La infiel Capítulo 9
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Capítulo 9

No supo cómo, pero Najib había utilizado todo su ingenio y su arrollador poder de seducción para conseguir que los compromisos laborales que le aguardaban aquella mañana se transformaran mágicamente en tiempo libre, tiempo para ella.

Sara casi se sintió culpable de la intervención casi quirúrgica que había sufrido el envidiado cartapacio profesional de su novio y temió haber dramatizado en exceso la noche anterior.

No quería crearle problemas en su lugar de trabajo, jamás se lo perdonaría.

—No seas tonta y deja de lamentarte —le dijo utilizando el tono más tierno y encantador del largo repertorio con el que contaba—.

Quiero llevarte a un sitio que te gustará.

Te llenará de paz. Y si no es así o te sientes incómoda, saldremos cuando tú quieras.

—Añadió algo más que logró despistarla, aunque prefirió no preguntar—: No te pongas tan guapa como la otra noche.

Si puedes viste con ropa holgada y con pocos colores, y no te maquilles mucho.

Estás muy guapa tal como eres. De lo demás me encargo yo.

Aquellas indicaciones consiguieron inquietarla lo suficiente para permanecer más de diez minutos clavada ante su armario, con las puertas abiertas y recorriendo con la mirada la ropa que había colgada y guardada en los cajones.

No entendía los rigores de la vestimenta, pero decidió no complicarse más: unos vaqueros, una camiseta blanca interior y un jersey ancho de color azul marino que hacía años que no se ponía, los mismos que no iba de visita a Pechón junto a su padre.

Dudó si disimular la palidez de sus mejillas con un discreto toque de colorete en tono rosado, casi imperceptible, y recurrir a un poco de brillo de labios para aportar cierta frescura a un rostro que había amanecido apagado.

La brocha barrió rápido sus pómulos, como si desconfiara de ellos, y el brillo apareció tímido, huyendo del temido exceso.

¿Qué le tendría preparado esta vez el gran prestidigitador Najib Almallah, que había entrado en su vida como un torbellino para envolverla en juegos de artificio, a cuál más sorprendente?

La recogió en casa, aprovechando que Mario había acercado a Iván al colegio y que le llevaría al menos media hora de trayecto.

Ese viernes le tocaba librar a ella, con lo que todo parecía controlado.

Cuando se bajó del coche para abrirle la puerta, la observó de arriba abajo, con la cadencia de un fascinador profesional elevada a la categoría de marca de la casa, como si examinara cada detalle de su anatomía, y dejó escapar una media sonrisa como muestra de aprobación.

Se alegró de que sus indicaciones hubieran sido al tiempo entendidas y atendidas. Le gustó.

—«Cuando decretamos la existencia de algo, le decimos tan solo nuestra palabra “sé”…, y es» —susurró un nuevo sura mientras se acercaba a ella.

—¿Qué dices? —preguntó Sara sospechando que acababa de escuchar alguna frase extraída del Corán, tal y como la tenía acostumbrada en momentos especiales. Y aquel parecía ser uno de ellos.

—Perfecta —aclaró él—. Perfecta.

—Perfecta ¿para qué? —preguntó sin poder evitar sentirse adulada—. ¿Dónde vamos? ¿Por qué tanto misterio?

—No seas tan impaciente. La paciencia es un don que deberías cultivar. Mírame a mí.

Sara subió apresuradamente al coche, tras un rápido beso a Najib en los labios.

Le aterraba la posibilidad de que su padre regresara antes de lo previsto, como ya había sucedido alguna vez, y los sorprendiera en la puerta de su casa; una situación que se le antojaba demasiado violenta para siquiera imaginarla.

Durante el trayecto se entretuvieron jugando a las adivinanzas sobre su más inmediato futuro.

Por mucho que ella intentaba sonsacarle el destino de aquella aventura improvisada, no lograba de él más que pistas abstractas, frases ambiguas que, lejos de ayudarla a desenmascarar el misterio, conseguían confundirla aún más.

Lo dejó por imposible y decidió abandonarse al placer de lo desconocido.

Por la ventanilla del coche reconoció que estaban en el barrio donde vivía y trabajaba Najib, con sus calles estrechas, sus edificios bajos de pocas plantas, la presencia —a su entender excesiva— de locales comerciales, el mosaico de nacionalidades de los viandantes que poblaban el distrito, el crisol de culturas que se respiraba en el ambiente…

Era como asistir a una representación multitudinaria en un gran teatro con mutis continuos e improvisados, con personajes inagotables, protagonistas de tramas que se enzarzaban entre sí con olores únicos, sonidos exclusivos, todo un gran bastidor puesto en pie para dotar de vida a la función más larga y duradera del mundo.

Contemplando aquel cosmos, que le pareció extraído de uno de los pesados tomos encuadernados en piel verde que descansaban en la librería de su padre, dudó que el aburrimiento o el tedio pudieran aparecer por alguna esquina de aquel decorado.

Quizá fuese la soleada mañana con la que había amanecido aquel viernes del calendario, que le contagió un optimismo desbordante, pero Tetuán se abría ante sus ojos como un gran zoco de vida, de realidades, de secretos, de colores, de gentes, de tradiciones, de lenguas, de ropaje, de visiones únicas e inimaginables unos cuantos kilómetros más allá.

Absorta como estaba en el tiovivo en el que se había subido su mente, apenas se dio cuenta de que Najib acababa de aparcar el coche en una calle donde estacionar solo podía ser fruto de un verdadero milagro.

—Ya hemos llegado. Es allí.

Por el parabrisas observó una construcción no demasiado espectacular, de color beis aunque con cierta tendencia blanquecina, apenas un poco más elevada que el resto de los edificios que se alzaban a su alrededor. Se erigía firme, orgullosa, importante.

—Es la mezquita de Abu Baker. Aquí es donde vengo de vez en cuando y donde doy clases al grupo de niños.

—Sara sonrió y volvió a mirar aquel edificio que, después de escucharle, le pareció más solemne—.

No te dejes engañar por su modesto exterior —le repitió; aquello ya se lo había oído antes—: Por dentro es mucho más grande, extraordinaria.

Cuando se disponía a abrir la puerta del copiloto, él se lo impidió.

—Espera. Quiero darte algo. —Abrió la guantera y extrajo una pequeña caja cubierta con un sencillo papel de regalo—. Es una tontería, pero dentro te vendrá bien. Te ayudará a sentirte más cómoda.

Emocionada y al mismo tiempo sorprendida por el detalle, rasgó con delicadeza el papel que recubría aquella ofrenda inesperada.

Cuando levantó la tapa de la pequeña caja marrón, sus ojos se iluminaron tanto como su semblante.

Era un sencillo pañuelo de seda liso, sin dibujos ni adornos, de un color verde encendido pero elegante y con un tacto extremadamente suave.

—Hay quien dice que el verde es el color del islam.

Lo creen porque aseguran que el Profeta vestía capa y turbantes de color verde, porque elogia este color en el Corán y porque algunos creen que las almas de los mártires del islam entrarán al paraíso bajo la forma de aves verdes.

A mí sencillamente me gusta ese color. Es la paz, la naturaleza, la vida.

—Najib esbozó una mueca de sonrisa—. Una tontería, pero quería que lo tuvieras, y no solo para entrar en la mezquita.

Sara se lo agradeció con un largo e intenso beso en los labios. Se quedó mirando aquel trozo de tela verde que tenía en las manos.

—¿Tengo que ponérmelo para entrar en la mezquita? —Se quedó pensativa durante unos instantes—. ¿Por eso decías lo de la ropa? —Se miró inquieta, examinando si su indumentaria representaría un problema—. ¿Podré entrar así?

—¡Por supuesto que sí! Puede hacerlo cualquiera que vaya de una manera normal, sin nada raro encima ni irrespetuoso o excesivamente llamativo para un lugar de oración.

De la misma forma que entrarías en una iglesia o en una catedral.

Con respeto. Nada más. Algunos te dan consejos para que te encuentres más cómoda cuando entres a la mezquita, aunque la mayoría de los nuevos visitantes no lo necesita: que tu ropa debe estar limpia pero sin perfume, que debes lucir sobria pero sin mostrarte extremadamente recatada…

Te aconsejan que tu vestimenta cubra todo el cuerpo, menos el rostro y las manos, ¡bueno!

, y los pies cuando te descalces, que tu ropa no debe ajustarse provocativamente al cuerpo, que evites lucir camisetas con fotos de personas, dibujos de animales o que tengan inscripciones o mensajes, sobre todo si son inapropiados.

¡Ah!, y aunque no suele suceder, te aconsejan no llevar ropa de marca para evitar que se confunda con una desafortunada arrogancia o deseo de ostentación.

Esto no está bien visto. Y es mejor que no lleves maquillaje, ni siquiera rímel.

Así que, como verás, vienes perfecta. De todas formas, dentro te pueden dejar alguna prenda si necesitas o deseas cubrirte alguna parte de tu cuerpo que consideres que pueda incomodarte durante el rezo.

¿Preparada? —Observó cómo Sara le mostraba el pañuelo que acababa de regalarle—.

Solo lo necesitarás si accedes al lugar sagrado para el rezo.

Como seguramente lo harían tu abuela o tu bisabuela cuando acudían a misa.

—Ella le dio la razón con un asentimiento.

La primera impresión hizo bueno el comentario escuchado hacía unos minutos: Abu Baker era mucho más impresionante por dentro que por fuera.

Su vista no pudo alcanzar a distinguir si el interior del edificio subía tres o cuatro plantas.

Era enorme, majestuoso, y le sorprendió su distribución.

Esperaba un enorme templo únicamente destinado al rezo más entregado y se encontró con una estructura parecida a una especie de centro comercial donde no faltaba detalle.