Capítulo 10 #3
Por lo demás, no podía estar más satisfecha con su vida.
Quería devolverle algo a Najib, expresarle su agradecimiento de una manera más clara, fehaciente, demostrarle que ella también era capaz de improvisar, que también a ella se le daba bien proponer aventuras y no dejarse siempre llevar por los aires que le venían marcados. Deseaba sorprenderle.
Durante varios días pensó en la manera de hacerlo.
Quería arriesgarse como él lo había hecho, cometer alguna pequeña locura, casi de adolescente, que les divirtiera y alimentara aún más la complicidad que existía entre ellos.
Después de darle varias vueltas y tras sopesar los pros y los contras, creyó que había encontrado el modo.
Aún era martes, quedaban tres días para el fin de semana, cuando daban rienda suelta a su amor y desataban la pasión acumulada.
Pensó que sería buena idea adelantar el encuentro y planeó todos los detalles para poder hacerlo.
Pidió una tarde en la escuela de idiomas y llamó a Mónica, la canguro, para que se encargara de recoger a Iván en el colegio, darle de merendar y ayudarle unas horas con los deberes.
Durante la mañana preparó la cena para los dos hombres de la casa.
A Mario le explicó que esa noche llegaría tarde, e inventó una cena fantasma con algunos compañeros de la escuela.
Recalcó lo de «algunos», no fuera que la maldita casualidad propiciara que encontrase a alguno de ellos y el castillo de naipes que tanto le había costado alzar se derrumbara antes de poder disfrutar de él.
Todo estaba dispuesto para que nada malograra su pequeña aventura.
Cualquier detalle que se le antojó crucial fue controlado y encauzado de inmediato en sus planes.
Por supuesto, a Najib no le diría ni una sola palabra: ahora era ella la que exigía el papel de artesano de sorpresas y él sería el asombrado personaje que se sentiría gratamente abrazado por la divina improvisación.
Saboreó cada minuto que invirtió en madurar los preparativos, en disponer hasta el último de los pequeños detalles, esos que podrían arruinar un plan a priori perfecto, en fabricar las mentirijillas con las que iba tejiendo una red salvadora cuando la curiosidad ajena o una pregunta inoportuna estuvieron a punto de hacerla caer al vacío, y mientras, minuto tras minuto, imaginaba las reacciones de ambos cuando sus ojos se encontraran.
A media tarde, cuando las agujas del reloj marcaban las seis, Sara bajó del taxi que la dejó frente al portal de Najib, en el barrio de Tetuán.
Sabía, porque así se lo había confiado en conversaciones anteriores, que a esa hora le encontraría en casa.
Lo imaginó descansando, viendo la televisión, sorbiendo un delicioso té, preparando sus clases de gramática árabe y de interpretación coránica, o leyendo el Corán, algo que solía hacer bastante a menudo a juzgar por la envidiable capacidad de memorizar y reproducir fragmentos literales del libro sagrado —porque, a aquellas alturas, si algo tenía claro es que Najib sentía predilección por la sunna (los dichos y los hechos del Profeta), los hadices (los relatos, las narraciones de vida del Profeta, las máximas que marcan las tradiciones proféticas) y las fiqhs (las sentencias)—, o quizá se encontraría navegando por internet, una de sus grandes aficiones, en sus propias palabras «por el mundo de conocimientos que descubres tan solo apretando una tecla».
Sus ojos buscaron apremiantes el número y la letra del piso en el telefonillo del portal.
Cuando localizó el piso cuarto y la letra C, apretó el botón de color blanco, que hizo brotar un afinado sonido.
Esperó unos segundos, sonriendo para sí mientras imaginaba la cara de sorpresa que se le quedaría a Najib al escuchar su voz a una hora en la que la suponía en la escuela de idiomas.
Al no obtener la respuesta rápida que esperaba, volvió a insistir una y otra vez como si a su dedo índice lo hubiera poseído un extraño tic nervioso.
Al cabo de unos veinte segundos, una voz se filtró por los pequeños agujeros del intercomunicador.
—¿Quién es? —preguntó un tono neutro, que casi le costó reconocer.
—¡Sorpresa! ¿Me abres? —Solo obtuvo un silencio y se preguntó si la habría escuchado—. Hola, mi amor, soy yo. ¿Me oyes? Soy Sara. —El mutismo persistió aún durante unos segundos—. Najib, ¿estás ahí?
Por fin, el sonido de apertura de la puerta, accionado desde la vivienda, le permitió empujar el portón de cristal y acceder al portal.
«Debe de estar estropeado, por eso no me puede oír.
Estos trastos siempre están igual», pensó mientras subía en el ascensor.
En el pequeño marcador luminoso situado en la parte superior del panel de los botones, los pisos treparon rápido hasta llegar al cuarto.
Cuando oprimió el cajetín de llamada de la puerta C, tuvo la sensación de que alguien la observaba por la mirilla.
Echó un vistazo a la letra y al número de piso por si se había equivocado. No había ningún error.
Por fin apareció.
—Pero ¿qué haces aquí? —preguntó con la puerta entornada.
—Quería darte una sorpresa. He pedido la tarde libre para estar juntos.
¿No te parece genial? En casa creen que esta noche tengo una cena, así que podemos dar rienda suelta a nuestra imaginación…
—Intentó darle un beso, pero Najib se alejó, quizá de manera inconsciente, como si la situación le incomodara—. ¿Qué pasa?
—Nada, nada —contestó mientras abría un poco más la puerta—. Es que estoy reunido con una gente por un tema importante que ha surgido y que tenemos que solucionar, y, la verdad, me has pillado un poco por sorpresa —le explicó haciendo esfuerzos por bajar la voz.
—Esa era la idea —replicó. Empezaba a intuir que quizá no había sido tan buena idea como ella pensaba—. Igual que haces tú conmigo.
—Sí, pero yo te aviso antes. ¿No recuerdas cómo te pusiste conmigo cuando aparecí una mañana en tu casa para devolverte el móvil?
—Percibió que Sara, que aún continuaba en el descansillo, no estaba aceptando nada bien su pequeña reprimenda.
Rápidamente corrigió su tono de voz y su postura, un tanto a la defensiva, y la invitó a entrar—.
Pasa, no te quedes ahí. No te confundas, me ha encantado la sorpresa, es solo que me has pillado liado en este tema —dijo señalando al salón, donde parecía estar esperándole un grupo de personas—.
Te voy a pedir un favor y espero que lo comprendas: espérame en mi cuarto.
No me va a llevar más de diez minutos. Despido a esta gente y enseguida voy contigo y te lo cuento todo.
Puedes escuchar un poco de música si quieres o ponerte aún más guapa de lo que estás —le insinuó con una mirada en la que ella reconoció a su compañero de siempre—. ¿Lo harás?
Al pasar por la estancia en la que se estaba celebrando aquella enigmática reunión, Sara pudo ver a cuatro hombres que le lanzaron miradas de desconfianza y recelo; le quedó claro que no era bien recibida y que su llegada había interrumpido aquello tan importante que se traían entre manos.
Eran árabes, o al menos eso parecía. Dos de ellos, los que lucían largas barbas, vestían con una chilaba amplia y larga, la misma indumentaria que vio en la mayoría de los hombres el día que fue a la mezquita.
Otro estaba de espalda y ni siquiera se giró para contemplarla, aunque de haberlo hecho, hubiese sido con el mismo rechazo que sus compañeros.
Cuando el dueño de la casa la presentó, más por obligación que por deseo, ninguno de ellos le dedicó una sonrisa y solo uno pronunció unas palabras en árabe que ella no alcanzó a entender; desde luego, habría jurado que no era ningún cariñoso saludo de bienvenida, como intentó hacerle creer Najib antes de llevarla en volandas hasta la habitación.
—Son unos bordes. Unos maleducados. ¿Qué hacen en tu casa? ¿Por qué estás con ellos? ¿Quiénes son? Yo solo quería darte una sorpresa. Solo quería estar contigo y pensaba que tú también conmigo. ¿Sabes todo lo que he tenido que hacer para poder venir esta tarde?
—Siempre haciendo preguntas, profesora —le dijo besándola, esta vez sí, en la boca y mordisqueando sus labios como a ella tanto le gustaba—.
Espérame aquí. Vuelvo enseguida. En cuanto te lo cuente todo, lo comprenderás y dejarás de decir cosas tan absurdas.
Estoy deseando estar contigo. Y me ha encantado tu sorpresa.
Sencillamente no le creyó. Ni cuando le dedicó una sonrisa y clavó en ella sus profundos ojos negros, ni cuando cerró la puerta tras de sí para mantenerla lo más aislada posible del salón.
Le fastidió que su llegada no hubiese respondido a las expectativas que se había fabricado en su cabeza, por mucho que Najib le asegurase lo contrario.
Estaba molesta, furiosa y muy decepcionada.
Se sentó al borde de la cama y empezó a observar el cuarto que casi siempre contemplaba a oscuras y desde una perspectiva horizontal.
Le extrañó que a esas horas no estuviera hecha todavía la cama; también el desorden reinante en el cuarto.
No era lo habitual, al menos cuando ella pisaba la casa los fines de semana.