Capítulo 5 #2
—Pruébalo —dijo él buscando la obediencia ciega e inmediata en Sara; tardó en conseguirla el tiempo que empleó ella en coger el tenedor y el cuchillo y hacerse con un trozo de aquella sabrosa carne.
—Exquisito. ¡Qué suave!
—¿Sabes qué es?
Se lo pensó.
—No sabría decirte… Me sabe igual que cualquier trozo de carne que cocino en casa, aunque en presencia de mi padre y de su delicioso guisado de ternera, negaré haberlo dicho. ¿A qué viene todo esto?, ¿dónde está el truco? —le preguntó mientras se metía un nuevo trozo de carne en la boca.
—Acabas de probar carne sacrificada por el rito musulmán.
Ante el anuncio de Najib y encasillado en la categoría de acto reflejo, Sara dejó de masticar. No sabía si lo que acababa de escuchar era bueno o malo y hasta que lograra descifrarlo, optó por dejar el tenedor a un lado. Najib sonreía al ver la duda en el gesto de Sara.
—¿Y eso en qué consiste? —le preguntó sin tragar aún.
—Antes de nada, se coloca al animal orientado a La Meca.
Después viene lo difícil, lo que hacen los expertos: ha de ser sacrificado de un solo tajo, que deje dos tercios del cuello con la cabeza y el otro tercio con el cuerpo.
Y de ahí, al horno, al baño de especias, a la cazuela, o donde determine el chef de la casa, en este caso, tu fiel servidor. ¿Qué te ha parecido?
Sara permanecía con la boca cerrada y los labios bien sellados, manteniendo ese último bocado entre el paladar y la lengua, sin atreverse a rozarlo siquiera más de lo estrictamente imprescindible.
Después de la lección gratuita sobre el sacrificio de una res por el rito musulmán, no sabía si devolverlo al plato, tragárselo sin pensar o ceder a la tentación de levantarse, caminar hasta el servicio, cerrar la puerta tras de sí y devolver todo lo necesario para borrar el rastro de la carne en su garganta hasta ser capaz de asimilar todo lo escuchado.
Sin saber muy bien el porqué de su reacción, optó por envolver la carne masticada en una servilleta de papel ante la divertida mirada de su cocinero.
—La próxima vez que veas una carnicería halal, acuérdate de este bocado.
—Halal… —repitió ella.
—Halal, sí: lo permitido según los preceptos de la ley islámica.
¿No querías que te enseñara cosas nuevas?
—le comentó Najib, que no podía ocultar lo que le divertía la escena—.
Si lo prefieres, puedes probar la harira , que es una especie de sopa instantánea.
Su preparación es menos traumática. Seguro que te sienta bien.
—Tú quieres matarme —dijo cuando finalmente consiguió deshacerse de la servilleta y del cuerpo del delito que escondió en ella—. Y sé por qué lo haces: en venganza por llevarte a comer al japonés de hace dos días. Deberías ser más abierto de mente, ¿no es eso lo que siempre me dices?
—Yo no guardé el sushi en una servilleta…
—Solo te dio por examinarlo como si estuvieras en un laboratorio diseccionando el cuerpo de una rana…
Los dos prometieron deshacerse del oráculo de prejuicios que amenazaran su convivencia, también los culinarios.
Como siempre, las risas, los arrumacos y las bromas desembocaron en el cuarto de Najib, sobre la gigantesca y mullida cama.
Era uno de los lugares donde mejor se entendían y donde sus sentidos no conocían barreras que entorpecieran su entendimiento.
Allí todas las sorpresas alcanzaban el agrado mutuo.
—Me dijiste que querías saber el significado de esas letras —dijo Najib aquella misma noche, los dos desnudos y abrazados bajo las sábanas. Señalaba la inscripción del enorme tapiz negro que presidía el lecho—: Son unas palabras del Profeta.
—¿De Mahoma? —Sara miraba ya hacia aquella enigmática leyenda trazada en una hermosa caligrafía árabe.
—Muhammad. Ese es su nombre, Muhammad, no Mahoma, como suele decir la gente.
Pues bien, él nos dejó dicho: «Dios nos ama cien veces más de lo que una madre ama a su bebé».
Eso es lo que pone ahí —dijo señalando el tapiz con un gesto de la barbilla—, son las palabras del hadiz del profeta Muhammad, las favoritas de mi padre.
Era algo que él repetía continuamente. Todavía hoy parece que lo estoy escuchando, con aquella voz suya, rasgada.
Siempre pensé que exageraba: creía que nadie podía querer tanto en la vida, que era algo imposible, un puñado de palabras bonitas que poder incluir en un libro.
Najib se incorporó sobre uno de sus codos y la miró a los ojos antes de seguir hablando.
—Pero gracias a ti me he dado cuenta de que sí se puede amar de esta manera… No sé si Dios nos querrá de ese modo, pero te puedo asegurar que yo he conseguido amarte así.
La capacidad de respuesta de Sara quedó anulada.
Le impresionó lo que acababa de escuchar, no solo por el significado que encerraba, que superaba todas sus expectativas sentimentales, sino por el tono que él había empleado.
Le impresionó contemplar el brillo en sus profundos ojos negros y se vio atrapada en la vehemencia con la que repitió aquella frase: «Dios nos ama cien veces más de lo que una madre ama a su bebé».
Pudo sentir su conmoción bajo la piel. Los dos se miraban presa de la emoción y ella solo pudo pensar que si aquel era el mensaje del Corán —si hablaba de amor, un amor insondable—, estaba dispuesta a leerlo entero.
Sara quedó hipnotizada, observándole, esperando, si acaso, algún tipo de reacción por su parte.
Solo acertó a musitar algo entre dientes:
—Te amo…
No hubo más lugar para la palabra. En el sentido más estricto y literal de la expresión bíblica —que tanta confusión le sembró siendo una mocosa, cuando la estudiaba en su libro de religión con apenas diez años sin captar el verdadero trasfondo de lo que leía—, aquella noche, más que ninguna otra, el Verbo se hizo carne.
Aunque a lo mejor ese no era el significado exacto de la expresión a la que se referían las monjas en el colegio…
Qué lejos quedaban aquellas turbaciones del alma cobijadas bajo la inocencia del cuerpo.
Algo similar ocurrió un par de días después.
Al principio le pareció irreverente proponerlo siquiera, le asustaba sembrar malentendidos, no estaba dispuesta a permitir que amenazaran lo que la vida le había puesto en su camino.
Pero fue él quien se erigió en maestro de ceremonias, quien concibió la situación, quien seguramente la ideó, aunque el porqué se le escapaba.
Tampoco le turbaba. Se limitaba a dejarse llevar, como casi siempre que de nuevas aventuras se hablaba en aquella relación.
Aunque el desencadenante salió de su boca:
—Najib, nunca te veo rezar. —La afirmación fue directa, sin preguntas—. No sé nada de tu religión, pero creía que el musulmán está obligado a cumplir con la oración cinco veces al día: al alba, al mediodía, a comienzos de la tarde, al crepúsculo y por la noche.
—¡Vaya! ¿Y con tanto ajetreo, cuándo tenemos tiempo para nuestro harén? —preguntó curioso sin poder esconder cierta sorpresa.
—No te burles de mí. Es solo una pregunta. Si no quieres, no me la contestes. —Sara pensó que quizá había conseguido incomodarle, se sintió culpable y de no ser por él, la vergüenza la hubiera hundido sin misericordia en el sofá, donde parecía dispuesta a echar raíces.
—Hablemos en serio —dijo sentándose junto a ella—. ¿Qué más has leído? Me interesa.
A Sara le costó romper a hablar. Dudó si responder sería lo más adecuado, si estaba entrando en terrenos pantanosos y rebasando la línea del buen gusto. Tuvo miedo de resultar una necia.
—No mucho. Que recitáis…, que recitan la Fátiha , que creo que es el primer capítulo del Corán, y también otras partes del libro sagrado, con diversas plegarias y gestos. Pero ya te digo que quizá no es asunto mío…
—¿Te apetece rezar conmigo? —preguntó serio aunque complaciente.
—No, no, no… No he debido preguntar. Estoy tonta, perdona.
—Los nervios comenzaban a apoderarse de su cuerpo y de su lengua—.
Mejor cambiamos de tema. Olvídalo. —Otra vez su curiosidad jugándole malas pasadas—.
Por si no lo has notado, que estoy segura de que sí, ya me vale con la vergüenza que estoy pasando solita.
En ese momento, y aún con el sabor de la taquicardia en la garganta, notó cómo Najib la tomaba del brazo y la alzaba delante de él, con la espalda de ella apoyada en su pecho.
Sara se dejó llevar, entregada a su destino, que no era otro que el de convertirse en una marioneta de trapo maniatada por finos hilos de los que, sin embargo, no podría zafarse.
—Ven, yo te enseñaré. Es un deber universal que tenemos todos, en especial los musulmanes: enseñar al que no sabe.
Najib fue acompañando de delicados movimientos sobre el cuerpo entregado de su pareja cada una de sus indicaciones, que comenzó a declamar en un tono tranquilo, con una inflexión sosegada, una pronunciación clara, abandonándolo en un deje tierno, y en cierto modo satisfecho de ser él el profesor que impartiera aquella clase.
—En la naturaleza hay tres reinos: el mineral, el vegetal y el animal.
Esos reinos simbolizan las posturas de la oración musulmana.
La montaña permanece siempre de pie, firme, al servicio de su Creador.
Por eso debemos comenzar el rezo de pie, inmóviles, como un mineral. Luego viene el reino animal.
Con suavidad, le indicó que cediera su posición erguida mediante una ligera inclinación hacia delante, que su cuerpo acató sin más.
—Todos los animales persisten inclinados, y esa será la segunda postura del orador: doblado, inclinado para glorificar a Dios, como lo hacen los animales. Y, por último, llegamos al reino vegetal.
Najib se hizo con el cuerpo de Sara, por entonces completamente abandonado al mandato de su voz y de sus manos, lo curvó, le ayudó a arrodillarse y a poner poco a poco su frente sobre el suelo.