La infiel Capítulo 10
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Capítulo 10

Sara no supo de Najib el resto de aquel día.

Tampoco al otro. Ni al siguiente. Era la décima llamada que le hacía al móvil, pero la respuesta que obtenía no variaba: el buzón de voz.

No lo entendía. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no la había llamado como solía hacer cada noche?

¿Por qué no habían quedado aquel fin de semana, como hacían siempre?

Y lo que era peor, ¿por qué no atendía sus llamadas?

Cuando al enésimo intento, ya durante la noche del sábado, ni siquiera le saltó el buzón de voz y en su lugar lo hizo una grabación que explicaba que el número que marcaba no existía, empezó a engrasar la maquinaria de las conjeturas y su cerebro comenzó a abrazar todo tipo de fatalidades empujándola a un profundo e inalcanzable agujero negro.

La sensación de desamparo era absoluta. No sabía a quién llamar ni adónde acudir para averiguar si alguien sabía algo de él.

No conocía a nadie de su círculo más íntimo: ni un amigo, ni un hermano, ni un compañero de trabajo.

Nadie. ¿Cómo era posible? Si algo así le ocurriese a él, sabría dónde localizarla, a quién acudir: iría a la escuela de idiomas, a su casa, al colegio de Iván, a la cafetería donde solía quedar con alguna amiga por la mañana, o podría localizar incluso a la propia Lucía, a quien había conocido en una visita conjunta a la inmobiliaria donde él trabajaba.

Pero ¿y ella? ¿Cuáles eran sus referencias?

Ni siquiera recordaba la dirección a la que habían ido en verano para celebrar el cumpleaños del hijo de Fátima y consideró absurdo acudir en su busca a la mezquita.

Pensó en acercarse a la sucursal de la inmobiliaria donde trabajaba, pero solo había ido una vez con Lucía y no sería capaz de encontrarla sin más indicaciones.

¿Cuántas oficinas de compra y venta de casas habría en aquella zona?

Ni siquiera conocía el nombre de la empresa ni mucho menos su teléfono; nunca lo había necesitado, siempre le llamaba al móvil.

Lo único que podría hacer era ir a su casa, llamarle al telefonillo y esperar a que alguien contestara, pero si le había pasado algo y no estaba en su casa, sino…

¿Qué haría si el interconector del portal con la vivienda devolvía los mismos silencios que el móvil?

No era posible que hubiese desaparecido de la noche a la mañana, sin dejar rastro, sin dar señales de vida, sin molestarse en realizar una llamada que hubiese aplacado sus llamaradas de ansiedad y desolación.

No podía habérselo tragado la tierra. No lo aceptaba.

Pensó en actuar con determinación y acudir a su casa aquel mismo día.

Pensó en pedir un taxi y plantarse allí, pero el miedo frenó su renovado ímpetu: temió estar procediendo de una manera exagerada, dramatizando aquella ausencia.

Tan solo hacía dos días y medio que no hablaba con él.

¿Y si había tenido algún problema familiar y se había visto obligado a ausentarse?

¿Y si simplemente le había surgido alguna urgencia de trabajo?

¿Y si había quedado con los suyos? ¿Y si no se encontraba bien y prefería estar solo y descansar?

¿Y si había olvidado su teléfono en algún lugar?

«Me hubiese llamado desde otro —pensó—. Y si está enfermo o le ha pasado algo, lo normal es que yo pudiera atenderle en lo que necesitara».

El lunes por la tarde abandonó su clase durante unos segundos para llamar con tiempo suficiente al taxi que debería recogerla.

Nada más hacerlo, una nueva llamada entró en su móvil: nueve dígitos que no conocía.

Faltaba aún media hora para terminar su jornada y sus alumnos la esperaban en el aula.

No podía hacerles esperar más. Además, nunca atendía llamadas en horario lectivo.

Rechazó la llamada, pero una vez dentro del aula, el teléfono volvió a vibrar sobre su mesa.

Terminó de escribir unas frases en la pizarra y mientras respondía a las preguntas de los alumnos, miró de reojo la llamada perdida: el mismo número desconocido de antes.

Un pequeño símbolo con un sobre apareció en su pantalla, un mensaje.

Sintió cómo el corazón se le paraba. ¿Y si era Najib intentando ponerse en contacto con ella?

Podría estar llamando desde otro teléfono y por eso no conocía su número.

Miró el reloj. Solo quince minutos para finalizar la clase y los alumnos no dejaban de plantear dudas.

Fue el cuarto de hora más largo de su vida.

Hasta en tres ocasiones estuvo tentada de excusarse de nuevo y salir al pasillo para escuchar el mensaje, pero no lo hizo por miedo a resultar poco profesional y faltar a su deber.

Podría haberse encontrado a doña Marga y conocía perfectamente lo mal que llevaba ese tipo de prácticas, salvo motivo de vida o muerte.

Y este, de momento, no lo era: si había estado cerca de tres días sin tener noticias de él, podría aguantar otros quince minutos.

Cuando el reloj marcó al fin las nueve y el pasillo comenzó a llenarse con la bulliciosa presencia de estudiantes, Sara despidió a sus alumnos y sin abandonar el aula, marcó rápidamente el número de su buzón de voz.

El saludo de inicio le pareció eterno. Eterno, absurdo y prescindible.

Su cuerpo se relajó cuando escuchó que la voz de aquel mensaje correspondía a Miguel, que había decidido cumplir su promesa de llamarla para verse algún día.

De nuevo la desolación. No esperó a que la decepción la machacara más, recogió rápidamente sus cosas y salió a la calle en busca del taxi que ya debería estar esperándola.

Cuando se disponía a entrar en él, el insistente claxon de un vehículo aparcado bajo la única farola que no alumbraba la avenida la hizo detenerse y mirar.

La bocina del vehículo volvió a reclamar su atención y Sara vio cómo se encendían y apagaban las luces largas.

De entrada pensó que era el pretendiente de doña Marga, pero luego el conductor salió del coche y ella no pudo evitar la sonrisa.

Era Najib. Sí, era él.

—Señorita, ¿va a subir o nos quedamos aquí toda la noche?

Alargó la mano y le tendió al taxista un billete que saldaba con creces lo que marcaba el taxímetro y salió corriendo hacia el coche de Najib. Quería abrazarlo, besarlo, colgarse de su cuello y no separarse de él en horas. No lo hizo.

—¿Sabes lo preocupada que me has tenido?

Llevo tres días pensando que te había pasado lo peor.

¿Por qué no contestabas al teléfono? ¿Por qué no me has llamado en todo el fin de semana?

—La piel de su cara estaba completamente asaltada por el rubor y sus lagrimales, al borde de la ruptura, amenazaban con abrir las compuertas para dejar escapar un manantial de lágrimas—.

¿Dónde estabas, por Dios santo? He estado esperándote, estaba preocupada, no sabía nada de ti…

—Perdóname, mi amor, no fue mi intención preocuparte.

El viernes por la noche tuve que salir de Madrid por una urgencia familiar —hizo un ademán con la mano, como restándole importancia—, no era cosa de vida o muerte, pensaba volver el sábado pronto, pero al final todo se complicó y…

Para colmo perdí el móvil, en realidad creo que me lo robaron, y ya sabes que con estas agendas es imposible aprenderse un número de memoria.

Llegué ayer a mediodía y pensé en acercarme a tu casa, pero con las cosas como están, yo…

Poco a poco Sara iba bajando la guardia. Sí, en su situación más les valía que él no se acercara a saludar a Mario.

—Estaba deseando verte… —Buscó su mano y se dio cuenta de que ella comenzaba a aceptar sus argumentos.

—Podías haber venido aquí antes de las clases, aunque fuera un minuto —replicó, borrando de un plumazo eso que tantas veces se había dicho a sí misma acerca de no mezclar su relación con el lugar de trabajo. No, mejor que no lo hubiese hecho, ¿por qué tenía que ser todo tan complicado?

—Hoy me he pasado la mañana ayudando a un amigo en su nuevo negocio…

Te va a encantar. —El recelo de Sara había quedado atrás.

Sabía que aún tendría que darle algunas explicaciones, pero la tormenta había pasado.

Siguió hablando—: Además, he estado acordándome de ti todo el día.

Mi amigo quiere que te lleve a su local. Quiere que seas la primera.

—¿Su local? ¿Qué local? ¿Para qué? ¿Ser la primera en qué? —El mohín de su rostro le hizo saber que la reconciliación estaba cerca.

—Es una sorpresa —anunció buscando la complicidad perdida.

—Una sorpresa… Están empezando a no gustarme… —le dijo aceptando, ahora sí, el abrazo fuerte que él le ofrecía—. No me vuelvas a hacer esto a no ser que me quieras matar de un disgusto.

Najib acató la advertencia, madurándola en su interior. Cuando la dejó en casa, le dio su nuevo número de teléfono.

—¿Uno nuevo? ¿No te han respetado el que tenías? ¿Por qué? Las operadoras tienen la obligación de hacerlo. Tenías que habérselo exigido. Seguro que te vieron tan apurado…

—No importa. Lo prefiero así y de paso aprovecho para limpiar mi agenda de contactos que ya no me son útiles.

—Se acercó a ella para besarla en los labios—.

Te quiero. Y estoy deseando que llegue el fin de semana para que podamos dormir juntos, aunque solo sea un poquito.

¡Ah! —le recordó—. Mañana no te olvides, a las nueve paso a buscarte. Tu sorpresa.

Sara asintió. Otra sorpresa. Aquel hombre era un monumento al asombro continuo, a la fascinación, al embrujo. Aquella noche la venció el sueño tejiendo cábalas sobre el día siguiente. Sin embargo, sus esfuerzos conocieron de nuevo el fracaso. Jamás podría habérselo imaginado.