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Najib le dio un beso en los labios que Sara no pudo esquivar y que logró amargarle el dulce sabor del té que había tomado poco antes. No se atrevió a moverse. Tampoco podía.
El sonido estridente de un teléfono móvil le devolvió la respiración.
Por un momento llegó a temer que la pesadilla hubiera comenzado sin previo aviso y miró a su alrededor para comprobar si los dos cinturones explosivos continuaban en su sitio y sin detonar.
No supo si se alegraba de que así fuera.
Mientras la cubrían con un niqab negro que le llegaba hasta los pies y le concedía tan solo el sentido de la vista, dejando al descubierto sus ojos inyectados en miedo, alguien le introdujo un Corán en uno de sus bolsillos y un pasaporte en el otro.
Era el suyo, el que hacía tanto tiempo que no veía.
—La embriaguez de la muerte hace surgir la verdad —le dijo Najib.
Había llegado la hora.
Las calles estaban abarrotadas. Era sábado, hacía semanas que reinaba el buen tiempo y sin duda aquello animaba a la gente a salir de sus casas para disfrutar de una apacible jornada.
Lo tenían que hacer a primera hora, ya que el sol castigaría demasiado fuerte conforme la mañana fuese avanzando.
A ambos lados de la avenida, niños, mujeres, hombres, familias enteras se arremolinaban en improvisados puestos ambulantes que ocupaban gran parte de la calzada y entorpecían el deambular de personas y el tráfico, que a esa hora ya era abundante.
El calor convertía el cuerpo de Sara en un desbordado riachuelo de sudor sin más escape que los tímidos pliegues del niqab que desnudaban su mirada.
Cualquiera que desconociese lo que aquel cuerpo escondía bajo la holgada túnica podría pensar que aquella mujer lloraba ríos enteros.
Agradeció no haber seguido las indicaciones que Ranya le había dado nada más verla aquella mañana: «Maquíllate los ojos, recarga las sombras, el rímel, exagera el kohl, que te vean arreglada y guapa, que se fijen en tu rostro y no en tu cuerpo.
Así sospecharán menos si te cruzas con algún policía».
De haberlo hecho, su cara se habría convertido en un lienzo repleto de chorretones negros sin control, la viva imagen de un zombi .
Entendió por qué ella llevaba un severo niqab y su compañera de martirio, una abaya doble que dejaba todo su rostro al descubierto.
Ranya lucía hermosa, perfectamente maquillada.
Se mostraba sonriente, nada la atemorizaba.
Si ella se hubiera dejado el rostro desenmascarado, su semblante de terror no habría pasado inadvertido a los ojos de nadie. Estaba todo pensado.
Sintió que su corazón estaba a punto de estallar estrangulado por la tensión y los nervios, pero aún tendría que esperar unos minutos, recorrer unos metros más para la gran explosión.
El cinturón de explosivos la apretaba, tenía la sensación de que le impedía respirar, aunque la falta de aliento provenía en mayor medida de su desasosiego interior.
Por momentos notaba picores, pequeños pellizcos y hasta hubiese jurado que alguna leve descarga.
—No lo toques, podrían sospechar. O aún peor, hacernos volar antes de tiempo. —La indicación la escuchó a su espalda. Sin girar su cuerpo, por miedo más que por imposibilidad física, no dudó en contestar sin esperar a que desapareciera aquella sombra que le hablaba.
—Necesito ir al servicio. No aguanto más. No me encuentro bien.
Alguien amarró su brazo con fuerza y la zarandeó sin apenas moverla del sitio. Era el hombre encargado de seguirla y vigilarla, el mismo que portaba el teléfono móvil que, ante la mínima duda, actuaría como detonador.
—Pero ¿qué crees que estás haciendo? ¿Turismo? —Jamás pensó que el odio podría salir a borbotones de la mirada de una persona, pero en aquel instante pudo verlo y sentirlo a milímetros de su aliento—. Háztelo encima. Nadie lo notará.
Le bastó un vistazo en derredor para saber que era cierto; nadie la miraba, ni una sola persona había reparado en ella.
Como la habían aleccionado, se había convertido en invisible, en un bulto nada sospechoso, en un espectro en movimiento en el que nadie reparaba.
Su reducida visión, limitada a ocho centímetros de tela, le permitió advertir que llegaban a una plaza algo más grande en la que desembocaba la avenida que acababan de abandonar.
No vio a nadie conocido. Ninguna de las sombras que la acompañaban desde que salió del piso se hallaba en el diámetro que su enfoque torpemente abarcaba.
Tan solo Ranya apareció a su lado, la rozó apenas y le regaló una sonrisa que se le antojó gélida.
—Nos volveremos a encontrar en los cielos. Alá sea contigo.
Sara contempló nerviosa cómo la silueta de Ranya se iba alejando, adentrándose como un fantasma entre la multitud, desprovista de alma e interés para el resto, entre el barullo de la gente, los puestos de ropa preñados de telas de vivos colores, los quioscos de comida, de viejos utensilios de cocina, de electrodomésticos usados, los coches que circulaban casi al paso, los gritos, el fuerte olor de las especias…