Capítulo 7 #4
—No quiero seguir con esto —dijo al tiempo que soltaba los utensilios que tenía entre manos para pelar y cortar las verduras—. No nos lleva a ningún sitio.
—Todo está en tus manos —anunció él, visiblemente más calmado y volviendo a su faena con la carne, que había abandonado por el acaloramiento de la discusión—. Tú sabrás lo que tienes que hacer.
—No me digas cómo debo vivir mi vida.
—No lo hago. Tan solo intento que la vivas.
Aquella misma noche había quedado con Najib.
Llevaba toda la semana esperando ese momento para entregarse a él, imaginando cómo sería esta vez, cómo responderían sus cuerpos, con qué la sorprendería…
Hacía la espera más llevadera con un café a media mañana que procuraba alargar todo lo que sus obligaciones le permitían, lo cual no dejaba mucho margen al esparcimiento.
Como siempre que encontraba un hueco para encontrarse con él, no se perdía en explicaciones sobre el destino de su salida, ni mucho menos sobre la compañía.
«Voy a salir». Era la escueta información que salía de su boca.
«¿Te encargas tú de Iván o llamo a la canguro?
Está advertida, por si tú no puedes. Le dije que seguramente la llamaría».
A no ser que Mario tuviera otro plan, una probabilidad que no se daba con demasiada frecuencia, quizá dos o tres veces al año, era él quien se quedaba en casa con el pequeño.
A media tarde recibió una llamada en su móvil.
Como era la hora de la siesta, lo había dejado en silencio.
Echada en el sofá, atendiendo a duras penas a una de esas películas basadas en hechos reales que solían poner en la televisión los fines de semana y que siempre le parecieron excesivamente dramáticas, vio alumbrarse la pantalla de su teléfono.
El nombre de Najib resplandecía entre aquel festival de luz.
Se levantó con sigilo, procurando no hacer ruido para no despertar a su padre, que dormía plácidamente en el sofá contiguo al suyo.
Agradeció que Iván estuviera acostumbrado a echarse la siesta en su cama, se dirigió a la cocina, entró en ella y cerró cuidadosamente tras de sí para minimizar el susurro.
—Ponte guapa. Nos vamos de fiesta. —La voz de Najib sonaba pizpireta al otro lado del teléfono—. ¿No querías conocer a los míos? Esta noche lo harás: nos vamos de cumpleaños. Y no te preocupes por el regalo, lo tengo todo controlado. ¿Quedamos en mi casa, como siempre?
El nuevo plan había conseguido desconcertarla.
¿Un cumpleaños? ¿De quién? No conocía a nadie, ¿cómo iban a reaccionar cuando la vieran aparecer?
Rogó al cielo que lo hicieran de una manera más comprensiva que como lo había hecho su padre o las cosas se les pondrían aún más cuesta arriba si lo que querían era presumir públicamente de su relación.
¿Les gustaría? ¿Sería lo que ellos habían imaginado para Najib?
¿Y si mostraban la misma aversión hacia los cristianos que su padre hacia los musulmanes?
¿Qué haría entonces? ¿Qué pasaría? Sabía que él guardaba un gran cariño hacia su familia, ¿cómo podría afectar todo aquello a su relación?
Algo más de lo que había dicho pasó a ocupar el primer plano de sus pensamientos.
¿Ponerse guapa? ¿Cuánto? ¿En qué sentido?
¿Debería arreglarse mucho o quizá eso echaría atrás a su familia? ¿Cómo acertar?
La tarde fue un verdadero desvelo que se encargó de mantener bien escondido pese a sus ojeadas coléricas a las agujas del reloj de pared, que parecían marcar las horas solo para ella, como si aquello le divirtiera.
La cabeza le estallaba. Conjeturaba en su mente vestidos, atuendos, colores, peinado, maquillaje, zapatos, bolsos.
Hasta se sorprendió ensayando gestos ante el espejo, imaginando el momento exacto en el que Najib la presentara a la familia.
La llamada había prendido una zozobra en su estómago que no acertaba a apagar; ni siquiera compartió con Iván la merienda a base de crema de cacao y pan de molde, como hacía casi todos los sábados.
«He comido demasiado. No tengo hambre», argumentó.
Faltaba solo media hora para que viniese el taxi que había solicitado por teléfono con tiempo suficiente para llegar sin problemas a la cita y todavía no tenía claro qué iba a ponerse; la indecisión le hacía cambiar de opinión cada dos segundos.
Se debatía nerviosa entre dos vestidos, uno negro palabra de honor que resaltaba aún más su belleza y su hermoso escote, aún bronceado por el sol de agosto, y otro suelto, más ligero, casi veraniego, de tonos rojizos, elegante y aun así algo más discreto.
Se debatía entre uno y otro, hasta que al fin se decidió.
«El rojo. Sin duda, el rojo. Y que pase lo que Dios quiera».
Cuando Najib la vio bajar del taxi, su cara se iluminó y le dedicó una enorme sonrisa. Se besaron, se intercambiaron cumplidos sobre su aspecto físico y subieron al coche de él, rumbo al cumpleaños.
«No estés nerviosa —se repetía ella—. No tienes por qué estarlo».