La indiana 29. Suspiros
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29. Suspiros

La joven escuchó los suspiros y se temió lo peor. No podía creer que su madre fuera capaz de algo así.

Se asomó y vio a su madre de rodillas, el hombre tenía una mano sobre su cabeza y ella hablaba.

—Padre, ya no sé qué hacer para que mi esposo me haga caso.

—Hija, resignación. Los votos matrimoniales son eternos. No olvides las promesas que hiciste delante de testigos.

—Pero él ya no me ama.

—El amor es algo secundario, lo importante es el compromiso con Dios y delante de los hombres. Esas ideas modernas del amor son un verdadero problema.

La mujer volvió a suspirar.

—No soy feliz.

El sacerdote se apartó un poco y clavó en ella su mirada inquisitiva.

—Sois una de las mujeres más importantes del país, además de tener una familia maravillosa. La naturaleza os dotó de belleza e inteligencia. ¿Qué más queréis? La mayoría de las mujeres jamás han recibido tantos dones.

Rosana se puso en pie, el sacerdote la bendijo y le ordenó que repitiera varios padrenuestros.

Victoria salió de la casa y miró a su amiga, esta la observó con expectación.

—Nada nuevo, la verdad. Ya sabes cuando la gente se hace adulta, se olvida de ser feliz.

Herminia estaba a punto de casarse y aquel comentario le puso aún más nerviosa. ¿Estaba haciendo bien o cometía el mayor error de su vida? Era difícil de saber, únicamente tenía una vida y el margen para equivocarse era exactamente ninguno.