Capítulo 9 #3
—¿Subes o no? —Su compañero le esperaba ya al volante del coche y aquello casi abortó su pensamiento inicial de acercarse a saludarla.
«Casi mejor así», pensó, aunque finalmente decidió que no podía irse de allí sin saludar a la mujer que todavía amaba, a esa mujer a quien ni su cabeza ni su cuerpo habían podido olvidar.
—Ahora vuelvo, Rodríguez —le dijo al otro agente que iba con él de paisano—. Dame un minuto. He visto a alguien a quien quiero saludar. No tardo nada, tú ve arrancando.
Miguel se acercó lentamente a la pareja, sin apartar su mirada de ella.
Parecía muy distinta pero seguía luciendo hermosa, y escuchar su risa le despertó sentimientos que creía dormidos.
En su cabeza se agolparon recuerdos, imágenes, conversaciones, gestos anclados en el pasado, que habían decidido mudarse al presente sin preocuparse por las posibles consecuencias.
Pudo oler su colonia fresca con un ligero aroma a cítricos cuando apenas los separaban cinco metros.
Le distraía el pañuelo que le cubría la cabeza, no lograba entenderlo, pero estaba dispuesto a intentarlo.
—¿Sara? —La voz sonó familiar en sus oídos, aunque tardó unos segundos en reaccionar. Tampoco ella podría creerse la inesperada visión de aquel hombre que tanto había significado en su vida.
—¿Miguel? ¡Miguel!, ¿qué haces tú aquí? ¡Qué sorpresa!
—Salía de una inspección rutinaria y te aseguro que la sorpresa me la he llevado yo… al verte… aquí.
Sus miradas se recorrieron todo lo rápido que las pulsaciones precipitadas que ensordecían su interior les permitieron.
Por un momento temieron que ninguno de los dos pronunciara una palabra más, que permanecerían petrificados el uno frente al otro, como estatuas calizas sin voluntad propia a la espera de una fuerza exterior que rompiera el hechizo.
Un ligero carraspeo de Najib, tan oportuno como descaradamente intencionado, rompió el ensimismamiento que los había atrapado.
—Te veo muy bien. Muy guapa. Aunque algo cambiada —acertó a añadir Miguel mirándole la cabeza.
—¡Ah!, esto. —Señaló divertida al advertir que había olvidado quitarse el pañuelo—.
Es que he entrado en la mezquita. Quería conocerla, y claro…
—explicó mientras dejaba su cabeza libre de ataduras y al rescate de los enormes rizos envueltos en cuidadas y delicadas mechas rubias que poblaban su envidiada cabellera.
Estaba radiante y feliz y necesitaba compartirlo con su viejo amigo—.
No sabes la sensación de paz que se respira ahí dentro, Miguel.
Tienes que entrar un día. Tienes que vivirlo, es un lugar perfecto para perderse y encontrarse con uno mismo…
—De repente, se percató de que estaba faltando a las más elementales normas de educación y se apresuró a corregir su error—: Por cierto, déjame que te presente a Najib Almallah, un amigo; Miguel Fernández…
—pensó atropelladamente en cuál sería la presentación más adecuada, sin tener que mencionar su calidad de exnovio ni su condición de policía—: otro amigo.
Los hombres estrecharon sus manos en una forzada pantomima.
—Creo que debemos irnos. Se acerca la hora de recoger a Iván y no podemos llegar otra vez tarde. —Najib insistió premeditadamente en el uso del plural y en remarcar, con el nombre del pequeño, la confianza que existía entre ellos.
—Sí, claro. Es verdad. —Estaba nerviosa, aunque no entendió por qué—. Me ha alegrado mucho verte, espero que las cosas te estén yendo como querías.
—A mí también me ha gustado. —Miguel quiso evidenciar sus sospechas y comprobar la reacción del acompañante de Sara.
Se engañó atribuyendo sus intenciones a la deformación profesional, cuando el único interés que le movía en aquel momento era el personal—.
Quizá algún día te llame, podríamos quedar a tomar un café, para ponernos al día. ¿Te parece bien?
—Perfecto. Llámame y charlamos. Ahora tengo que irme. Cuídate, Miguel.
Los ojos de Najib asistieron serios a los dos besos de despedida que Sara y Miguel cruzaron.
La imagen se quedó grabada en su cabeza, y la repetiría luego, más tarde.
Ella vio en su reacción ante Miguel el eco de los celos; él, algo que podría trastocar sus planes.
El currículo sentimental de Sara no le importaba lo más mínimo ni representaba para Najib ningún problema, pero no estaba dispuesto a que ningún fantasma del pasado alterara los planes de futuro que tanto tiempo llevaba confeccionando para ella.
—Creo que está enamorado de ti —le dijo él para tantear el terreno, por si pudiera detectar algún peligro capaz de amenazar sus designios. Se esforzó en mostrarse ante ella tímidamente celoso—. No tendré nada de lo que preocuparme, ¿verdad?
—Solo de procurar que siga tan enamorada de ti como lo estoy en este momento. Ese debe ser tu único desvelo.
—Puedes jurar que así es —sentenció esbozando una sonrisa que escondía un arduo trabajo—. Vivo para eso.
La sensación de paz que le había regalado la visita a Abu Baker persistió varada en las entrañas de Sara: la llevó consigo durante toda la jornada, en las clases de la escuela de idiomas, e incluso permanecía viva cuando llegó a casa, uno de los momentos más temidos durante las últimas semanas por la posibilidad de una nueva discusión acalorada con su padre.
Las tensiones, los miedos y las preocupaciones parecían estar guardando las distancias, en una cuarentena que se le antojó placentera.
Deseó que aquel estado durase para siempre.
Sin embargo, una ausencia imprevista, un silencio que escapaba a sus razonamientos, amenazó sus deseos.