Capítulo 11
Cuando Sara trató de despegar los ojos, se convenció de que sus pestañas habían llegado al acuerdo de abrazarse entre ellas hasta la eternidad y no ceder a ningún intento de separación involuntaria.
Le costó un esfuerzo descomunal alzar los párpados.
Cuando lo consiguió pudo distinguir, entre la neblina que poblaba su visión, todavía borrosa, la familiar esfera del reloj: parecía observarla para recordarle cuál era su sitio y la hora que marcaba la realidad.
Las cuatro y media de la madrugada, había imaginado que volvería mucho antes a casa.
Najib permanecía tumbado junto a ella, entregado a su característico resuello fuerte, desfallecido por la intensa actividad que había decidido capitanear durante toda la noche.
Procuró no hacer ruido para no despertarle; no le gustaría malograr el reposo de su particular guerrero.
Sonrió ante este último pensamiento, que dudó de calificar de patético o de esclarecedor.
Mientras recogía su ropa esparcida aleatoriamente por toda la habitación, iba recordando cómo el guerrero fue despojándola de ella unas horas antes, y no pudo evitar un estremecimiento.
La camiseta de tirantes sobre la cómoda; la falda con la cremallera reventada en el suelo; la ropa interior sobre el cabezal de la cama; el chaleco sobre el marco del espejo y el pañuelo de seda verde que le había regalado él en su visita a Abu Baker, y que llevaba anudado elegantemente al cuello cuando llegó a la casa, prendido de uno de los vértices del cajón derecho del escritorio, que había quedado entreabierto.
Cuando lo recogió, una pequeña astilla que sobresalía de la madera fraguó un fruncido en el delicado fular.
Por la expresión de sufrimiento de Sara pareció dolerle físicamente, como si el inoportuno saliente hubiese prendido parte de su dermis en vez de un fragmento de la tela.
Lo cogió con cuidado, intentando deshacer con los dedos la cicatriz de pliegues.
Ensimismada en la operación, buscó algo de la luz que la farola de la calle, haciendo las veces de oportuna linterna, vertía en las tinieblas del dormitorio.
Fue entonces cuando, gracias a un vistazo involuntario, atisbó en el interior del cajón algo que le resultó familiar.
Tuvo que abrirlo un poco más para asegurarse.
Era el antiguo móvil de Najib, el que según él le habían robado días atrás fuera de Madrid, el que impidió que se comunicaran durante casi setenta y dos horas.
El hallazgo sembró cierta confusión en su cabeza.
No entendía nada. ¿Sería un despiste de su dueño?
¿Por qué le habría mentido? ¿Qué necesidad tenía de hacerlo?
¿Habría sido por no preocuparla o por tapar una torpeza suya que le avergonzaba reconocer?
Otra mirada involuntaria le hizo posar la mirada en la pantalla del ordenador, de nuevo cruzada por la figura abstracta que modificaba su forma y su color a cada segundo.
Los mensajes que había leído aquella tarde mientras esperaba en el dormitorio a que terminara el misterioso encuentro retornaron a su cerebro.
Los creía olvidados, como la conversación pendiente entre ellos sobre qué hacían aquellos hombres tan bruscos y malencarados en el salón de la casa.
Se dio cuenta de que no habían hablado nada sobre aquel misterioso asunto.
Habían estado demasiado entretenidos en protagonizar conquistas de otra índole que las meramente informativas.
En ese momento, cuando su cabeza estaba a punto de estallar, un ronquido aceleró la salida de Sara del cuarto.
Sentía la necesidad de salir de aquel domicilio, una sensación desconocida para ella hasta aquel instante.
Lo necesitaba para encontrar un alivio que parecía negársele desde hacía unos segundos, como si sus pulmones no encontraran la ventilación que requerían.
Su desconcertada cabeza le exigía organizar toda la información que había almacenado en ella y la amenazaba con no parar de golpear sus sienes hasta que así lo hiciera.
Le había dado tiempo de recoger todas sus cosas: los zapatos, el bolso, la ropa, el pañuelo, pero olvidó algo.
Lo descubrió al examinar su imagen en el espejo del ascensor: los pendientes de oro con un pequeño brillante en el centro, regalo de su padre con motivo del nacimiento de Iván, se habían quedado en algún lugar de la habitación, pero se dijo que ya los recogería.
Regresar al domicilio conllevaría despertar a Najib y, sin duda, volcar sobre él las dudas y las incertidumbres que le amartillaban el cerebro.
Ahora su problema era encontrar un taxi.
Cuando salió apresurada del portal, temió haber pecado de imprudente al no permanecer dentro para llamar a un taxi y, al menos, esperarlo a cobijo.
Miró a un lado y a otro de la calle. Estaba completamente vacía.
No se veía un alma. De uno de los portales, dos o tres números más arriba, salieron un par de hombres.
No pudo distinguir sus rostros, pero su cuerpo se puso en alerta.
«Parezco imbécil. ¿Por qué no he esperado en el portal?
¿Por qué he tenido que salir tan deprisa de la casa?
¿Qué demonios me pasa?». En plena tormenta de recriminaciones, y mientras veía cómo se aceleraba el paso que marcaban aquellas siluetas, Sara adivinó una luz verde al principio de la calle.
No estaría a más de cincuenta metros. Sin pensarlo, se situó en mitad de la calzada, y movió sus brazos arriba y abajo para llamar la atención de aquel milagroso taxi libre que había aparecido cuando apenas la separaban unos diez metros de aquellos fantasmas con forma humana y paso firme.
Las sombras, al percatarse de la presencia del vehículo, aminoraron la zancada y frenaron su marcha.
Subió al taxi a toda prisa, con la respiración entrecortada y una mezcla de susto y confusión iluminando su semblante.
—¿Está usted bien, señorita? —acertó a preguntar el taxista, al observar por el retrovisor el estado de ansiedad que mostraba su pasajera.
—Ahora sí. Gracias. —Poco a poco fue recuperando la respiración—.
A la calle Trinidad número 8, por favor.
—Volvió a recurrir al mecanismo de tres respiraciones profundas para recuperar el aliento perdido.
Quizá todo era fruto de su imaginación, quizá aquellos hombres no se dirigían hacia ella, quizá la noche no estaba tan oscura ni las calles tan solitarias, quizá aquellos mensajes en el ordenador de Najib carecían de importancia, quizá recuperó de alguna manera el móvil que descansaba ahora en uno de los cajones y había olvidado comentárselo, quizá…
No logró tranquilizarse hasta que el taxi se detuvo frente al portal de su domicilio.
Cuando abrió la cerradura de la puerta de su casa, encontró una paz y un silencio que agradeció tanto como la aparición de aquel taxista en mitad de la noche.
Dejó las llaves en el cuenco destinado para ellas, se quitó el pañuelo de seda del cuello, que descubrió empapado en sudor, y se miró en el espejo del recibidor.
Todavía le sorprendía su imagen cuando la descubría con el nuevo peinado, por momentos se le olvidaba el radical cambio al que se había sometido.
Sus ojos se clavaron en su reflejo. Había pasado del máximo placer al máximo terror en cuestión de segundos.
De tocar el cielo con las manos sobre la cama de Najib a creer que las entrañas se le salían por la boca unos metros más abajo de su casa.
Volvió a pensar en la extraña página web que había encontrado abierta en el portátil de su pareja, en el teléfono que supuestamente le habían robado, en las miradas de aquellos hombres rudos sentados en el salón que la observaban con desconfianza, hubiera jurado que con odio, en la historia del camello y el árabe…
Y de repente, las embestidas de Najib, la voracidad desplegada sobre su cuerpo, la dominación absoluta sobre su capacidad de gozo y su disposición al placer.
Con la vista aún fija en su reflejo, recordó las creencias de ciertas civilizaciones antiguas que aseguraban que cuando se miraban a un espejo veían otros mundos misteriosos, otras realidades similares a las suyas pero con ligeras variaciones.
¿Y si lo que veía en el espejo no se correspondía con lo que ella era realmente, con lo que le estaba sucediendo, con lo que estaba viviendo?
¿Y si correspondía a otro mundo, a otro universo?
¿Y si no era real y estaba contemplando tan solo una farsa o una mala copia de lo que creía que era su vida?
¿Y si los antiguos tenían razón y lo que sus ojos contemplaban correspondía a otro cosmos, a otro escenario, a otra realidad?
¿Y si era mentira la explicación guiada por las leyes físicas que aseguraba que aquella imagen no era más que un reflejo de los fotones de luz en la superficie especular?
Recordó la teoría de Everett que tanto le apasionó durante su adolescencia sobre los múltiples universos, sobre la existencia de infinidad de copias de uno mismo en universos paralelos, donde otras personas parecidas a ella hacían prácticamente lo mismo que hacía ella pero con grandes o pequeñas variaciones, según el universo en el que se encontraran.
¿Y si la imagen del espejo tergiversaba su realidad y le mostraba otra distinta que, sin embargo, ella confundía y asumía como propia?
¿Y si era demasiada la diferencia entre la realidad y el reflejo?
¿Y si no era ella? ¿Y si todo era una burda mentira que se estaba creyendo como una tonta?
¿Y si nada era lo que parecía? ¿Y si ellos, Mario y Lucía, tenían razón?
¿Qué lugar ocuparía Najib y su historia de amor en ese universo? ¿En qué lugar del espejo estaría?