La infiel Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

—A través de las raíces, incrustadas y amarradas en la tierra, las plantas se alimentan y sobreviven.

Esa es la tercera postura del rezo musulmán: postergándose ante Dios, nos humillamos ante él.

Así, como si estuvieras haciendo una genuflexión, pon la frente sobre el suelo, en la tierra, y mantén la postura de la prosternación ante el Creador.

De esta manera, purificarás tu corazón y huirás de las tentaciones humanas.

Estarás en paz contigo y con el Creador.

«Ha sometido al sol y a la luna a una perpetua revolución», Corán 14:33.

A Sara le encantaba escucharle pronunciar frases extraídas del libro sagrado. Esperó unos segundos hasta que los brazos de Najib la levantaron del suelo. La miró con ternura, casi rozando la devoción, antes de dar una última indicación a su alumna:

—Una cosa más. Para comenzar el rezo, el orador debe decir: solo Dios es grande.

«Y el trueno canta la pureza de Dios por su alabanza y también los ángeles», Corán 13:13.

—Calló unos segundos, sabiendo que nada iba a romper aquel silencio casi sagrado—.

¿Te ha gustado? Te lo he explicado lo mejor que he podido, como hizo mi padre conmigo.

Todo concuerda. Todo encaja. Está escrito: «¿No has visto que en verdad cantan la pureza de Dios todos aquellos que están en los cielos y en la tierra, y también los pájaros con sus bandadas?

Cada uno, en verdad, ha aprendido su oficio de oración y su canto», Corán 24:33.

No podía negar que estaba desbordada por la lección y por la facilidad de aquel hombre para recordar fragmentos del libro sagrado. No se atrevió a pestañear siquiera; envuelta en aquel miedo respetuoso, se limitó a darle las gracias.

—Sssh. —El sonido escapó de sus labios mientras posaba su dedo índice sobre la boca, aún temblorosa, de Sara—.

Todavía no hemos terminado, hay algo que debe abrir cada rezo, algo que no hemos hecho…

—La besó ligeramente en los labios, consciente de dejarla hambrienta—.

Pero hay solución, siempre la hay. Siguiendo las directrices de la oración ritual, azalá , tendríamos que haber comenzado con el requisito de la limpieza: elegir un lugar limpio, puro, donde lavarse el cuerpo antes de entregarse a la oración: «Y que del cielo he hecho descender el agua sobre vosotros para que os purifiquéis con ella», Corán 8:11.

Lavarse con agua significa arrepentirse de tus pecados.

La purificación. Y para eso se debe lavar toda parte del cuerpo capaz de cometer pecado.

Y no hay que olvidar que somos pecadores.

Sara observó cómo una de las manos de Najib interrumpía el diminuto cauce del agua de la pequeña fuente, hecha a base de piedrecitas negras y grises, que descansaba sobre la cómoda de seis cajones de su habitación.

—Primero las partes del cuerpo que están a la vista de todos: con la boca se come y se habla.

—Posó sus dedos largos y esbeltos, mojados tímidamente de agua, sobre los labios de ella—.

Con las manos se pega, se roba, se escribe, se mata.

—Volvió a repetir la operación, esta vez humedeciendo sus manos y siguiendo con el resto de su anatomía según iba enumerándola—.

Con los brazos se lucha, se agarra, se para.

Con los pies se camina por el sendero del pecado, se corre por él.

Con la nariz se olfatea, se huele, se curiosea.

Con el rostro se abusa del poder. Con los ojos se mira, se espía, se desea.

Con la cabeza se piensa, se medita, se especula. Con las orejas se escucha el pecado…

Su voz y sus manos se detuvieron a un mismo tiempo, eficaz diapasón del ritmo cardiaco de su aprendiz.

—Ahora bien, es en las partes no expuestas donde anida el pecado carnal.

Najib la tomó de la muñeca y la condujo hasta el aseo.

No dejaron de mirarse ni un solo instante, ni siquiera cuando ambos se colocaron bajo la ducha y él giró uno de los grifos, cubriéndolos de inmediato un velo transparente.

El agua se lo llevó todo menos la sensación de plenitud y admiración en la que había quedado la alumna.

Aquella noche no hubo lugar para más teoría.

Llevaba días con la desazón que engendran las tinieblas de la duda y aquello comenzaba a herirla por dentro.

Necesitaba preguntárselo, saciar su incertidumbre, inocente, pero presta en la carrera de convertirse en letal.

Cada vez que intentaba abrir la boca y devolver el embrión que paría su insaciable curiosidad, una fuerza extraña y completamente inoportuna demolía la voluntad acumulada y tiraba de ella, como si quisiera detener el derrumbe que seguiría en el hipotético caso de que sus verdaderas intenciones se manifestaran sin trabas.

Después de la experiencia seudoacadémica sobre el rezo musulmán, se debatía al respecto de indagar o no sobre algo tan aparentemente frívolo como el círculo familiar y las amistades de la persona a la que no se cansaba de descifrar y cuyo mundo no cesaba de deshojar.

—Pero ¿dónde están? ¿Nunca quedas con ellos? ¿Cómo es que no me los has presentado?

Siempre le ocurría igual. Primero lanzaba sin más el arsenal de preguntas y luego deseaba que se la tragase la tierra.

Su obsesiva fiscalización de la realidad era una debilidad, un defecto o una cualidad, según quien lo observara, que la superaba en todos los sentidos. Simplemente, escapaba a su control.

—¿Te avergüenzas de mí y por eso no quieres que los conozca? No creas, podría entenderlo —insinuaba con un alto grado de falsedad en su intención.

—¿Quién te ha hecho tan curiosa? —exclamaba sonriente Najib, que en cada giro de preguntas de su novia, expresión que le encantaba utilizar para regocijo de Sara, veía una puerta abierta a otra de sus grandes interpretaciones, en las que disfrutaba tanto o más que ella—.

Ese fisgoneo puede resultar peligroso o protector; puede ponerte en la cuerda floja o tejer la red bajo tus pies que amortigüe tu caída. Me gusta. Te hace más irresistible.

Sara sonreía, aunque sabía que no debía abusar. La confianza no era tan buena consejera como pregonaban algunos crédulos.

—Tienes razón —continuó pensativo—. No los veo mucho, pero es que ahora has aparecido tú. Lo cierto es que, por una serie de motivos, a ellos les ha costado más integrarse. No, no, no… Respira.

Najib alzó la mano y frenó con un gesto firme una nueva pregunta cuando aún no le había dado oportunidad de contestar a la anterior.

—¿Recuerdas hace unos días?, ¿cuándo me preguntaste si yo rezaba?

—Sonrió al interpretar el rubor en el semblante de ella—.

Antes solíamos coincidir en la mezquita: todos los viernes acudíamos allí y, bueno, yo sigo yendo, sobre todo en invierno, para dar clase de cultura islámica y de árabe a los más pequeños, aunque eso es distinto.

Lo que pasa es que ahora no acudo tanto como ellos.

Para disgusto de mi padre, no resulté el hijo perfecto, el que hubiera seguido sus pasos, su incondicional entrega, su acérrima condición de musulmán…

No todos somos iguales, no todos seguimos el mismo camino.

Cada uno interpreta su misión en la tierra de una manera y la mía nunca fue la oración.

Y eso el Creador lo sabe. Y como sabio que fue, lo dejó escrito para que todos pudiéramos leerlo y seguir sin más nuestro camino, por muchas piedras que algunos intenten colocarnos con el único propósito de desviarnos de él.

¿Sabes la parábola que contaban los místicos musulmanes?

Presta atención porque sé que estos relatos te gustan.

Carraspeó un par de veces, sabedor de que ya se había ganado el interés de su única audiencia, y al poco su voz la zambullía en la historia de una pequeña aldea en la que un día, de pronto, apareció un enorme y manso elefante.

La gente se congregó a su alrededor, también un grupo de ciegos que vivía en aquella aldea y que, al igual que el resto, estaba deseando saber más sobre aquella bestia.

Al final, decidieron permitir que los cuatro ciegos se acercaran allí donde oían el ruido, y extrajeran sus propias conclusiones sin más herramienta que el tacto: acordaron que cada uno de los invidentes lo tocase para hacerse una idea del animal, y así lo hicieron.

Uno le tocó una pata y exclamó: «El elefante es como una columna recta, alta, firme, poderosa».

Un segundo le acarició la trompa: «Te confundes, el elefante es como un pilar curvado».

Un tercero tentó uno de los colmillos. «Os equivocáis ambos, es como una piedra pulida».

Y el cuarto palpaba ya la oreja del paquidermo y afirmaba convencido: «Nada de eso, esta bestia es como un ala extendida».

Y ninguno mentía, aunque tampoco nadie pudo dar fe de cómo era, en verdad, un elefante.

—Ahora sustituye a Dios por el elefante y a los ciegos por los hombres —le dijo Najib, y aguardó un segundo antes de continuar hablando—: Cada uno llega a él de una manera, lo percibe de forma distinta, pero lo siente, que es lo importante.

Cada uno lo alcanza a través de parámetros diferentes, evoca unas conclusiones y todas son correctas.

Y ahí entramos todos, con nuestras diferencias, nuestros caminos y nuestros atajos personalizados.

«A cada uno de vosotros le hemos señalado una vía y un camino; si Dios hubiera querido, en verdad, habría hecho de vosotros una sola comunidad.

Pero no. Para probaros en lo que os da, rivalizad en las buenas obras; hacia Dios es el regreso para todos, luego Él os informará de aquello en lo que divergíais», Corán 5:48.

Sara le observaba en silencio, una vez más sorprendida por sus palabras y los mundos que abría ante ella.

—No somos tan distintos. ¿Cómo decís vosotros? ¡Ah, sí!: todos los caminos conducen a Roma.