La infiel Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

—Pero ¿de dónde has sacado toda esa mierda?

¿Te estás oyendo? No tiene sentido. Esto es solo basura, propaganda de sabe Dios qué grupo de fanáticos, ¡qué sé yo de dónde habrás sacado esta majadería!

Y prefiero no preguntarte por qué la llevas en el bolso.

—En un vistazo rápido, superficial, pudo reconocer el correo electrónico de Mario en uno de los encabezamientos de aquella ristra de folios—.

¿Mi padre? ¿Has estado hablando con él de todo esto?

¿A mis espaldas? Pero ¿cómo os habéis atrevido?

—No dramatices. Fue por casualidad. Nos encontramos en la calle, tenía mala cara, me lo contó y una cosa llevó a la otra.

¿Qué quieres que te diga? Él solo quiere lo mejor para ti —dijo sin apartar la vista de los papeles que empezaba a recoger—.

Te quiere, como yo. Y no soportaría que te pasara nada malo.

—Lucía de la Parra Mengual, por favor, tienes que creerme.

—Intentó virar el tono de la conversación, que se estaba tornando demasiado desagradable, y recurrió al nombre completo de su amiga para recordarle la larga amistad existente entre ambas—.

No digo que no haya mala gente entre ellos, pero Najib no es así.

Es distinto. No tiene nada que ver con todo esto.

De verdad, no lo entiendo. Te hacía más abierta, menos…

—¿… xenófoba? Lo que me faltaba por oír.

Mira. —Cogió el diario que traía en el bolso y le enseñó la noticia que aparecía en primera página—: Otro al que acusaban de xenófobo, de antimusulmán, de racista.

Theo van Gogh, un director de cine que había hecho una película sobre la sumisión de la mujer dentro del islam.

Lo mató un islámico de origen marroquí, nacionalizado holandés, a balazos y después le rebanó el cuello con una daga.

No contento con eso, le agujereó con un cuchillo el estómago y «le introdujo cinco folios dirigidos a una parlamentaria de origen somalí, Ayaan Hirsi Alí, quien había escrito el guion de la película que dirigió el sobrino nieto del pintor Vincent van Gogh» —dijo leyendo en el periódico la noticia que informaba del aniversario del asesinato.

Se ayudaba de su dedo índice como guía—.

Se ve que a los compatriotas de tu novio no les gusta mucho el cine.

Pues mira, este ya no vuelve a hacer más películas.

Y más vale que tú escribas el fin de esa que te estás montando en la cabeza como una ridícula colegiala.

Despierta, rica, o lo haré yo a bofetadas.

No quiero levantarme un día y encontrarme tu foto ocupando la portada de un periódico.

—Estáis enfermos. ¿Es que no hay asesinos blancos y con la primera comunión hecha?

, ¿es eso lo que dices, Lucía? No lo entiendo.

No puedo comprenderlo. Ni siquiera queréis darle una oportunidad.

No sabéis quién es. —Sara parecía fuera de sí, al borde del llanto, que solo evitaba por la necesidad de poner en palabras todo lo que le quemaba por dentro—.

No todos son iguales. ¡No todos son así! Najib no tiene nada que ver con eso.

—Tú eres la que no tiene nada que ver con todo eso, ni con ellos.

Y sí, por supuesto que sí, estamos todos enfermos.

Y sí, también somos unos racistas, unos antiguos y además, las peores personas sobre la faz de esta puñetera tierra.

Pero hazte un favor, ¡haznos un favor a todos!

: deja a ese hombre. Me da lo mismo que sea el santo Job, la reencarnación de Gandhi, el padre Vicente Ferrer o el mismísimo profeta Mahoma.

Deja de comportarte como una egoísta. —Calló como si estuviera valorando la idoneidad de vomitar lo que se gestaba en su cabeza—.

Por muy bien que te folle, tu familia y tus amigos están primero y, aunque ahora no lo creas, a ellos los necesitas más.

—No tienes ni idea de lo que estás diciendo. ¿Todo esto es por tu hermano, Lucía? ¿Es eso? ¿Vas a culpar a Najib por lo que pasó? —dijo tras sentirse violentamente hurgada en el terreno más sensible—. Jamás habría esperado algo así de ti.

—Mira, en eso, coincidimos. —Lucía se levantó, recogió su maletín, se colgó el bolso del hombro, del que previamente había sacado diez euros que dejó sobre la mesa para pagar la consumición y, cuando estuvo lista para marcharse, se inclinó hacia Sara y bajó la voz considerablemente—: Ódiame si quieres, si eso te sirve para canalizar todo lo que se mueve por ahí dentro —le dijo señalándole la cabeza—, pero deja a ese hombre.

Prefiero que no me vuelvas a hablar en mi vida a que no vuelvas a hablar en la tuya.

La decepción sufrida a manos de las dos personas cuya opinión más le importaba, su padre y Lucía, la dejó sumida en un abatimiento difícil de disimular el resto del día.

La angustia le impidió concentrarse en clase, lucir buena cara incluso delante de su hijo y ni siquiera trató de disimular frente a su padre.

Ya todo le daba igual, no tenía necesidad de mostrarse de otra manera solo para hacerles sentir mejor a ellos.

Le habían hecho daño, habían arrojado sal sobre una herida abierta en su corazón y merecían saberlo.