nuevo—.
A no ser que fuera para enseñarnos una prueba más de por qué nos reunimos el otro día.
Al final no pude contártelo, aunque tampoco creo que sea plato de buen gusto y espero que no se haga público, porque de lo contrario podríamos tener problemas.
No sé si es adecuado ni oportuno que te lo confíe todo, pero ya que tienes tantas dudas, lo haré.
Varios niños han acusado al imán de una de las mezquitas de abusos sexuales.
Al parecer, llevaba haciéndolo bastante tiempo, pero se encargaba de amenazar a los pequeños para que no dijeran nada a sus padres ni a sus amigos, los asustaba para que no le denunciaran.
Siete niñas han contado que las convenció para ir a una habitación dentro de la mezquita y allí les hacía tocamientos debajo de sus ropas.
Creía que con las amenazas y con algunos dulces y frutos secos podría ganarse la confianza de las chiquillas y, sobre todo, asegurarse su silencio.
—Parecía que le costaba hablar, como si estuviera revelándole un secreto que amenazara su vida—.
Una de las madres descubrió señales en el cuerpo de su pequeña; otra notó que su hijo había vuelto a hacerse pis en la cama; otra, que su hija de cinco años no quería que su padre se acercara a ella y rompía a llorar y a gritar cada vez que lo intentaba…
Tomó un respiro en su narración y buscó la comprensión en la mirada de Sara. Ella guardaba silencio, aunque tampoco retiró su mano cuando Najib la buscó.
—Yo le conocía, ¿sabes? También es de Marruecos.
Me caía bien, hablamos varias veces, me echaba en cara que no fuera con mayor asiduidad a la mezquita, que no participara de una manera más directa en la comunidad.
Era un hombre afable, educado, siempre dispuesto a ayudar.
Llevaba más de veinte años predicando en distintas mezquitas; una vida austera, recta, sin escándalos.
Vivía de los donativos que recibía de sus fieles, en especial durante la oración de los viernes, y de lo que sacaba con sus clases de cultura islámica y de semántica árabe.
Tenía treinta niños a su cargo, la mayoría niñas, algunos de esos niños eran alumnos míos y no fui capaz de darme cuenta de lo que estaba pasando…
Ahora los pobres están asustadísimos, no quieren salir de casa y por la noche, las pesadillas no los dejan dormir.
Se despiertan llorando, y sus padres apenas pueden calmarlos si no es con la ayuda de algún fármaco.
No puedo ni imaginar lo que habrán pasado…
Una nueva pausa hizo creer a Sara que Najib iba a romper a llorar. Finalmente, no lo hizo.
—Como te imaginarás, porque eres madre, los padres y el resto de la comunidad islámica quieren matarle; tocar a un niño es el mayor pecado que puede existir dentro de nuestra comunidad.
Están indignados, no entienden cómo alguien elegido para regir un lugar sagrado puede haber llegado tan lejos.
En fin, que necesitaban tomar decisiones y que estas no se filtraran al exterior.
Y por eso vinieron a verme, para pedirme ayuda y mediación con los progenitores.
Preferí que fuera en mi casa, el lugar más discreto que se me ocurrió.
Ellos saben lo que me importan sus hijos y que sus padres confían en mí.
El imán ha sido apartado y denunciado ante la justicia, al menos así no podrá acercarse más a los niños.
Y era necesario buscar un nuevo imán, que hoy ya ocupa su puesto.
—Miró fijamente a su interlocutora y siguió hablando—.
Por eso estaban esas personas en mi salón la tarde que viniste a casa.
—¿Y eso qué tiene que ver con los mensajes del ordenador? —Sara no entendía adónde iba a parar todo aquello.
—Al parecer, esta persona tiene vínculos con organizaciones radicales, con las que mantiene un contacto directo a través de internet.
Por lo que me han contado, es una práctica bastante habitual entre este tipo de gente: hacen discursos y llamamientos en la red para lograr lo que ellos llaman el califato global.
No me preguntes más porque en ese tema ando un poco perdido.
—Tragó saliva como si pretendiera barrer todas las barbaridades que habían salido de su garganta, y siguió respondiendo a las sospechas de Sara—.
Abrirían esa página para enseñármelo y al final no lo hicieron…
—Pero tu teléfono… Me dijiste que…