Capítulo 7 #3
—He vivido en muchas ciudades, Sara. He paseado por los barrios latinos de París y ya hemos hablado muchas veces de su arte multicultural, o de la tolerancia y el respeto que se respira en los barrios chinos, donde un hombre y una mujer o dos hombres y dos mujeres pueden departir sin problemas en la terraza de un café.
He estado en barrios negros del sur de África y he entrado en sus comercios, en sus teatros, en sus conciertos, en sus casas; he sido testigo de cómo las personas se hermanan y te aceptan en cuanto asomas el hocico, sea del color que sea…
Pero he intentado hacer lo mismo por los barrios musulmanes, más bien guetos, de muy diferentes países y no he sido capaz de encontrar nada de esa confraternización.
Solo figuras de hombres donde la mujer no tiene cabida, y si la tiene, es siempre bajo la bandera de la esclavitud o de la muerte, sin derechos, sin libertades, sin dignidad, siempre convertida en una sombra que nadie echará de menos cuando falte, ni siquiera sus propios hijos.
¿Es ahí donde quieres vivir? ¿Es ahí donde pretendes encontrar tu lugar en el mundo?
—Papá, por Dios, el islam es mucho más que toda esa imagen prefabricada que nos intentan vender unos pocos.
Tú deberías saberlo. Eres un hombre culto, con estudios.
¡Tienes el despacho repleto de títulos, premios y honores!
Puede que haya radicales, sería absurdo negarlo, pero la mayoría son moderados.
Como en todas las sociedades, como en todas las religiones.
¿Cuál va a ser tu próximo argumento?, ¿que si leemos la palabra «islam» al revés, obtenemos «malsi», que en realidad quiere decir…
? Señor… A ver, papá, ¿con qué me vas a sorprender ahora?
—Hablas de moderados… ¿Dónde están los musulmanes moderados?
¿De verdad crees que existen? ¿Dónde has visto tú las manifestaciones de repulsa y condena al terrorismo islámico en alguno de los países del arco que va desde Mauritania a Indonesia?
¿Dónde ves tú a los moderados? ¿Dónde? —El tono de Mario se iba crispando.
Aquel tema le mantenía en una tensión que no estaba seguro de saber y poder controlar.
—La veo en Najib.
—¡Oh!, la ves en él. ¡Cómo no! ¿En cuántos países musulmanes puedes encontrar una verdadera democracia, donde se permita la libertad de expresión, de movimiento, la igualdad, la homosexualidad?
—¡Vaya!, ahora resulta que te preocupa la homosexualidad, eso sí que es nuevo, padre.
—No me preocupa que la haya, pero sí que no permitan que así sea.
—Me sorprendes, papá. Y créeme si te digo que me estás asustando.
—¿Cómo es posible que te asusten mis palabras y no las suyas?
Deberías temerlas más a ellas y a los ideales que representan, y no a los que te han ayudado a crecer.
Solo hay que leer, que estudiar y prestar atención para darse cuenta de que es la única civilización que, lejos de evolucionar, ha vivido un retroceso en los últimos años.
—No comprendo cómo tanta lectura y tanto estudio te pueden haber llevado a esas conclusiones tan radicales e infundadas. Es patético. Pero ¿te estás escuchando? Te crees en posesión de la verdad absoluta.
—Estás muy equivocada si piensas eso, hija.
Son tus nuevos amigos quienes pretenden ser los únicos poseedores de la verdad.
Están convencidos de ello. Y el terrorismo islámico se basa en esa convicción, el mejor pasaporte para la barbarie.
Ellos y solo ellos están en posesión de la verdad y los demás, los cristianos, los judíos, los ortodoxos, en definitiva, los infieles, como ellos nos llaman, estamos equivocados y por tanto, condenados.
—Los ojos de Mario echaban chispas—. No te engañes, Sara, para ellos tú eres una infiel y punto.
Ese es su espíritu excluyente; ese, el nuevo fascismo de este siglo.
¿Es que no escuchas a sus líderes, a sus imanes, cuando dicen en sus sermones que la bandera negra del islam deberá ondear algún día en el número 10 de Downing Street?
Dicen que hay que derrotar a las democracias occidentales por sus sistemas corruptos.
El mismo argumento que el nazismo utilizaba mientras decía luchar contra la corrupta democracia liberal.
—¡Bravo, padre, bravo! Se te ha olvidado decir que ya está aquí el nuevo caballo de Troya y que nuestra mejor arma es el rosario y el amparo de la Virgen.
Siempre te ha gustado dramatizar, pero se te está yendo de las manos.
Se te olvida que una cosa es el islam y otra muy distinta es el fundamentalismo radical.
Pero ¿por qué estamos hablando de terrorismo cuando solo pretendo hablarte del amor que siento por Najib?
¿Qué locura es esta? No lo entiendo. Te juro que no lo entiendo.
Sara estaba al borde del llanto. No comprendía los argumentos de Mario, los encontraba vacíos, demagógicos, rozando la hipocresía y el fanatismo del que tanto abominaba.
Tenía la impresión de que el mundo se había vuelto loco y nadie la había incluido en sus planes de paranoia global.
Quería despertar de aquella pesadilla, la peor de todas, para reencontrarse con su padre verdadero y no con aquel al que no reconocía, perfilado a base de gruesos complejos y graves prejuicios.
Sentía la necesidad de acabar con toda aquella farsa que le mantenía la cabeza embotada y el cuerpo agarrotado.
Quería gritar, salir de sí misma, estallar de impotencia, y a punto estuvo de conseguirlo.
—Por Dios, papá, abre tu mente. ¡Hasta un niño de siete años vería la diferencia!
—Reza para que tu hijo no tenga que ver jamás esa diferencia de la que hablas.
O al menos ten la delicadeza de mantenerle al margen de los absurdos fanatismos de adultos.
—Era consciente del dolor que le había causado a su hija la mención del pequeño, pero creyó necesario hacerlo.
Él, al menos, lo necesitaba—. Reza para que Iván no tenga que vivir una intifada europea o una bomba atómica en nombre de Alá, porque entonces no sé cómo conseguirías explicárselo echando mano de tu discurso celestial.