La indiana 28. Príncipe
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28. Príncipe

—Vuestra madre viene mañana y me imagino que regresaréis con ella.

El joven parecía decepcionado.

—Pensé que pasaría el resto del verano aquí. He aprendido más con usted en unos días que el último año en palacio. A veces me tratan como si fuera bobo y le aseguro que no lo soy.

—Gracias a Dios, España no puede permitirse más dirigentes inútiles, como ese Sagasta.

—¿Cómo siguen las cosas en Cuba?

—Ya hay casi doscientos mil soldados en la isla, pero Valeriano Weyler es un inútil y ha concentrado a los disidentes en campamentos, donde están muriendo como chinches por las epidemias.

Además, los periodistas norteamericanos están intentando convencer a la opinión pública de que somos unos salvajes y, por desgracia, no les falta razón.

—Es terrible, peor de lo que pensaba. ¿Qué puedo hacer yo?

—Yo hablaré con su majestad, vuestra madre, no os preocupéis.

El joven príncipe dejó la sala y se fue a jugar con los gemelos. Después, don Álvaro miró las cuentas. La tensión estaba parando el comercio con la isla y muchos españoles no querían viajar hasta que la cosas se aclarasen.

A veces pensaba que era mejor vender todo y vivir de las rentas el tiempo que le quedase, pero aquel era el legado que tanto le había costado. Había vendido su propia alma por conseguir aquel imperio.

Tras trabajar en la tienda conoció a un español que llevaba desde joven en la isla y que se había hecho muy rico, pero no tenía heredero: don Fidel Pocero Figueroa.

Desde que los ingleses abolieron la esclavitud en 1833, el comercio se había concentrado en muy pocas manos, primero en las portuguesas y, cuando estos también abolieron la esclavitud, Cuba se convirtió en el mayor mercado esclavista del mundo.

Se necesitaba mucha mano de obra para la caña de azúcar y los amos pagaban grandes sumas por la compra de esclavos.

Aquel hombre le ofreció participar en el negocio, había ahorrado mucho dinero en las tiendas y no sabía dónde emplearlo, pero, sobre todo, don Fidel lo que quería era un heredero para su negocio.

Don Álvaro aumentó al doble los barcos para transportar a los africanos, sabía que más de la mitad morían en el trayecto y eran arrojados al mar para alimentar a los tiburones, pero eso no era su problema.

Si él no aceptaba aquel negocio, otro se haría rico en su lugar.

No era el único que lo hacía ni tampoco el último.

No estuvo muchos años en el negocio, solo el tiempo suficiente para mandar construir el primer transatlántico.

Ahora que se acercaba la hora de su muerte, muchas veces recordaba las caras de aquellos pobres desgraciados, aunque se decía que en el mundo les estaba ofreciendo una vida mejor.

El hombre se encendió otro puro y miró por la ventana.

Todo aquello lo había construido él; era su legado para España y sus hijos.

Ahora el inútil de Luis Javier Luis podía hacer algo mejor con su dinero, pero no estaba a la altura.

Se dijo que era verdad el refrán que decía: «Abuelo rico, hijo burgués y nieto pobre».

No sabía si se heredaba la majestad de un rey a otro, pero la inteligencia y el coraje no se transmitía de padres a hijos.