La infiel Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

La noticia le abrasaba en la garganta, necesitaba dejarla fluir hacia el exterior, ponerla en contacto con el aire aunque solo fuera para que se enfriara y le brindara una cierta perspectiva.

Estaba algo aturdida. Todo había ido demasiado rápido.

Su cabeza no cesaba de cocinar argumentos, supuestos, teorías sobre por qué Najib habría realizado semejante anuncio sin habérselo consultado antes.

Pero ¿qué tenía que consultar? Los deseos de cada uno pertenecen a la esfera personal e íntima.

Se dicen, se exponen y luego se comparten con el propósito de que alguien participe de ellos y los haga posibles.

Sin embargo, fue todo demasiado ambiguo, le costaba darle forma.

Podía entenderlo como una manera original de proponerle dar un paso más en su relación, pero había algo que se lo impedía.

Las excusas que le iba sugiriendo su acelerado pensamiento no la convencían.

Se sentía emocionada, no podía negarlo, pero también confusa.

Necesitaba hablarlo con alguien, compartirlo con otra cabeza, con otros ojos, con otra boca, quizá más flemática que la suya.

Era uno de esos momentos que requerían compañía para vivirlos con mayor intensidad.

De inmediato desestimó la posibilidad de compartirlo con su padre.

No podría resistir otro enfrentamiento con él.

Tenía que admitir que Mario odiaba a Najib, aunque solo fuera por su nacionalidad y su religión, ya que ni siquiera le había dado opción a conocerle.

No se arriesgaría de nuevo. No estaba dispuesta.

Pensó en su amiga del alma, Lucía de la Parra Mengual. Ella no le fallaría. Nunca lo había hecho.

Se equivocó y el rechazo la cogió sin calentamiento previo. Por primera vez en su vida, no encontró en Lucía el acostumbrado arsenal de apoyo absoluto, ánimo y comprensión que esperaba. La oposición de su amiga la dejó seriamente magullada.

—¿Todavía con esa historia? Creí que sería una nube de verano, un calentón rápido, algo para recordar los días de bajón y poco más.

Y ahora me vienes con una petición de matrimonio un tanto surrealista, como toda esta historia, si quieres que te sea franca…

—Parecía decepcionada—. Debí insistir en que abandonaras esta estupidez en vez de reírte la gracia cuando me la contaste el primer día, aunque lo hiciera con la boca chica.

—Apagó el cigarrillo que fumaba estrujándolo violentamente contra el cenicero, como si la boquilla del pitillo fuera la cabeza de alguien—.

¿Se puede saber qué crees que estás haciendo?

—Enamorándome. No sé por qué os cuesta tanto entenderlo.

— ¿Os? A mí no me hables en plural, ¿o es que ves a más gente a mi alrededor?

Lucía estaba realmente irritada. El asunto le estaba afectando quizá más de lo normal, pero desde siempre se había adjudicado el rol de figura materna, de hermana mayor, y aquello le confería el derecho de ser la única persona que podía hablarle así si la situación lo requería.

Y, a su entender, esa era una de aquellas veces.

Igual que le ocurría a Mario, aquel chico no le convencía.

Sencillamente, no le gustaba y no solo por el recuerdo de lo que le sucedió a su hermano —se consideraba lo bastante madura como para entender que no todos los musulmanes son iguales ni actúan de la misma manera—.

Aunque tampoco necesitaba buscar excusas ni argumentos para justificar el desagrado que Najib le provocaba.

No podía evitarlo. Era consciente de que en la vida hay personas que nada más verlas, mirarlas y estrecharles la mano intuyes que hay algo en ellas que nunca las hará garantes de tu confianza.

No necesitaba darle más vueltas ni profundizar en razonamientos lógicos, aunque también los hubiese.

Y es que a Lucía no le gustaba cómo ese hombre iba apartando a su amiga del resto del mundo, ni le gustaban esos rezos en los que enredaba a Sara y que ella le contaba sin darle importancia.

¡Si llegó a sacarse un corán del bolso, maldita sea!

Simplemente no entendía una relación empeñada en cambiar a la otra persona hasta hacerla alejarse tanto de sí misma…

Y a raíz de todo aquello, lo que le preocupaba era que detrás de ese chico hubiese bastante más de lo que Sara creía.

—A quien le cuesta entender que no está haciendo las cosas bien es a ti. Te estás metiendo en terrenos pantanosos y pueden hacerte perder muchas cosas. Para empezar, tu trabajo. ¿Olvidas que es tu alumno?

—Era —aclaró Sara. Todo lo que quería era que le dieran argumentos de peso que refutar, y no naderías como aquella.

—Me da igual. ¡A ellos les importará una mierda el tiempo del verbo que utilices!

Te echarán. Yo lo haría. —Encendió otro cigarrillo con la esperanza de que aquello la tranquilizara.

No lo hizo—. Y tu padre y tu hijo, qué. ¿Ya no piensas en ellos?

A Mario no le gusta un pelo el tipo en cuestión, solo hay que ver cómo reacciona cada vez que se le nombra en su presencia, e Iván…

¿De verdad vas a permitir que se encariñe con alguien que puede desaparecer de la noche a la mañana?

—No lo hará.

—Sabes que sí… No te reconozco, Sara. —Lucía se la quedó mirando, sin poder controlar la rabia que irradiaban sus ojos—. Pero ¿es que no ves los telediarios?

—¿De qué me estás hablando ahora, de política internacional?

—¿No ves por lo que sale esa gente en las noticias?

— ¿Esa gente?

Lucía continuó, no parecía haberla oído siquiera.

—¿No ves lo que ocurre siempre a su alrededor?

¡Oh, ya sé lo que quieres! Creo que tengo justo lo que necesitas.

¿Quieres más datos? —Echó mano a su pequeño maletín de piel negra y sacó unos folios—.

Te los daré. Míralo tú misma. Esto es un estudio que puedes encontrar en cualquier portal de internet, a poco que busques.

Habla del islam y de lo que sucede cuando los musulmanes se asientan en los países.

Lucía comenzó a leer ante la estupefacta mirada de Sara, que no entendía qué hacían aquellos papeles en el bolso de su amiga.

—Atiende, guapa, a ver si abres los ojos: «La islamización comienza cuando se alcanza en un país un número suficiente de musulmanes como para poder comenzar campañas a favor de privilegios religiosos.

Cuando en las sociedades políticamente correctas, tolerante y culturalmente diversas, se aceptan las demandas de los musulmanes, algunos tienden también a infiltrarse en el resto de los aspectos de la vida cotidiana… ».

Ante los atónitos oídos de Sara, Lucía fue desgranando los datos de un estudio según el cual mientras la población musulmana permaneciera por debajo del dos por ciento de la de cualquier país, la población local la vería como una minoría amante de la paz y no como una amenaza —caso de Estados Unidos, Canadá o Italia—.

Si alcanzaba entre el dos y el cinco por ciento, los musulmanes, afirmaba el estudio, iniciarían el proselitismo entre otras minorías, con reclutamiento en cárceles y bandas callejeras —caso de Alemania, Reino Unido, Dinamarca y España—.

En el abanico del cinco por ciento, aumentan su presión en la sociedad y hacen lo imposible para introducir sus costumbres, como las amenazas para que los supermercados introduzcan alimentos halal, o exigencias al gobierno de turno para que les permitan regularse bajo su ley, la sharia, en sus propios guetos.

—¿Es que no ves lo que está pasando en Francia, en Holanda, Suiza, Suecia?

Y escucha esto: cuando superan el diez por ciento de la población, empiezan a quejarse de cómo los trata la sociedad por el hecho de ser musulmanes.

Para ellos, cualquier cosa ofende el islam.

¿No te acuerdas ya de las viñetas sobre Mahoma en Dinamarca, la quema de coches en París? No, veo que no debes de acordarte.

Siguió leyendo, pasando un folio tras otro, dato tras dato: cuando alcanzan el veinte por ciento, dijo, los países se pueden esperar cualquier insurrección, la formación de milicias yihadistas, asesinatos, quemas de iglesias.

Con un cuarenta, comienzan las masacres generalizadas como en Bosnia.

Con el sesenta, las persecuciones de los no creyentes.

—De los infieles, como nos llaman ellos —apuntó Lucía, que hablaba ahora de limpiezas étnicas, de genocidios, del establecimiento de la Jizya, el impuesto sobre todos los infieles, como en Albania, en Malasia, en Sudán.

Con más del ochenta por ciento de musulmanes impera la yihad violenta contra los no musulmanes, como en Egipto, Pakistán, Palestina, Marruecos, Irak, Irán—.

Y cuando la población musulmana alcance el total de la población, el cien por cien, Sara, eso marcará el inicio del Paraíso de Paz Islámico, la Paz de Dar-es-Salaam, con el Corán como única ley; las madrasas, las únicas escuelas…

, como en Afganistán, en Arabia Saudí, en Yemen, en Somalia.

Lucía terminó de leer la información y de mostrarle los gráficos y las estadísticas. Parecía hecha polvo, como si acabara de hacer un gran esfuerzo físico que le hubiese robado parte del aliento.

—Sara, no me invento nada. No soy una racista irracional.

A mí me dan lo mismo los negros, los amarillos, los rojos o los verdes.

¡Me dan igual! Pero los datos están ahí.

¡Mira la información, joder! ¡Abre los ojos!

De aquí a unos años nos tienen a todos mirando a La Meca, arrodillados uno detrás de otro, oliéndonos el culo y repitiendo sus consignas doctrinarias.

¿Eso es lo que quieres para ti, para Iván?

¿Es eso? Porque si eso es lo que deseas, enhorabuena, estás en el camino perfecto.

Al fin Sara fue capaz de recuperar la palabra, no podía dejar de alternar su mirada entre los papeles que Lucía había desperdigado por la mesa y los ojos inyectados en ira con los que la miraba.