La indiana 32. Noche
90%

32. Noche

Victoria temía que su madre la descubriera al día siguiente y no la dejara salir. Herminia la necesitaba como testigo y además era su única oportunidad para ver a Julián.

Su madre le dio un beso en la frente cuando se fue a dormir. La joven se quedó dormida, pero a las pocas horas se despertó. Temía no darse cuenta de la hora y que se le pasara.

Escuchó ruido en el estudio y se decidió a bajar. El abuelo parecía estar hablando con todos los fantasmas que habitaban aquella casa.

—Cecilia, tú lo sabías. Mis manos están manchadas de sangre, pero ¿qué manos de hombres poderosos no lo están? El éxito siempre tiene un precio.

Victoria escuchó atenta.

—La maldición de aquella vieja esclava de Cuba se ha cumplido.

Me dijo que desaparecería mi hijo predilecto y que tú morirías en medio de terribles dolores.

Ya sabes que nunca he sido supersticioso, pero también predijo que me devorarían los perros y lamerían mi sangre; por eso siempre los mantengo tan lejos.

La joven se asomó y vio a su abuelo sentado en su sillón favorito, con un ron en la mano y su puro en la boca.

—Le pedí a la hechicera que deshiciera aquella maldición, pero me contestó que los gritos de miles de esclavos muertos reclamaban nuestra muerte. Los Valdecilla estamos malditos para siempre. Espero que la maldición no pase a la tercera generación.

Nadie respondía al viejo, aunque él escuchaba como si alguien lo hiciera de verdad.

—¿Dónde está mi hijo Álvaro? Nadie encontró su cuerpo, necesito verlo.

El hombre se echó a llorar, su nieta nunca le había visto así, pero no se atrevió a consolarlo. Si la veía ya no podría acudir a su cita y ver a su amado.

La joven subió a la habitación y esperó a Herminia vestida, por si se quedaba dormida. Cosa que, efectivamente, le sucedió. Tuvo extrañas pesadillas ambientadas en Cuba, aunque ella nunca había estado en la isla.