Capítulo 8 #4
Aquella tarde recibió varias llamadas de Lucía al móvil que decidió no atender.
Ya había escuchado bastante. Estaba enfadada, se tragaba las ganas de gritarle al mundo la injusticia que estaba cometiendo con ella.
No entendía qué había hecho para convertirse en el blanco de un escarnio carente de un mínimo de misericordia, pero se juró que no iba a permitir que su vida la marcaran otros.
También ellos tenían motivos de sobra para estar callados y abstenerse de juzgar con tanta ligereza a personas que ni siquiera conocían.
La irritación enhebraba en su mente juicios imaginarios, delicadas disquisiciones que ni siquiera se atrevió a elucubrar en su día.
¿Acaso ella había responsabilizado alguna vez a su padre por conducir el coche el día del accidente que le costó la vida a su madre?
¿Le había echado en cara no haber cumplido con la revisión periódica en el taller, donde seguramente le hubiesen cambiado los neumáticos antes de ponerse en carretera?
¿Habría evitado ese gesto que las ruedas, gastadas en exceso y sin opción de aferrarse al firme de la carretera, patinaran sobre el asfalto mojado, inundado con restos de aceite, y el coche diera seis vueltas de campana para terminar empotrándose contra un árbol?
¿Había puesto en duda sus reflejos, su preparación, su actuación tras el accidente?
¿No había estado junto a él, sin permitirle ni un solo momento que se responsabilizara de lo que el destino había decidido para ellos sin molestarse en preguntarles?
Y con Lucía, ¿alguna vez se había atrevido a insinuarle siquiera que de no ser por ella quizá su hermano pequeño seguiría vivo?
¿No fue Lucía la que lo echó de su casa la noche del miércoles 10 de marzo de 2004 porque no podía soportar más su adicción a la heroína?
¿No fue ella la que le gritó que no volviera jamás, que estaba harta de que le robara, que se fuera cuanto más lejos mejor y que no quería volver a verle en la vida?
¿No se encargó Sara de consolarla y quitarle de la cabeza todo complejo de culpabilidad por que su hermano hubiese pasado aquella noche en la estación de Atocha para, a primera hora de la mañana, subirse a uno de los trenes y huir bien lejos, donde no molestara a su hermana mayor, sin poder imaginar que el único lugar que le tenía preparado el destino era el interior de aquellos trenes donde unió su suerte a la de las 200 personas que fallecieron en el mayor atentado terrorista de la historia de España?
Entonces ¿por qué estaban siendo tan crueles con ella, cuando sus actos ni siquiera habían tenido consecuencia para ellos?
¿Dónde residía su gran error, dónde el gran delito que debería condenarla a rechazar sus sueños, su bienestar, sus deseos, a favor de unos prejuicios malencarados?
Le dolió la trama que enmarañaba recuerdos dolorosos en su cabeza, pero no pudo evitarlo.
No le habían dejado otra opción. Tampoco podía entender tanto odio acumulado hacia un desconocido como el que profesaban ellos hacia Najib. El sufrimiento era insoportable.
Su teléfono móvil volvió a vibrar. Eran las once y media de la noche.
Se convenció de lo pesada que era Lucía y se dijo que quizá el remordimiento por todo lo que había vomitado sobre ella hacía unas horas le impedía conciliar el sueño.
Cuando vio el nombre de Najib en la pantalla, comprendió que se había equivocado.
Conocía a su amiga: ya había llamado y ella no le había devuelto la llamada, aquello era todo; antes muerta que reconocer y enmendar un error.
Aun así, en aquel momento casi agradeció el cóctel de orgullo y cabezonería de Lucía.
Contestó la llamada con una fuente de lágrimas a punto de abrirse en su garganta.
Cuando escuchó la grave y profunda voz que le hablaba al otro lado del auricular sintió que se abría la puerta del embalse de emociones y agonías que había estado almacenando durante la jornada y se vio abocada a la necesidad de dejarse arrastrar por el caudal del desahogo.
Volcó sobre el teléfono el dolor encapsulado por la incomprensión que había estado golpeando sin piedad las paredes de sus entrañas.
Lo sacó fuera con la ayuda de un ejército de lágrimas que a duras penas pudo controlar.
Su voz, convertida en ocasiones en un fino hilo tejido por una contumaz congoja empeñada en apoderarse de ella y por sus esfuerzos para que no la oyeran quienes dormían en casa, buscaba el consuelo del timbre ronco y seductor de Najib, que no quiso faltar a la cita.
La reconfortó con palabras, reanimó su alma con augurios de un futuro mejor, con frases bonitas, con elaboradas complicidades solo aptas para su entendimiento.
Como era costumbre en él, logró fabricarle un universo de paz y serenidad lejos de los inconvenientes externos, impermeable a las miradas insidiosas de los que no querían ver más que su parcela de tierra.
Allí se sentía en armonía, se conciliaba con ella misma, resolvía sus dudas, alejaba los temidos fantasmas, se enfrentaba a sus miedos y salía vencedora de la contienda.
Quedaron para verse al día siguiente por la mañana y seguir hablando de todo lo que amenazaba su ánimo.
—Ahora quiero que duermas y solo pienses en mí. Solo en mí.
Obedeció con una disciplina militar. Lejos de asimilarse a una orden, en sus oídos aquello sonó como un deseo. Aquella noche hubiese ido donde la profunda e hipnótica voz de Najib la hubiese guiado. Sin pensarlo.