Capítulo 10 #4
Después de unos minutos en los que intentó calmar la indignación que devoraba a dentelladas su interior, se levantó.
Se aburría. Pegó la oreja a la puerta intentando escuchar algo de lo que se debatía con tanto secretismo a escasos metros de donde ella estaba, pero no fue capaz de oír más que su respiración.
Finalmente se dirigió al escritorio. Pensó en poner algo de música que consiguiera relajar su maltrecho espíritu.
Seguramente encontraría algún CD entre el desbarajuste que anidaba en la mesa o en las pequeñas baldas que se apostaban en la pared.
Un manto de libros, nuevos y antiguos, cuadernos, papeles, revistas, folios, libretas y sobres se desplegaba sobre la superficie de la escribanía.
El caos pareció abatirla y se dejó caer en la silla situada frente a la mesa.
Sus ojos se desplazaron en busca de algo que atrajera su atención lo suficiente para poner fin al hastío que la dominaba en aquella espera no planeada.
Finalmente, su retina se posó sobre la pantalla del ordenador, y algo llamó su atención.
Una figura abstracta daba vueltas sobre sí misma y cambiaba de forma y de color en cada movimiento.
Sus dedos se posaron en el teclado y apretaron la barra espaciadora, con la única intención de hacer desaparecer aquella figura absurda que la estaba poniendo nerviosa.
Y entonces un nuevo grafismo apareció en la pantalla.
Parecía una página web. Se acercó un poco más y pudo observar, en la franja derecha de la pantalla, la imagen de un hombre vestido con prendas militares, un pañuelo dispuesto sobre su cabeza y su cuello a modo de pasamontañas que tan solo le dejaba los ojos al descubierto, una cinta negra con una leyenda bordada en letras blancas coronando su frente y un fusil enorme entre sus manos.
Unas inscripciones, también con caracteres arábigos, completaban los adornos de la página; pudo distinguir algunas palabras como «reconquista», «muerte» y «sangre».
Su mirada se posó en el chat que ocupaba la parte inferior de la pantalla.
Casi todos los comentarios estaban en árabe y en inglés, algunos en alemán y muy pocos en español.
Cuando comenzó a leer, su gesto se transformó.
Su cerebro no podía dar crédito a sus ojos.
Salaam345: No habrá salvación para la Umma, salvo que sigamos el principio de colgar al último infiel con los intestinos del último sacerdote cristiano. La victoria será nuestra, hermanos.
Dar-al-islam: Si yo fuera general de los muyahidines me dedicaría a cortar con un cuchillo pequeño el cuello de los malditos infieles, pero lo haría despacio para mantenerlos vivos mientras se tragan su propia sangre.
FathAndalusí: Mientras haya un palmo de terreno musulmán invadido por infieles, existe la sagrada obligación de liberarlo con la yihad. Luchad, morid, hermanos, por el regreso de Al Ándalus.
jangsalar: Lograremos un rezo del viernes en la actual mezquita catedral de Córdoba. Ese será el primer paso para la Reconquista total. No hay más Dios que Alá y Muhammad es su profeta.
Wafa 23: Hemos empezado la lucha. El resto de los árabes, el mundo entero nos está mirando. Judíos, judíos, el ejército del profeta volverá. Mártir, mártir, descansa en paz, estamos detrás de ti y somos el símbolo de la lucha.
La sequedad que inundó su garganta no le permitía ni siquiera tragar saliva.
Sentía un nudo enquistado en su tráquea.
No entendía nada. ¿Qué era todo aquello?
¿Qué hacía en el ordenador de Najib? Las frases incendiarias que leía le iban apuntillando las sienes como alfileres al rojo vivo.
Los latidos de su corazón bramaban por más sangre y algo punzante parecía estar atravesando su ya maltrecho estómago.
Su dedo se desplazaba frenético por el teclado del ordenador, se dejaba llevar a enlaces que le descubrían otras páginas con los mismos textos apasionados y violentos, con imágenes de guerra, de atentados, mapas de diversos emplazamientos geográficos, planos aéreos con rutas que atravesaban Europa y Estados Unidos, cartografías de países como Afganistán, Pakistán, Somalia, Chechenia y Yemen, y gráficos con garabatos a modo de croquis que versaban sobre una amplia gama armamentística…
En una de ellas pudo ver cómo se detallaban minuciosamente, con dibujos y esbozos, los pasos que dar para fabricar una bomba en la cocina de casa.
Sus ojos no podían permitirse el lujo del pestañeo. Los llegó a sentir secos.
De pronto, un tremendo portazo se unió al sonido de unos pasos acercándose a la habitación, y aquello logró despertarla del letargo sensorial en el que aquella visión la tenía sumida.
Quiso apagar el ordenador, pero cuando iba a hacerlo la invadió un sentimiento de terror.
Al fin y al cabo, aquellas imágenes estaban allí cuando ella entró en la habitación.
Si las hacía desaparecer con un movimiento rápido de sus dedos, Najib sabría que había estado curioseando.
Mejor dejarlo todo como lo encontró. No entendió por qué tanta cautela ni por qué el temor.
Optó por minimizarlo en la pantalla del portátil, algo que consiguió justo cuando el dueño de la casa abrió de golpe la puerta.
Temió que la hubiera descubierto fisgoneando en sus cosas, como una burda detective en busca de las pruebas de un delito cuya naturaleza desconocía.
Cuando le vio acercarse a ella con aparente parsimonia intentó buscar alguna excusa que consiguiera salvarla de aquella situación de la que empezaba a sentirse tremendamente avergonzada.
—Ya estoy aquí. Te dije que no tardaría.
¿Me has echado de menos? —dijo cogiéndola de la cintura y llevándosela a la cama.
Sus manos la desnudaban más rápido que nunca, como si tuviera una especial urgencia por poseerla—.
¿Y cómo se te ha ocurrido todo esto? Me encanta cuando esa cabecita se pone a pensar en cómo sorprenderme.
No esperó una respuesta. La besó como si codiciara robarle hasta el último aliento, mordiendo cada parte de su cuerpo con una voracidad animal; deseaba someterla a su entera voluntad, lamer la suave y delicada piel con la misma sed de un alma perdida en el desierto durante días.
La poseyó con una intensidad desconocida, con embestidas cargadas de una ira inédita, con un ímpetu avasallador, con firmeza.
De su boca salían murmullos indescifrables, expresiones insondables, arcanos gemidos, roncos y profundos, que acababan varando en el oído de Sara.
Ella se había rendido a él y el placer que sentía enmudecía su garganta.
Por primera vez él le habló en su idioma paterno, pero no pudo saber qué encerraban las palabras que salieron de su boca.
La autoridad con la que Najib la poseía la llevó a un estado de abandono absoluto, le había cedido toda iniciativa.
Aquello era algo distinto, alejado de la delicadeza acostumbrada entre la pareja, pero que no parecía disgustar a ninguno de los dos, aunque fuera él quien más lo exteriorizaba.
Fueron unos momentos eternos, entregados a la total inconsciencia y al aturdimiento sensorial, en los que el tiempo perdió el sentido.
El espacio se difuminó hasta evaporarse en la nada y la realidad se convirtió en una mera entelequia.
Solo cuando Najib dejó de moverse sobre ella, cuando sus jadeos y sus palabras cesaron de acariciar su oído, el cosmos volvió a recuperar su forma más mundana.
Una fina capa de sudor empapaba como único disfraz los dos cuerpos, abandonados sobre la cama, agotados por el torbellino de fuerza y entrega desatado, arrollados por el placer, por la energía derrochada y vencidos por el deseo más terrenal que en otro momento hubiese sido motivo de rubor.
Poco a poco sus respiraciones se avinieron a una calma redentora, sembrando la paz donde antes se desató la guerra.
Cuando Najib regresó del aseo, hacia donde se había dirigido sin terciar palabra, recuperó su lugar en el desbarajustado lecho al lado de Sara, aún desfallecida.