La infiel MAHATMA GANDHI
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La infiel

La infiel

Por Reyes Monforte

© inepub.com

MAHATMA GANDHI

—Estoy preparada para morir.

El espejo ante el que se observaba orgullosa y más feliz que nunca devolvía una imagen dantesca de aquel cuerpo menudo, casi infantil a sus catorce años, que segundos antes se despedía de su madre al otro lado del teléfono móvil de última generación.

«Me voy al paraíso, mamá. Todo está en manos de Alá. Reza por mí».

Su escasa estatura —no más de un metro y cuarenta y cinco centímetros— había quedado embutida en un extravagante y rudimentario cinturón de explosivos que le envolvía el pecho y la aprisionaba con violencia, como si aquella funda negra que cubría su cuerpo a modo de lápida conociera su futuro inmediato.

El hombre que la había ayudado a vestirse para el gran día tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para que aquel precario enramado de cables rojos, plásticos, metales, cinta adhesiva, gomas y explosivos no quedara excesivamente holgado sobre el abdomen de la muchacha.

Con toda probabilidad era la primera vez que aquella muchacha de piel clara se dejaba tocar por las manos de un hombre; en todo caso, sería la última. Pero eso no importunaba a Ranya.

Era huérfana de padre y de nueve de sus doce hermanos desde que una patrulla de la policía iraquí junto a un destacamento de soldados norteamericanos asaltó su casa al amanecer, en pleno Ramadán.

El primero en morir de un disparo certero en la cabeza fue su hermano mayor, su preferido, al que, además de respetar, amaba y veneraba como si de un dios se tratara, aun cuando fuese el responsable de esposarla con un hombre treinta años mayor que la sometería a un régimen de palizas diarias.

Su asesinato frustró el matrimonio. Ranya lloró días enteros por no haber encontrado la muerte junto a él, rabió por no haber abrazado el mismo destino.

Fue él, reconocido muyahidín como el resto de sus hermanos, quien la inició en el sagrado arte de la fabricación de explosivos.

De su mano de convencido islamista radical, acudió por primera vez al mercado de la ciudad donde se abastecían de cables, piezas metálicas, materiales y sustancias con las que más tarde fabricarían las bombas que ella misma ensamblaba.

«Lo hacemos para gloria de Dios. Es nuestra obligación y nuestro deber como buenos musulmanes.

La yihad es nuestro camino y sagrado destino.

Nunca lo olvides, hermana». No lo haría.

Aquella calurosa mañana de finales de agosto, con la mirada aún fija en el espejo, Ranya pensaba en que su hermano estaría orgulloso de ella.

Y eso bastaba. Morir matando le confería el privilegio de sentirse especial, distinta, y en cierto modo, superior al resto de las mujeres que conocía, a las que se les negaba el derecho a elegir cómo vivir su vida.

Por esa razón sonreía con la sola visión de estar letalmente abrazada por kilos de explosivos.

Al otro extremo de la mugrienta habitación convertida en antesala del infierno, Sara observaba la sonrisa en los labios de Ranya, y esa mueca le helaba la sangre.

No podía calcular cuánto tiempo llevaba en aquel lugar, pero sin duda era demasiado.

Su cabeza parecía flotar y elevarse tres metros por encima de ella.

Solo su cuerpo, pesado, rígido, severo, hacía las veces de ancla en la difícil tarea de mantenerla amarrada en aquel puerto de muerte.

A diferencia de Ranya, ella huía del espejo que colgaba de una de las puertas del armario destartalado que prácticamente ocupaba media habitación; una cama diminuta cubierta por un trapo a modo de colcha, y una mesilla rota y coja de una de sus patas eran el resto del mobiliario.

No quería adivinar sobre su estómago los diez kilos de material explosivo que le envolvían el abdomen.

Aquel día había comenzado demasiado pronto para ella, como un presagio devastador de que su final también llegaría antes de lo inicialmente previsto.

Había pasado la noche en vela, abrazada a su hijo, que fue el primero en desaparecer al rayar el alba.

Acompañada de un hombre y una mujer a los que no había visto antes de la noche previa, había llegado a la habitación mucho antes que Ranya, entretenida por entonces en la mezquita, donde pronunciaba sus últimos rezos bajo la bendición de un imán y de algunos de los clérigos que habían dirigido sus jornadas maratonianas de jaculatorias durante los últimos siete días.

A Sara prefirieron ahorrarle la visita porque alguien estimó que carecía de sentido.

Como si de un ritual se tratara, aquellas dos personas, sin mediar palabra y sin mirarla a los ojos ni una sola vez, la descalzaron, la despojaron del burka azulado y polvoriento que arrastraba desde hacía una semana, la sentaron en la cama, la obligaron a beber de nuevo una taza del misterioso líquido dulzón y finalmente la instaron a incorporarse y a levantar los brazos para colocarle por la cabeza el cinturón de explosivos.

Todavía estaban ajustándole la pretina cuando entró en la habitación una tercera persona.

A él sí lo conocía. La miró como el escultor que observa su gran obra final y sonrió. Se le notaba satisfecho. Lo estaba.

No podría asegurar con claridad qué hora era, pero sospechaba que estaban a punto de abandonar aquel piso.

Ataviadas con la doble piel de suicidas, Ranya y Sara escuchaban las últimas indicaciones sobre los detonadores que portarían ellas y que llevarían también sus acompañantes, que harían las veces de ojeadores y de personal de apoyo en la misión terrorista, por si el afán suicida de alguna de las dos flaqueaba en el último momento y estuvieran tentadas de abandonar.

En ese caso, serían ellos los que a través de sus teléfonos móviles harían detonar las bombas que Sara y Ranya llevaban pegadas al cuerpo.

Pensar algo así de esta última estaba fuera de lugar: Ranya inspeccionaba extasiada el detonador de color negro con un rotundo botón rojo en su superficie, imaginando el momento en que por fin su pulgar lo apretaría sin enredarse en dudas.

«Qué cómodo. Ni siquiera tendré que casar los cables».

Se mostraba exultante, incapaz de disimular sus ansias por empezar.

Sus pequeños ojos negros parecían irradiar destellos luminosos y su rostro, de gesto pacífico e inocente, resplandecía como si estuviera a punto de abrir su regalo de cumpleaños.

En parte así era. Ese mismo día se cumplían tres años de la muerte de su hermano mayor, tres años desde que su propia muerte empezó a gestarse.

No podía encontrar mejor fecha para vengar el asesinato de los suyos.

Sara contemplaba absorta la escena. Tragó saliva lentamente con la sensación de que un nudo se había adueñado de toda su garganta e impedía el paso del aire.

La sonrisa de Ranya no encajaba en aquella escena; sus propios motivos los tenía claros, pero le faltaba conocer el de la feliz niña bomba que segundos antes había presumido sobre su aspecto: «No te dejes engañar por mi cara de niña —le había dicho al atrapar su mirada en el espejo—.

Tengo un corazón de piedra». Una vez más Sara insistió en estrellarse contra el mismo muro de fanatismo armado.

—¿Por qué haces esto?

—Porque no puede hacerlo cualquiera —respondió con la confianza que da la seguridad aprendida. Miró a su interlocutora y frunció el ceño sin poder ni querer disimular una cierta decepción—. No te habrás arrepentido, ¿no? —preguntó como quien no quiere dar crédito a sus temores.

La ignorancia sobre todo lo relativo a Sara le daba alas: Ranya no la había visto nunca antes, no sabía por qué estaba allí, por qué razón se la había elegido precisamente a ella para acompañarla en sus últimos momentos de vida.

Imaginó que era una más del ejército de mártires que ansiaba explotarse en busca de venganza y justicia, una heroína más que entregaba su vida por la causa, como ella.

—Míranos. Todo el mundo sabrá lo que hemos hecho y estará orgulloso de nosotras. Es nuestro deber. Nuestro destino está escrito.

Sara no se había arrepentido. Jamás quiso verse prisionera entre esas cuatro paredes ni envuelta en una mortaja letal.

Su mundo no tenía aquellas dimensiones y mucho menos aquellas obligaciones.

El destino escrito por otros, la fatalidad y el odio la habían colocado allí como consecuencia de una maldición, y lo que quería era huir, gritar, pedir auxilio, abrazar a los suyos, pero no podía.

Aquella era su penitencia fabricada meticulosamente bajo coacción y engaños y, si nada ni nadie lo impedía a tiempo —y no veía cómo—, continuaría adelante con el macabro plan.

A esas alturas, ya no creía en milagros.

Aunque había formulado la pregunta en el tono más bajo que fue capaz de encontrar en su garganta, el oído de Najib volvió a dar muestra de su finura, tan solo equiparable a su maestría con los explosivos y a su principal arma en cualquier sentido que la vida le brindara: la seducción.

Sara pudo advertir su presencia tras ella.

Hacía tiempo que su cercanía había dejado de embaucarle los sentidos para hundirla en el pozo más negro y profundo del terror humano.

—Sara, querida, a veces la muerte es vida para otros.

—Su voz continuaba siendo ronca y seductora, pero correspondía a un monstruo sin escrúpulos.

Mientras le susurraba al oído, había puesto ante sus ojos una fotografía que la hizo estremecerse: era el retrato de un niño de pelo negro, con dos enormes hoyuelos en los mofletes y una sonrisa limpia y ligeramente mellada.