Capítulo 1
Dieciocho meses antes…
Sus labios se contrajeron con el primer sorbo de café.
Demasiado caliente, siempre le ocurría lo mismo.
Las prisas no eran su mejor aliado y menos cuando aparecían a primera hora de la mañana.
Mientras engullía un par de galletas integrales, Sara volcaba los cereales en el cuenco favorito de su hijo y sacaba del tostador las rebanadas de pan —que su padre bañaría con un generoso chorro de aceite y un comedido toque de azúcar—; tenía el tiempo justo para terminar de maquillarse y vestirse, afianzarse en sus tacones y asegurarse de que en su maletín no faltara ninguna carpeta imprescindible para su jornada de trabajo, que ese día comenzaba antes de tiempo a causa de una reunión con el claustro de profesores y del inicio del periodo de exámenes.
Miró la hora, y sin apartar su mirada de la pantalla del pequeño televisor que había en la cocina, se asomó al pasillo de la casa, que cada mañana se convertía en eficaz correa de transmisión, y lanzó el primer grito de guerra matutino.
—¡Iván, cariño, date prisa! Vamos a llegar tarde y sabes que no me gusta.
Un nuevo sorbo de café, este más templado gracias a la nube de leche fría que acababa de añadir, le ayudó a digerir la información que acompañaba a las espectaculares imágenes del informativo.
«… triple atentado suicida ha sacudido esta mañana el barrio bagdadí de Karrada, el último de una larga lista de ataques protagonizados por mujeres que se convierten en kamikazes.
Con la dificultad que entraña adentrarse en la mente de una persona que decide quitarse la vida para acabar con otras, los expertos en terrorismo islamista barajan distintas hipótesis para explicar este creciente fenómeno.
En otro orden de cosas y volviendo a nuestro país, agentes del Cuerpo Nacional de Policía han detenido esta madrugada en Bilbao a trece individuos de nacionalidad argelina y un iraquí, acusados de formar un grupo de crimen organizado que operaba en Vizcaya y que podría haber desviado parte de sus fondos para financiar el terrorismo islamista de Al Qaeda en Argelia.
La policía cuenta con pruebas suficientes para… ».
—No pararán hasta que acaben con nosotros. —La voz grave de su padre la obligó a girarse—. Eso es lo que quieren.
—¡Papá! —le recriminó en el mismo tono que utilizaba con su hijo de siete años cuando se hacía el remolón entre las sábanas, en un baldío intento de no acudir al colegio.
—Para estos descerebrados, no hay más camino que las bombas.
Y los hay que todavía sueñan con recuperar Al Ándalus de manos cristianas, como si la Toma de Granada no hubiese sido hace ya más de cinco siglos, sino hace cinco días.
¡Jesús! Al menos podían soñar con reimplantar el reino nazarí a golpe de gumía o cimitarra, como hacían antes, no sé yo si los explosivos tienen mucho de santo.
—No digas esas cosas. Y menos delante de Iván.
—El niño, ajeno a la conversación entre adultos, engullía los cereales mientras jugaba con el coche, regalo del abuelo, que desde hacía dos días no se le caía de las manos.
Sara bajó la voz—: Ya sabes que a esta edad son como loros y lo repiten todo.
Y no me gustaría tener que ir al colegio a explicarle a la directora que mi hijo tiene un abuelo que se divierte anunciando el fin del mundo.
—Del mundo que conocemos, hija. Cuando todos estos radicales nos echen de nuestra casa —dijo mientras señalaba las imágenes que aparecían en el noticiario—, ya te acordarás de tu padre, ya. Y más tú, que trabajas con ellos y les enseñas cómo mandarnos lejos en nuestro idioma.
—No te metas con mis alumnos, que los años te están haciendo un cascarrabias.
—Yo solo digo…
—Nada, papá, ya está bien, que son buenos chicos y tú eres el primero que dice siempre que no hay que creerse todo lo que ves por la tele.
—Serán buenos chicos, hija, no te digo que no. —Bajó un poco el tono de su discurso—. Solo digo que entre los tantos buenos, o normales, vaya, hay también un buen grupo de desalmados con ansias imperialistas y las peores intenciones.
—Bueno, pues a esos no los aprobaré en mis clases —replicó ella con una sonrisa.
—Tú ríete, pero los extremistas por lo general no se contentan con petardos, hija. A no mucho tardar, nos plantan una guerra en nuestra propia casa. Claro que yo ya no lo veré.
—No digas eso, papá…
Unos años atrás, una inoportuna lesión de espalda postró a Mario en una mesa de operaciones para someterse a una complicada intervención de siete horas; la cirugía le salvó de vivir atado a una silla de ruedas, pero le obligó a dejar su cátedra en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid, y desde entonces le gustaba recrearse en su condición de mortal y presumir de una avanzada edad que todavía no le había llegado.
A sus sesenta años, y con un pasado repleto de reconocimientos académicos, la docencia le habría ayudado a paliar el dolor endémico y el ingente vacío que le había dejado la muerte de su esposa en un accidente de coche, ocho años antes.
La noticia del fallecimiento repentino de su mujer, con la que había soñado pasear de la mano hasta el fin de sus días, le dejó perdido, le arrebató el norte de un mundo en el que nada tenía sentido excepto una adolescente en una edad rebelde, aún más si cabe ante la brusca desaparición de su madre.
A los pocos meses de perder a su esposa, su hija llegó a casa con la noticia de un embarazo tan inoportuno como no deseado.
Con dieciséis años y un cursillo avanzado de madurez vital de procedencia desconocida, la niña se plantó ante el padre y le expuso los términos de la nueva situación.
«Papá, no vamos a perder a nadie más en esta familia.
Esto es un regalo de Dios y una prueba de que mamá sigue de alguna manera entre nosotros.
Creo que merece la pena intentarlo». Quizá lo entendió como una forma de consuelo, un aliciente para seguir con una vida que se le antojaba cuesta arriba, o puede que le desbordara la entereza de su pequeña en aquel momento, pero Mario recogió el guante lanzado por Sara y se implicó desde el primer día en el embarazo.
Cuando nació Iván, solo tuvo ojos para su nieto.
Se sentía feliz, protegido en su pequeña familia.
No se atrevía a pedirle nada más a la vida.
Quizá por eso las continuas e infundadas referencias a su edad se convertían más bien en un juego gamberro pero inofensivo, en un escudo protector, en un guiño presuntuoso para encarar la supervivencia.
Sara se acercó a su padre, le rodeó con los brazos, apoyó la cabeza en su pecho y le plantó un beso.
Le encantaba abrazarlo, buscar el latido de su corazón y evadirse de todo como si aún fuera una niña pequeña.
Aquel hombre había dedicado su vida a cuidar de ella y ahora había llegado el momento de hacerle entender cuánto se lo agradecía y cuánto le quería. Haría cualquier cosa por él.
—Este viejo padre tuyo…
—¡Ay, papá! —protestó Sara simulando un enfado que no sentía; en realidad adoraba a su padre, daba igual cuánto protestara.
Un momento después deshacía el abrazo y miraba de reojo la hora—.
Ya se me ha hecho tarde. ¡No sé qué hago!
Y hoy tengo exámenes en la escuela. ¡No puedo llegar más tarde que mis alumnos!
¿Llevas tú a Iván al colegio? —le preguntó sin esperar una respuesta que conocía de antemano—.
Te prometo que esta noche seguimos hablando de la guerra santa, la Reconquista y todas las conspiraciones maquiavélicas que hagan falta.
—Le besó en la frente, achuchó a Iván y salió a la carrera, haciendo verdaderos malabarismos para mantener el equilibrio sobre los tacones.
Estaba feliz con su trabajo en la escuela de idiomas.
Nunca le había gustado estudiar, no porque careciera de capacidad para el aprendizaje, sino porque los libros y los planes de estudio no encajaban dentro de sus inquietudes.
Desde pequeña había tenido una gran habilidad para los idiomas, algo que su madre, de origen italofrancés, se había encargado de fomentar preocupándose de que la niña, desde una edad muy temprana, se familiarizara con el idioma de sus abuelos maternos.
Aparte del español, Sara dominaba el inglés, el francés, el italiano y el alemán.
Cuando sus ojos se detuvieron en un anuncio en el que se requería profesor cualificado para ocupar una plaza en una escuela de idiomas en el centro de Madrid, tuvo una corazonada, y aquel presentimiento no la traicionó: un simple vistazo a su currículo bastó para convencer a la directora, doña Marga, a quien le pareció que Sara encajaba a la perfección con las necesidades del centro:
—No sabes lo bien que nos vienes. Cada día tenemos más alumnos musulmanes que vienen a aprender o a perfeccionar el español.
Así les resulta más fácil integrarse, poder desenvolverse en el día a día, ya sabes: entender los precios, los anuncios, los letreros de las tiendas y, por supuesto, conseguir un trabajo.
Sus hijos lo tienen más fácil, porque los niños se adaptan enseguida, pero a ellos les cuesta más.
Aunque te puedo asegurar que son de lo más aplicado.
Aprenden enseguida, y con tus cinco idiomas y algo de mímica si hace falta, seguro que termináis entendiéndoos.