Capítulo 5
Los días empezaron a menguar en horas y a crecer en intensidad.
El mundo de Najib se abría ante sus ojos y sus pupilas temían no ser capaces de abarcarlo todo.
Y necesitaba hacerlo. Lo deseaba. Quería sentirse más cerca de él, no solo en un plano físico —algo que cada día conseguían con mayor destreza—, sino también espiritual.
Deseaba que también él se sintiera cómodo.
No buscaba conceptos abstractos en la persona con la que cada día compartía más vida; solo quería alcanzar una mayor integración con él.
Además, algo en su interior le decía que podría llegar a enamorarse de aquel hombre.
Najib había llegado desde Marruecos hacía diez años, junto a su padre y su hermano menor, para construir su hogar y dar una oportunidad a un futuro por el que trabajar.
Su madre, según le contó, había muerto por complicaciones durante el parto de su hermano pequeño, Yaser.
Aun siendo musulmán, se comportaba como un chico normal, al que su religión no parecía alterarle ni un ápice sus gustos, sus costumbres, sus manías, sus decisiones ni su ritmo de trabajo, de comidas, sus idas y venidas.
A sus ojos y a los de cualquiera, de hecho, se alejaba bastante de los estrictos cánones culturales del islam venidos sobre la estructura social y estallaba en carcajadas cuando, al principio de empezar a salir, Sara se sorprendía al verle pedir al camarero una copa de licor después de las comidas, un gin-tonic después de cenar o se alegraba el café de media mañana con una lágrima de anís o de whisky.
O cuando era él quien insistía en acudir a una discoteca, o sacaba un paquete de cigarrillos y se colocaba uno entre los labios, o no se paraba a realizar las reglamentadas cinco oraciones diarias que dictaba el Corán.
—Cariño, soy una persona normal. Además, no todos los musulmanes somos iguales.
Cada uno vive esa creencia religiosa como cree oportuno.
¡No me mires así!, tú eres una persona inteligente, bien preparada.
Puedo entender que a ellos —decía señalando al resto de la gente— los hayan engañado durante muchos años, ¡siglos!
, si te descuidas. Pero ¿a ti? A ti no, amor mío.
Tenéis que abrir la mente. Los musulmanes del siglo XXI no vamos por la vida con un turbante en la cabeza y largas barbas, bebiendo té a todas horas y rezando por las esquinas.
Aunque sobre las mujeres… ¿te había dicho ya que solemos tener tres o cuatro?
—Utilizaba su mejor tono sarcástico, el más logrado.
Ella le golpeaba en el brazo, sonriente—.
No te preocupes, tú siempre serás la primera…
Y Sara no tenía por qué dudar de su palabra: sabía que le gustaba jugar a las cartas, comía carne aunque prefería el pescado, perdía la cabeza cada vez que ella estaba entre sus brazos y se apasionaba ante un partido de fútbol —«Aunque aquí en la capital no tengo nada fácil defender mis colores, porque son más blaugranas que blancos», sonreía a sabiendas de la tradición madridista de la familia de ella, en especial de Mario—.
No había tantas cosas que los diferenciasen.
—Mírame —le decía—, me conoces… Y espero que no tardes en darte cuenta de que somos el uno para el otro, al margen del dios al que recemos.
«A cada uno de vosotros, judíos, cristianos, musulmanes, le hemos asignado una ley y un modo de vida distintos.
Y si Dios hubiera querido, ciertamente, os habría hecho una sola comunidad: pero lo dispuso así para probaros en lo que os ha dado.
¡Competid, pues, unos con otros en hacer buenas obras», Corán 5:48. —Sara escuchaba boquiabierta.
Después de esta y otras pequeñas reprimendas similares siempre surgidas a raíz de un comentario sobre su condición religiosa, Sara sentía que sus prejuicios eran tan absurdos como trasnochados, y no pasó mucho antes de dejar de preocuparse por esos aspectos heredados de la sabiduría popular y que le habían jugado alguna que otra mala pasada.
Se sintió estúpida por los temores viciados que la atormentaron durante los primeros días de relación, y a punto estuvieron de dar al traste con aquello, cimentados en miedos manufacturados a miles de kilómetros de su corazón.
Se calificó de ignorante, infantil y necia, arremetió sin piedad contra aquella ceguera que no le permitía ver más que un aspecto de las cosas, el más sencillo por cercanía, el más cómodo por una cultura impartida e impostada.
Y se rio de sus fobias y de sus recelos.
Comprendió que Najib, de nuevo, tenía razón: era una persona normal.
Justo lo que había buscado toda su vida.
Y dio gracias por ello a dios, cualquiera que este fuese.
Durante los meses de verano, la escuela de idiomas reducía las jornadas lectivas para facilitar a los alumnos una concienzuda preparación de los exámenes, y aquello le daba licencia para disponer de más tiempo libre.
Durante aquel mes de julio redujo sus horas de tutoría casi a la mitad, y Pedro no pudo dejar de advertirlo.
—¿Qué pasa contigo? Ya no te luces por aquí como antes…
—Sonreía, no quiso decirle que últimamente la notaba algo más distante, ausente, más apurada de lo normal, aunque más guapa que nunca y con una luz especial que irradiaba de su cuerpo—.
¿Va todo bien? Echo de menos nuestras galletas bañadas de chocolate de media tarde.
—No pasa nada, Pedro, no te preocupes —le contestaba.
En el fondo le daba pena aquel hombre que tanto se preocupaba por ella.
Desde que había fallecido su madre, su bajón anímico había sido considerable y su único entretenimiento para intentar mitigar el dolor de la pérdida era la escuela—.
Me concentro mejor en casa para corregir los exámenes y, de paso, preparar los nuevos.
Sin Iván y sin mi padre, el piso es un remanso de paz.
Me evito las dos horas de desplazamiento entre que voy y vengo…
por no decirte los paseos que te ahorro a ti si algún imprevisto de última hora me revienta el horario de mi transporte público.
Además, mira cómo está la escuela…, ¡si casi no vienen alumnos a la tutoría!
¿Y profesores? ¿A cuántos ves tú en sus sitios desde que han empezado los exámenes y este calor imposible?
—Tú, yo, y para de contar.
—Pues eso, Pedrito. Si es que parecemos los de la funeraria, aquí, perennes, por si nos necesitan.
¿Y sabes qué? Que no hace falta. Definitivamente, me cunde más en casa.
Como a ellos. —Sara alargó su mano derecha para acariciar la mejilla de su colega—.
Ya vendrá el invierno y también tiempos mejores. Para todos. Confía en mí.
—A ti lo que te pasa es que estás enamorada —la retaba él con la esperanza de que soltara prenda, aunque supusiera otro mazazo interno y secreto para su debilitado estado de ánimo—. Algo te traes entre manos, muchachita. A mí no me engañas.
—No digas tonterías. Sabes que cuando ocurra, serás el primero en saberlo. Bueno… —añadía tras pensarlo unos instantes—, el segundo.
Odiaba tener que engañarle, tanto como observar la tristeza que anidaba en sus ojos color miel, los mismos que un día habían sido terreno de perdición de alumnas y profesoras.
Pero lo entendía como una mentira piadosa que les ahorraría a todos muchos quebraderos de cabeza, sobre todo a Pedro.
Prefería no decir una palabra de su relación con Najib.
Una cosa eran sus elucubraciones internas, alimentadas en conversaciones retóricas donde siempre salía victoriosa, y otra muy distinta el mundo exterior, la selva que la esperaba repleta de víboras y especies destructoras dispuestas a disertar sobre un manjar apetitoso —su relación sentimental— sobre el que se abalanzarían, prestas a descuartizarlo sin más.
Tampoco le veía el sentido a ir dando explicaciones sobre su vida privada que a nadie tenía por qué interesar, igual que a ella no le incumbía la de los demás.
Sería el tiempo, como casi siempre, el encargado de normalizar las cosas.
Sin duda la mejor receta, optimizada con el paso de los siglos.
Cada día le gustaba más implicarse en el mundo de Najib.
Aquel mes de julio le estaba descubriendo un universo de sentidos, emociones y experiencias.
Cualquier acontecimiento que él le propusiera —encaminado, como ella le pidió, a conocerle mejor— la colmaba de expectación y participaba de ello como si de una aventura se tratase, aunque no todas se saldasen con el mismo resultado positivo.
Quizá pecó de confiada porque no tardó en ver que a Najib le encantaba enredar con ella y someterla a todo tipo de juegos.
Un día a la hora del almuerzo, le propuso cancelar la reserva que tenían en un restaurante italiano próximo a la casa de él donde ya habían ido a comer en alguna ocasión: en Don Luca, un siciliano sencillo y muy acogedor con las mesas envueltas en manteles de cuadrados verdes y blancos, preparaban la burrata más deliciosa, las mejores lonchas de auténtica bondiola que Sara podía devorar hasta el empacho y que Najib no tomaba —no porque fuera de cerdo, decía, sino porque su encendido color rojo ya le hacía torcer el gesto—.
Nada de Don Luca aquella noche, le dijo; cenarían en casa de él.
Le habló de descubrir un nuevo sabor y ella aceptó el reto de buen grado, sobre todo porque su estómago llevaba horas rugiendo por algo comestible.
Todo estaba preparado cuando llegó a la casa en la que pasaba más horas que en la suya propia desde que su padre y su hijo partieron a disfrutar de la primera parte de sus vacaciones.
Sobre la mesa aguardaba ya una fuente que desprendía un olor aromático, quizá condimentado en exceso, que realmente alimentaba los sentidos.