Capítulo 8
Cuando Sara y Najib abrieron la puerta entornada de la pequeña vivienda e hicieron su aparición en el salón principal, la casa ya estaba llena de niños dispuestos a dar buena fe de la potencia de sus cuerdas vocales y de la excelente agilidad de sus cuerpos: no estarían quietos durante más de dos segundos aquella noche.
Llegaban tarde y, para entonces, los nervios habían logrado que el estómago de Sara se convirtiese en un diminuto ovillo de cuerda punzado en un pellizco.
No era un encuentro formal ni revestía mayor importancia de la que tiene la celebración de una fiesta de cumpleaños, pero se trataba del primer contacto con la familia y los amigos del hombre que había conseguido que sus planes de futuro fuesen más allá de la frontera de la escuela de idiomas en la que trabajaba y del cuidado sobreprotector que dispensaba a su hijo.
El reloj, aliado con un inoportuno embotellamiento en una de las radiales de la ciudad, les había jugado una mala pasada, pero a nadie pareció importunarle más que a ella y a su rígido código de buena educación, herencia paterna.
La mesa circular que ocupaba el centro de la habitación y sobre la que descansaba un fino mantel en encendidos tonos anaranjados aparecía colmada de fuentes rebosantes de dulces de aspecto empalagoso, cargados de frutos secos y miel, como si las reservas mundiales de estos alimentos se hubieran agotado después de su cuidada preparación, platos rebosantes de aperitivos varios de los que suelen enloquecer a los niños y desesperar a los padres, adornos a base de papel pintado, juguetes, bebidas burbujeantes, servilletas de dibujos a juego con los vasos y los platos…
Alguien se había esforzado concienzudamente para que no faltase detalle.
Sin duda alguna, aquello era obra de la misma persona que protagonizaba continuos viajes de la cocina al salón, mostrando una magistral habilidad a la hora de esquivar a los niños sin que nada de lo que portaba en las bandejas, que parecían flotar entre sus manos, sucumbiera a la ley de la gravedad.
Se trataba de Fátima, la madre del pequeño que cumplía años, la encargada de bregar con los chiquillos y, según le pareció a Sara, la única mujer que había en aquella fiesta.
Vestía una túnica larga de color blanco y cubría su cabeza con un elegante pañuelo de un tono rosa palo que no dejaba al descubierto salvo el óvalo facial.
Le resultó complejo calcular su edad, aunque se atrevió a aventurar que rondaba los cuarenta años, pese a su piel prematuramente ajada, ruda, quizá maltratada por el sol, posible responsable de las manchas y las señales que intentaba camuflar con la ayuda de un recargado maquillaje, que le confería aún más profundidad a una mirada felina encerrada en dos enormes y rasgados ojos negros, inquietos, incapaces de descansar más de un segundo en ningún punto.
Sus movimientos, casi atléticos, revelaban a una mujer ágil, trabajadora, rápida e impulsiva, poco dada a abandonarse al reposo.
En un rincón algo más alejado estaban los demás adultos de aquella reunión familiar, todos hombres.
Bebían té, enfrascados en una charla que, a tenor de su disposición alrededor de la mesa y de su manera de gesticular, los mantenía alborotados y a miles de kilómetros de aquella celebración.
Tan solo uno de ellos se dignó a levantarse para reprender a Fátima por la elección de unas galletas dispuestas sobre la mesa.
Musitó algo en árabe que Sara no alcanzó a comprender, pero, por la reacción de ella, parecía que llamaba su atención sobre la etiqueta de la caja antes de retirarlas de nuevo a la cocina:
—Llevaban manteca de cerdo —le explicó Najib, y sonrió tras encogerse de hombros. Sara no dijo nada, no quería meter la pata, aunque estaba claro que parte de la familia de Najib, al contrario que él, sí atendía a esos detalles.
Los niños —once en total, entre los tres y los siete años— permanecían ajenos a la preocupación de Fátima y al desinterés de los varones, y se afanaban en meterse en la boca cuanta más comida mejor y regarla con refrescantes burbujas de colores mientras daban vueltas alrededor de la mesa, jugaban al escondite o recorrían la casa persiguiéndose los unos a los otros.
Ninguno de ellos se había percatado aún de la presencia de los últimos invitados en llegar cuando Fátima corrió a la cocina para coger el teléfono, que insistía en sonar una y otra vez.
El monumental bullicio reconcentrado en la pequeña vivienda mantenía a Sara a la expectativa: observaba desde una imaginaria platea la escena que se representaba en aquella suerte de circo ambulante con varias pistas centrales.
Miró tímidamente a Najib en busca de algún tipo de explicación y un anhelado sosiego que pudiera reconfortarla; él lo consiguió con una enorme sonrisa y un fugaz guiño, y no le dio tiempo a añadir más.
Por la puerta de la cocina y como poseída por un batallón de demonios apareció Fátima, fuera de sí, desbordada por la emoción que le había producido la noticia que llegó por teléfono.
—¡Se ha casado! —gritaba—. ¡Se ha casado!
Mi hermano Mahmud se ha casado. ¡Alabado sea Alá!
Se ha casado por fin, Mustafá —decía dirigiéndose a su marido, que permanecía sentado junto a los otros hombres.
Todos celebraban la buena nueva como si Mahmud también fuera de su familia—.
Se ha casado, se ha casado… Mi hermano pequeño, mi ángel, se ha casado.
Mis padres, ¿cómo estarán mis padres? Tengo que llamarlos. ¡Su hijo se ha casado!
El espíritu festivo contagió a todos: los infantes no entendían mucho, pero habían encontrado la excusa perfecta para saltar, brincar y gritar por las esquinas sin que nadie recriminara su comportamiento; los hombres se besaban, se abrazaban, bebían té en medio de bendiciones y parecían haber olvidado la crispación que mostraban hacía unos instantes.
Por la puerta de la cocina y como si de una aparición divina se tratase, una mermada corte de mujeres, hasta aquel momento invisible, se dignó a asomar sus siluetas envueltas en el tradicional velo islámico manifestando también su regocijo.
En ese momento Fátima, aún como loca por la buena nueva e incapaz de controlar su alegría, detuvo su mirada en los recién llegados. Sus ojos se agrandaron aún más, si es que aquello era posible.
—¡Najib, estás aquí! Ven a celebrarlo conmigo. ¡Mi hermano se ha casado! ¡Lo ha hecho, lo ha hecho! ¡Mahmud se ha casado!… ¡Y todo gracias a ti! ¡Tenemos tanto por lo que alegrarnos!
Sara entendió que la noticia del casamiento de Mahmud había entusiasmado a todos por igual y no pudo menos que contagiarse del júbilo reinante que, en principio, le era completamente ajeno.
Dibujó una mueca de alegría en su rostro.
Siempre había tenido una sonrisa encantadora, que atrapaba todas las miradas.
Al menos en eso pensó cuando Fátima y el resto de los comensales aminoraron paulatinamente la celebración para observarla con detenimiento y, hubiera jurado, cierta desconfianza.
En un acto inconsciente, pero guiado por el temor de haberse equivocado a la hora de elegir su vestuario, se llevó la mano izquierda a uno de los tirantes que cruzaba su omóplato y se anudaba en su hombro.
Lamentó no haber cogido un chal o una chaqueta antes de salir de casa, tal y como había planeado en un primer momento.
Y aún le pesó más no haberse decantado por el color negro en vez de aquel vestidito suelto que tanto le gustaba.
El corazón empezó a galopar dentro de su pecho.
—¿Y quién es esta mujer, Najib? —preguntó Fátima fracasando en su intento de mitigar la emoción que le había provocado la noticia.
—Es una amiga mía. Se llama Sara. También ella se casará pronto, aunque todavía no lo sepa. Yo me encargaré de que así sea.
La afirmación dejó sin palabras a la aludida y sembró el mutismo en la otrora bulliciosa vivienda.
Sara sonrió al mismo tiempo que su rostro se teñía de un rubor bermellón, atrapado en un sofoco inesperado y delator.
En aquel momento no se preguntó por qué aquel supuesto anuncio de boda no había enfervorizado a los presentes tanto como la noticia del casamiento de Mahmud.
La ignorancia y la ausencia de malicia no permitieron entender el verdadero significado de aquellas palabras en un lenguaje ajeno al de ella, en el lenguaje del terror, el que hablan los seguidores de la yihad islámica.
Ahora era Sara quien estaba a años luz de lo que realmente había comenzado a fraguarse en aquella humilde vivienda del extrarradio de Madrid.