La indiana 33. Oficial
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33. Oficial

Escucharon la voz del hombre y todos miraron hacia la oscuridad. Ante los ojos de todos apareció el teniente, que de un solo golpe derribó al guarda y después le remató en el suelo para que no se levantara.

Las dos jóvenes miraron al hombre, sabían que le habían visto en algún lugar.

—¿Teniente Mario Ordoño? —preguntó Isabella.

Era el mismo hombre que les había ayudado en el puerto contra unos ladrones.

—¿Son ustedes, hermanas?

El hombre estaba aún más sorprendido que las chicas.

—¡Vengan, antes de que alguien más se despierte!

Los tres se dirigieron a la salida, el hombre tenía en la entrada un carruaje pequeño, pero los tres cupieron sin problemas.

—¿Dónde quieren que las lleve?

—Lejos de aquí —le suplicó Marga.

El hombre salió de la villa y se dirigió hacia la ciudad, los primeros rayos de sol comenzaban a apuntar en el horizonte.

Mientras se alejaban de aquel infierno, la joven se preguntó qué hacía el teniente en aquel lugar, pero prefirió dejar aquellas dudas para otro momento. Ahora solo quería respirar el dulce aroma de la libertad.