Capítulo 10 #2
Cuando Najib la invitó a cruzar aquella puerta de cristal reforzada con láminas blancas y negras, y sobre cuyo escaparate se podía leer «CENTRO DE ESTILO INTERNACIONAL ABDALA», no podía sospechar que cuando volviese a cruzarla lo haría como una mujer diferente, o al menos, pareciéndolo.
Al principio la idea de verse privada de su hermosa cabellera, de desprenderse de una manera tan drástica de sus envidiables rizos dorados que tanto tiempo la habían acompañado, no le pareció nada afortunada.
—Tienes una cara de ángel. Pareces una estrella de cine.
El pelo no puede robarte protagonismo —le decía el dueño, Abdala, como bien rezaba el nombre del local—.
Mírate, eres bellísima. ¿Cuánto hace que no te cortas el pelo?
¿Cuánto que no lo dejas nacer como él quiere y le permites lucir su color natural, sin tintes que lo disfracen y lo estropeen?
—Es que a mi pelo le da lo mismo que lo disfrace de lagarterana. —A juzgar por el gesto de despiste que asoló el rostro del estilista, este no tenía ni idea de qué significaba eso realmente—. Mi pelo no se rebela nada. No hay discusión. Lo siento, pero no me convence.
Por muchas tazas de té que el dueño del local le sirviera, por muchas fotografías de bellas mujeres —la mayoría de origen árabe— que le enseñara, por muchas muestras sobre la pantalla del ordenador de lo bien que le quedaría a su rostro ovalado el corte y el color que le proponía, no iba a tener nada fácil el convencerla.
Estaba dispuesta a defender su imagen con todas las armas que tuviera a su alcance, que adivinaba serían múltiples y eficaces.
Podría ceder a un baño de color, a una mascarilla nutritiva especial, a un tratamiento alisador, a un corte escalonado, pero nada que ver con el disparate que le proponía… Hasta que habló Najib:
—A mí me gustaría —medió. Había permanecido en silencio, sorbiendo su taza de infusión humeante y sin perder de vista un segundo la mirada de Sara—.
¿Por qué no pruebas? Yo creo que estarás guapísima.
Y así varías, te abres a otras opciones.
Abdala tiene razón. Eres preciosa, ¿qué pierdes con probar? Pero, claro, la última palabra es tuya.
La sonrisa de Najib hizo que Sara se contemplase en el espejo con otros ojos.
Quizá la propuesta no fuese tan descabellada como imaginaba, quizá ya era hora de acabar con un monopolio ondulado y rubio que había durado años.
Volvió a observar la imagen de su rostro en el ordenador y alternó su retrato entre la opción presente y la que le proponían.
Le llevó unos segundos decidirse, y en aquel tiempo nadie se atrevió a interrumpir su sesuda reflexión.
¿Por qué no? No tenía que darle cuentas a nadie: su imagen era suya y solo suya.
No había pedido opinión ni temió la reacción de nadie cuando se dejó el pelo largo y se lo tiñó de un rubio más platino que el que la naturaleza le había concedido, en origen castaño oscuro, y no tenía por qué hacerlo ahora.
Además, a él le gustaría y eso le agradaba.
Le agradaba mucho, hasta el punto de agitarla por dentro con solo pensar que aquello la haría sentirse más deseada ante sus ojos.
Todos esperaban una decisión que acatarían sin más.
—Vale. Lo hago. Me pongo en tus manos.
Najib recibió el anuncio con una enorme sonrisa que le ocupó todo el rostro y que hizo centellear sus ojos negros más de lo habitual.
—Verás lo guapa que quedas. No voy a poder ni sacarte a la calle.
Cambiar de imagen le llevó escasamente una hora y media.
Desde que Abdala comenzó la obra de ingeniería que tenía en mente, Sara escondió la nariz en unas revistas que ni siquiera entendía; encontró en las fotos el punto perfecto para centrar su visión sin ceder a tentativas de elevar su mirada en busca de novedades.
No se atrevía a comprobar su nueva imagen en el espejo hasta que no fuera definitivo.
No quería vistazos parciales que resultaran embusteros o que la distrajeran del resultado final.
También el inductor de aquel cambio radical había entrado en la trastienda del negocio, y allí permaneció hasta que Abdala dijo que ya estaba, había terminado.
Con un grito requirió la presencia de Najib.
Sara no supo por qué extraña razón le había advertido a él antes que a la propia clienta y aquello la ofendió de primeras, pero después de pensarlo mejor, se dijo que casi prefería ver la cara de su amor para evitar un impacto demasiado brusco.
Cuando observó el gesto de complacencia y aprobación de Najib, se sintió aliviada y volvió sus ojos hacia el espejo situado enfrente.
Estaba bella. Diferente. Muy distinta. Pero bella.
El cambio a un pelo más corto, que apenas le llegaba a la altura de los hombros, y mucho más oscuro, incluso más que su tono natural, fue lo primero que le impactó.
Y más conforme fue descubriendo matices, perfiles, detalles, tonalidades, sombras y siluetas desconocidas hasta el momento, se fue sintiendo realmente satisfecha de la decisión que había tomado.
Se encontraba a gusto, atractiva, moderna.
Estaba convencida de haber acertado. Y a juzgar por la reacción de Najib, no había duda de que lo había conseguido.
Abandonaron el local contentos y orgullosos. De nuevo había logrado sorprenderla.
—Te dije que te gustaría. Abdala es un gran profesional.
Antes tenía otro centro de belleza en la calle Tribulete, un poco más por el centro.
Se llamaba Abdou. Allí hacían ritos… —rectificó rápidamente sus palabras, achacándolo a un mero error lingüístico—, tratamientos de purificación con enorme aceptación entre la clientela.
Yo mismo los probé y funcionaban. Pero tuvo que cerrar.
—¿Por qué?
Najib evitó contestar a la pregunta.
—Una larga historia. Lo importante es que estás guapísima. Verás cómo le encanta a todo el mundo
—A mí, con gustarte a ti me vale.
Se sentía feliz. Le gustaba el aire que le confería su nuevo corte de pelo, más fresco, más moderno, vanguardista, y por descontado, mucho más cómodo.
Se alegró de haber recuperado, casi, su color de pelo original, después de tantos años torturándolo con tintes: el castaño oscuro marcaba aún más sus facciones y las resaltaba de tal forma que evidenciaba aún más su belleza natural.
—Hay que tener una cara perfecta para que te quede bien ese corte —le confió Carol en un receso de las clases en la escuela de idiomas—.
Y tú eres preciosa, lleves el pelo como lo lleves.
A mí me gusta. ¿Qué sabrá Pedro? Nunca he entendido por qué a los hombres les gusta tanto el pelo largo.
Es como una especie de obsesión, como la de los pechos grandes.
Claro, como ellos no tienen que pasar horas arreglándoselo, nutriéndolo e hidratándolo, gastándose un pastón en rizarlo, alisarlo, secarlo, peinarlo…
No es que Pedro hubiese dicho que no le gustaba; solo invirtió más tiempo en mirarla, en sacudirse de la retina la sorpresa inicial, el impacto del nuevo look de su colega favorita y en decidirse a emitir, apremiado por las presentes, un veredicto:
—Yo siempre te veo guapa, te cortes el pelo, te plantes una peineta en todo lo alto o te coloques una réplica de la Venus de Milo.
Pero sigo pensando que esos cambios responden a algo que no nos has contado.
Mejor dicho, a alguien. Y dejadme en paz ya con tanta pregunta sobre estilismos, que no tengo nada más que decir.
El pasmo había sido demasiado brusco y necesitaba algo más de tiempo para asimilarlo. Eso era todo. Lo mismo le sucedió a Mario cuando vio entrar a su hija luciendo nueva e impactante imagen:
—Hija, no pienses que no me gusta. Tú siempre estás guapa. Me ha sorprendido, y ya está. Además, eso crece enseguida.
Es posible que en otro momento aquel comentario un tanto ambiguo de su padre hubiese conseguido desmoralizarla, pero en el actual lo tenía francamente difícil.
Estaba feliz y nada ni nadie podría cambiarlo.
Lo estuvo pensando mientras buscaba su reflejo en todos y cada uno de los escaparates ante los que pasaba para comprobar lo acertado de su cambio radical de imagen.
No podía ser una mera coincidencia: relacionaba su buen ánimo con la aparición de Najib en su vida.
Desde su llegada todo se había magnificado, enriquecido.
Sus barreras se habían abierto; sus temores, disipado; sus expectativas, engrandecido; sus sueños, revitalizado.
El tiempo que pasaba junto a él solo podía calificarlo de extraordinario, aunque no era tanto como a ella le hubiese gustado.
Estaba de mejor humor, más amable, simpática y afectuosa, actitudes que ya en ella eran bastante habituales, pero que entonces se veían amplificadas.
Incluso disfrutaba más de Iván: lo miraba ensimismada en el parque o mientras velaba su sueño, al tiempo que se decía que quizá esta vez sí, quizá por fin podría ofrecerle una figura paterna que no se diluyera a la primera prueba de fuego.
La relación con su padre era la única espina de vital importancia que continuaba clavada en su corazón y eso era lo que más le dolía.
De momento, una calma tensa había tomado el relevo de las continuas y desesperantes discusiones entre ellos, aunque era cierto que habían decidido aparcar el tema de Najib para evitar males mayores.
Lo mismo ocurría con Lucía de la Parra Mengual: desde el día de la acalorada conversación en la cafetería, no habían vuelto a hablar.
Le gustaría, pero no pensaba ser ella la primera que agarrara el teléfono y marcara su número.
Todavía se sentía herida y tratada injustamente. Mejor dejarlo correr.