La infiel Capítulo 10 #5
32%

Capítulo 10 #5

—Gracias por esta sorpresa —le susurró él al oído, una vez recuperó el aliento—. Cada día me gusta más poseerte, cabalgar sobre tu silencio. No podría imaginar todo esto sin ti. Me has cambiado. Has entrado en mi vida arrasándolo todo. Has hecho de mí un hombre nuevo.

—Yo no he hecho nada de eso. Has sido tú. Siempre eres tú el que consigue volverlo todo del revés: mi vida, mis planes. Siempre tú. —Permaneció unos instantes en silencio, mirando el techo de la habitación—. ¿En qué piensas ahora mismo?

—En un cuento popular que me contaron de pequeño y que me ha acompañado toda mi vida, esperando el momento en el que por fin pudiera entenderlo y vivirlo en primera persona.

Era consciente de que acababa de despertar su interés, como siempre que anunciaba uno de esos relatos. Hizo una pausa e inició la narración. Le encantaba relatar este tipo de leyendas. Se sentía bien en el papel de cronista.

—Un árabe inició un viaje existencial adentrándose en el más duro desierto, con un calor abrasador durante el día y un frío glacial durante la noche.

Sucedió que una de ellas, una de las más gélidas que había vivido durante el largo trayecto, el hombre consiguió guarecerse del frío en una hermosa tienda de campaña que logró levantar, no sin mucho esfuerzo.

Removía las ascuas que había conseguido prender en el interior de la carpa, y a punto estaba de ceder a la conquista del sueño cuando notó la presencia del camello sobre cuyos lomos hacía el viaje.

«Camello —le preguntó—, ¿por qué tienes la nariz en mi tienda?

». «¡Oh, amo! — contestó el camello—, hace tanto frío ahí fuera que si solo pudiera calentarme la nariz, podría dormir a gusto».

Najib se giró hacia Sara y rozó su nariz en un gesto divertido, cariñoso.

—El árabe, condescendiente con su compañero de viaje, permitió que dejara la nariz dentro.

Minutos más tarde, el camello tenía toda la cabeza en el interior de la tienda.

«¿Qué estás haciendo, camello? Solo me pediste que te dejara meter la nariz dentro de mi aposento».

«¡Oh, amo! No sabes el frío que hace fuera.

Si mantengo mi cabeza dentro, estaré satisfecho».

El hombre se lo pensó, esta vez un poco más detenidamente, pero al final se lo permitió.

La voz de Najib sonaba ronca, y sus manos dibujaban arabescos sobre el brazo desnudo de Sara. Siguió hablando:

—Un extraño ruido hizo que volviera a despertarse a media noche y fue entonces cuando descubrió que el camello tenía la cabeza, el cuello y dos de sus patas dentro del tendal.

«¡Camello! —exclamó visiblemente contrariado—, esto es demasiado.

¡Alto, detente!». «¡Oh, amo! —volvió a responder el camélido—, ahora estoy muy a gusto y así podré dormir toda la noche sin molestarte».

«Muy bien —dijo el árabe—, ¡pero esta es la última vez!

No cederé más». Cuando unas horas más tarde el hombre se despertó, descubrió que todo el camello estaba dentro de la tienda, dejándole a él muy poco espacio.

Le gritó encolerizado: «¡Camello!, ¿qué estás haciendo?

». «Si no estás contento con la situación —le contestó el camello—, sal de mi tienda, árabe estúpido».

—Después de mantener silencio durante unos segundos, Najib clavó sus pupilas en las de Sara y concluyó—: Y ahora, amor mío, adivina quién de los dos es el camello y quién el árabe.

Ella se le quedó mirando, sin entender muy bien cuál era la moraleja real de esa historia. Sería una percepción equivocada, pero no la entendió demasiado. Le pareció ambigua, cruel, lejos de la típica fábula que esperaban escuchar sus oídos.

—¿No te ha gustado? Lo que hace el camello es una revolución silenciosa.

Lo mismo que nos ha pasado a nosotros. —Najib volvió a ocupar su lugar de dominador, se colocó encima de ella y aprisionó con sus brazos y sus piernas el pequeño cuerpo de Sara, que ya había comenzado a excitarse—.

Así me revolucionas tú a mí, mi amor. Así me conquistas.

Su mente entregada volvía a volar lejos de aquella habitación.

Ambos lo hacían. Ella, elucubrando entre gemidos y ráfagas de inconsciencia quién de los dos jugaba el rol del camello y quién el del árabe.

Él, observando con sus ojos bien abiertos el placer que provocaba en ella, con la mente puesta en la particular versión de la Da’wah que acababa de realizar.

La Da’wah , una expresión por la que muchos reconocen la forma silenciosa en la que algunos musulmanes tratan de obtener nuevos adeptos para el islamismo, insistiendo en que los no musulmanes abracen esa creencia religiosa.

«Es algo parecido a vuestras misiones —le llegó a explicar en una ocasión—.

Es una llamada, una invitación a conocer un mundo espiritual nuevo».

Él, convertido en un docto y entregado misionero, en su idioma arábigo en todo un daa’i, enviado a aquel recóndito lugar en la tierra que resultó ser el cuerpo de Sara.

Aquella era su particular revolución silenciosa, que aún nadie había descubierto.

Aquella era la misión que tenía encomendada.

Mientras tanto Sara, perdida entre gemidos, intentaba encontrar su lugar en el mundo.