La indiana 34. Niebla
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34. Niebla

Comillas estaba envuelta en una niebla cerrada cuando las dos mujeres se dirigieron a la parroquia. Cuando entraron en el edificio de piedra, dos hombres y el diácono ya las esperaban.

—¡Por fin, el padre puede despertar en cualquier momento!

Julián abrazó a su amada y esta cerró los ojos de felicidad.

—Tengo que decirte algo.

—Ahora no, después de la boda.

El hombre se colocó al lado del novio y ella al lado de la novia.

—Hermanos, estamos aquí para unir en santo matrimonio a Herminia Sosa Domigo e Iván Montañés y Río.

La voz del sacerdote resonaba en la capilla vacía y solo iluminada por unas velas del altar.

—Herminia Sosa Domigo, ¿quieres tomar por esposo a Iván Montañés y Río?

—Sí, quiero.

—Iván Montañés y Río, ¿quieres tomar como esposa a Herminia Sosa Domigo?

—Sí, quiero.

—Pues por la autoridad que Dios Padre, su hijo Jesucrito y el Espíritu Santo me confieren, yo os declaro marido y mujer. ¿Alguien tiene algo que objetar?

—Sí, padre —dijo Julián y los demás le miraron sorprendidos.

—¿Qué sucede hijo? No tenemos mucho tiempo.

—Quiero que nos case a Victoria y a mí.

La joven le miró sorprendida.

—Yo también voy a filas en unos días.

Aquella era una de las pocas verdades que había dicho, el ejército le reclamaba como alférez en Santander antes del domingo.

Victoria le observó sin saber qué responder, el silencios envolvió la sala y las miradas de los dos enamorados se entrelazaron.