La infiel 3
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En apenas unos segundos la imagen de Ranya desapareció, como si aquel mosaico de vida que se desplegaba a su alrededor la hubiese engullido, y un temor hasta entonces inexplorado hizo presa en Sara.

Igual que una orquesta perfectamente afinada y compenetrada, su cuerpo empezó a ponerse en movimiento: una asfixia incontrolable le recorrió el esternón; fuertes palpitaciones provocaban impetuosas un eco brusco y atronador dentro de su pecho, rompiendo las barreras de su corazón; los temblores la conquistaron; las punzadas se abrían paso en sus sienes y su estómago giraba mientras ella intentaba permanecer quieta.

Quería correr, pero ¿hacia dónde?, ¿en qué dirección?

, ¿adónde huir? Todas las preguntas cesaron cuando notó la presión en su mano derecha.

Estaba agarrotada, con los puños crispados, los dedos apretados con fuerza en torno a…

¿qué? Al abrirlos vio el detonador, que descansaba sobre la palma de su mano.

Sin pensarlo, lo arrojó lejos de ella mientras retrocedía sobre sus pasos, girando su cuerpo sobre sí misma como si se sintiera vigilada y custodiada, ahora sí, por un ejército de cien mil ojos.

Quería alejarse de aquel metro cuadrado de terreno en el que se encontraba, pero el miedo a que alguien detonara su cinturón de explosivos a través del móvil se lo impedía.

En cualquier momento podía estallar por los aires, romperse en mil pedazos, y ahí acabaría todo.

Y no estaba preparada. No podía afrontarlo.

Ni siquiera tuvo valor para pensar en su hijo y en el futuro que le esperaba si ella desistía de su destino.

De pronto escuchó un grito desgarrador que enmudeció la estridente algarabía que presidía la plaza.

— Allahu Akbar! Allahu Akbar !

Era Ranya, gritando al aire la grandeza de Alá.

Logró verla durante una milésima de segundo, el fugaz instante en el que las personas que se encontraban a su alrededor pudieron retroceder un palmo con la esperanza de alejarse de ella.

Por un momento hubo esperanza, al ver que la joven apretaba una y otra vez el botón de su detonador sin conseguir el efecto deseado.

Pero no pudo ser. La ilusión se volatizó para todos, excepto para la niña suicida.

Una fuerte explosión devoró aquel lugar en la tierra y resquebrajó el cielo.

La línea que dividía ambos quedó borrada, abrasada.

El vacío campó en la tierra y el mundo se desmembró en medio de una lluvia de piedras, fuego, proyectiles, sangre y restos humanos.

El reino de la nada tomó el poder. Nada existía ya.

Los sentidos quedaron anulados y era imposible ver, oír…

Alguien había apretado un botón y el mundo se había apagado.

Silencio. Silencio absoluto. Todo había sucumbido a un silencio gris.

Poco a poco empezaron a brotar leves silbidos, tímidos aullidos lejanos, alaridos de dolor casi imperceptibles que fueron mudando en gritos aterradores que anunciaban muerte, sangre, desolación y la desesperación más espantosa.

Un coro afónico de voces bramaba para hacerse oír, demandando ayuda. Estaban allí y necesitaban ser vistos.

Una luz cegadora actuó de palanca invisible sobre los párpados de Sara y la forzó a abrir sus ojos despacio, aún acunada en un estado de semiinconsciencia.

Sus oídos atraparon sonidos dispersos en el universo recién nacido: una sirena acercándose a lo lejos y engullendo a dentelladas la distancia que la separaba del horror; alarmas de los coches revolucionadas y orgullosas porque el infierno desatado segundos antes no había podido con ellas; llantos de hombres, de madres mutiladas en busca de sus hijos, de niños cubiertos de hollín; unos que se levantaban y miraban sin ver; otros que veían sin querer mirar; siluetas que se abrazaban, que deambulaban en círculos, que se levantaban y caían.

Intentó incorporarse lentamente, pero su cuerpo se negaba a obedecer sus órdenes.

En la complicada y lenta maniobra se dio cuenta de que todavía llevaba el cinturón de explosivos.

Lo tocó. La fuerza de la detonación la había dejado semidesnuda, la había despojado del niqab y llevaba el pecho al descubierto.

Las personas que aún estaban a su alrededor comenzaron a gritar, a señalarla, a dibujar un círculo imaginario que solo la contuviera a ella, donde poder abandonarla para que su presencia no amenazara más.

De nuevo el caos, el griterío ensordecedor.

Sus fuerzas cedieron y su cuerpo volvió a golpear contra el suelo.

Sintió un calor subversivo que le cegaba la visión y le robaba el aliento.

El desmayo la devolvía lánguidamente a una realidad ya vivida, rescatada como por ensalmo del olvido prematuro que envuelve los recuerdos, y llevándola consigo a un escenario diferente…

Necesitaba distancia, anclarse a aquel recuerdo y rememorar el momento exacto en el que había comenzado a tomar vida aquella pesadilla envuelta en fuego y gritos.

Un griterío ensordecedor que enmudecía sus sentidos y que la condenaba al ostracismo.

Sintió cómo una bola de calor la quemaba por dentro y moría en sus labios.