Capítulo 13 #2
—Con esto terminaremos más rápido de lo que imaginas.
—Najib aún la tenía aprisionada con su cuerpo contra la pared, parecía estar disfrutando—.
Todo depende de ti. —Se separó de ella y la dejó paralizada, como si el contorno de su silueta formase siempre parte del antiguo papel pintado de la habitación.
Se encendió un cigarrillo y dejó caer su cuerpo en el sofá del salón—.
Vendrán a buscarnos en unos minutos para llevarnos a la casa donde encontrarás a Iván.
Si haces todo lo que yo te diga, no habrá ningún problema.
Te prometo que a tu hijo no le pasará nada…
—Aspiró profundamente una interminable calada, como si deseara fumar de una sola vez el cigarrillo, y soltó el aire despacio, casi a cámara lenta, regodeándose—. Siempre que colabores.
Los minutos se convirtieron en casi dos horas y media eternas y tortuosas.
El móvil de Najib, diferente al último que ella le había conocido, sonó cinco veces, casi tantas como el de ella, aunque él le había prohibido contestar.
Sara se había sentado en el suelo y permanecía con la espalda pegada a la pared, igual que cuando fue introducida en la vivienda de manera violenta. La sexta llamada fue la definitiva.
—Supongo que no será necesario que te amordace, ¿verdad?
Imagino que tendrás ganas de ver a tu hijo y procurarás no hacer demasiadas tonterías.
Si nos encontramos con alguien en el ascensor, cosa que no creo, le sonríes como has hecho siempre.
No hables con nadie. Si te preguntan, ya contestaré yo, ¿entendido?
—ordenó mientras recogía unas llaves del aparador, guardaba su móvil y el de Sara en los bolsillos del pantalón y amarraba a su víctima por el antebrazo.
—¿Por qué me haces esto? —acertó a preguntar desvalida y con la amenaza del llanto en sus ojos.
—¿Y por qué no? —le respondió con una media sonrisa que le heló la sangre—. ¿Te crees alguien especial? ¿Hubieses preferido que se lo hiciese a tu amiga Lucía o a tu padre? Y por lo que nos habéis hecho a nosotros, ¿por eso no me preguntas, profesora?
Sara no entendió la última cuestión, pero tampoco dispuso de tiempo para pedir explicaciones.
Al salir vio a un hombre de rasgos árabes en el descansillo, mantenía la puerta del ascensor abierta.
Entró con ellos en el elevador y pareció dar el relevo a un segundo hombre, también de aspecto árabe, que los esperaba en el portal.
Junto a un tercero, los acompañó en silencio hasta el vehículo que aguardaba aparcado en la calle, justo enfrente de su casa.
Debió de ser el nerviosismo o su deseo de apartarse de todo aquello lo que la llevó a pensar en la suerte que habían tenido de encontrar aparcamiento en una calle que solía estar atestada de coches.
No tardó en tildarlo de estúpido, aunque, en cierto modo, agradeció ocupar su mente en algo que no fuera la situación en la que la había colocado una mala elección en la vida.
Subieron rápidamente al coche, Sara en el asiento trasero escoltada a un lado por Najib y al otro por el hombre que les abrió la puerta del ascensor, mientras que el que los había recibido en el portal se sentaba en el asiento del copiloto y el tercero se ponía al volante.
No intercambiaron ni una sola palabra durante el trayecto y Sara se contagió de ese mutismo.
El itinerario le resultó farragoso y extraño.
No pudo cerciorarse de si habían seguido nuevos caminos o si habían optado por rutas confusas para intentar desbaratar su sentido de la orientación para que luego no fuese capaz de recordar la travesía por la que la conducían.
De ser así, estarían realizando un esfuerzo innecesario: lo único que ocupaba su cerebro eran imágenes de Iván intercaladas con alguna de su padre.
El tiempo del recorrido lo pasó tratando de rezar para que a su pequeño no le hubiera pasado nada, pero la confusión no le permitía recordar las oraciones que había aprendido de memoria cuando era pequeña, y si por casualidad lo conseguía, ni siquiera era consciente de lo que decían esas frases.
Cuando llegaron al destino era ya noche cerrada.
Resultaba imposible ver nada, excepto lo que quedaba preso dentro de los haces de luz que proyectaban los faros del coche.
Habían atravesado un camino rural en muy malas condiciones, a juzgar por los exagerados baches que tuvieron que soportar y el incómodo y brusco vaivén que la obligó a sujetarse con las manos sobre los respaldos de los asientos delanteros.
En más de una ocasión notó el cuerpo de Najib chocar contra el suyo y el contacto consiguió ponerle el estómago del revés y provocarle un estremecimiento de repulsa que le recorrió toda la piel.
El coche se detuvo al fin y el hombre que había estado sentado a su izquierda durante el viaje la ayudó a salir del vehículo, sin dar muestras de consideración alguna.
Sara buscó con la mirada a Najib, que se había quedado en el interior del automóvil.
Era él quien había organizado el secuestro de su hijo y era a él a quien quería tener localizado.
Pero el hombre que la asía del antebrazo era más fuerte que ella y consiguió empujarla al interior de la casa sin que pudiera ofrecer resistencia.
Estaba oscuro, en silencio, aunque pudo ver algo del exterior del inmueble gracias a un bombín colocado sobre la puerta de entrada de la vivienda.
La luz que daba una ridícula y tenebrosa bombilla le reveló una edificación antigua, de altura baja.
Las sombras de la noche cerrada, huérfana de luna, le permitieron calcular que la vivienda tendría dos alturas.
Por el sonido de sus zapatos al contacto con el suelo, supo que bajo sus pies había gravilla o arena, no asfalto.
Subió un tosco escalón de hormigón y accedió a ella por una puerta situada a pie de calle, tapada por una especie de esterilla, gruesa y trenzada por hilos de varios colores.
En el interior todo era penumbra. Ni una sola luz prendida que permitiera reventar la oscuridad enquistada en el seno central del inmueble.
Tan solo el resplandor tembloroso de una vela encendida en alguna estancia de la casa y que conseguía hinchar, macabra, las sombras que anidaban en el interior, confiriendo un aspecto aún más tenebroso a la vivienda.
Para hacerse una idea de la estructura de la casa tendría que esperar a que amaneciera o a que alguien encendiera alguna luz artificial.
Con un poco de fortuna, pensó, no tendría oportunidad de comprobarlo.
Solo quería recuperar a su hijo y salir de allí lo antes posible, olvidar aquellos rostros fiduciarios de misterios malignos, sus lascivas miradas, sus gestos gobernados por los maléficos designios que sin duda albergaban sus mentes.
Y en especial, anhelaba relegar a la indiferencia un perfil sobre todos los demás, el que había logrado abrirle las puertas del paraíso durante meses para luego cerrárselas de un portazo ensordecedor e hiriente en milésimas de segundos, haciendo trizas su vida y sus sueños.
Najib.
Repitió aquel nombre en su interior. Najib.
¿Cómo pudo producirse semejante metamorfosis?
¿En qué momento su destino viró hacia un pantanal de oscuridad y terror?
¿Cuándo aquella pesadilla había cobrado vida propia y se había apoderado de las riendas de su existencia y, con ella, la de los seres que más quería?
Deseaba cerrar los ojos con fuerza durante unos instantes, los suficientes para viajar a través del espacio y del tiempo y aparecer en otro lugar y en otra compañía cuando los abriera. Aquello debería esperar.
El mismo hombre que la mantenía sujeta del brazo la condujo hasta una de las habitaciones interiores.
En el recorrido casi a ciegas, mientras temía tropezar al ser incapaz de ver el lugar exacto donde asentaba sus pies, no encontró a nadie más.
Los únicos testigos de su visita eran las sombras alargadas y siniestras y, sin embargo, se sentía observada.
Sus oídos no pudieron percibir ningún ruido procedente del resto de las habitaciones; ni una respiración rompió el tenebroso e impostado sigilo y sin embargo, el eco mudo de unas voces amordazadas le rompía los sentidos.
Escuchó el cerrojo de una puerta que se abría y acto seguido el hombre que la aferraba del brazo prácticamente la arrojó al interior del habitáculo y volvió a cerrar tras de sí valiéndose del manojo de llaves que llevaba en la mano.
Sara se quedó inmóvil en el mismo lugar donde su cuerpo había ido a parar.
No se atrevía a mover un músculo. Estaba a oscuras, como si sus ojos hubiesen sido cubiertos por un manto profundamente negro que la privara no solo de su capacidad visual, sino también del resto de sus sentidos.
No sabía si se hallaba en un lugar espacioso o reducido, si había alguien más con ella o se enfrentaba a aquel desierto de penumbra en solitario.
Se atrevió a alargar sus brazos, con el deseo de que sus manos palparan algo, algún contorno que le permitiera salir de aquel ostracismo al que había sido arrojada.
Pero sus dedos solo acertaban a atravesar el vacío, como si estuviera al borde de un precipicio pronunciado, con los ojos tapados, mientras unas voces misteriosas a su alrededor la instaban a avanzar y a romper el camino que se abría bajo sus pies.
Cuando ese vacío estaba a punto de engullirla, la puerta se abrió de nuevo.
Sabía que alguien aguardaba en el umbral, pero no pudo distinguir de quién se trataba hasta que este no buscó el interruptor, situado a escasos centímetros del marco lateral del portón, y encendió la luz.