27. Fuga
Estaba a punto de caerse cuando notó que unas manos la agarraban por las muñecas y asomó la cara de su amiga Marga.
—¿Se puede saber qué estás haciendo? No me vas a dejar sola en este lugar.
Logró subir a Isabella, después las dos se sentaron en la cama.
—No creo que tarden mucho en vender nuestra honra. Creo que sé cómo salir de aquí.
—Soy toda oídos.
—Por las noches hay mucho movimiento en la casa, pero la hora más tranquila de todas son las seis de la mañana, ya se han ido todos los clientes; las chicas están agotadas y durmiendo, hasta los guardas se dan un descanso hasta las nueve o las diez.
—Se te han olvidado los perros.
—Le he pedido dos buenos trozos de carne a Lorenza, con eso los tendremos entretenidos un rato, esos animales no han visto carne de verdad en su vida.
—Queda la puerta, saltar la valla es muy difícil.
—Mira a ese lado.
La luz ya iluminaba por completo el jardín, los amaneceres en La Coruña eran preciosos y el cielo de España era más azul que el de Cuba.
—Esa roca nos ayudará a encaramarnos. No nos han logrado encontrar el dinero, tomaremos la primera diligencia hacia El Ferrol. Después yo me iré a Cantabria.
—¿Crees que lo conseguiremos?
—La única forma de averiguarlo es intentarlo. ¿No crees?
Las dos pobres novicias pasaron los dos días siguientes en la escuela de Margot, pero la teoría dejó lugar a la observación.
Por las noches las obligaba a mirar por unas mirillas a los clientes y a sus compañeras. Si la prostituta pretendía conseguir que las dos se interesaran, lo único que conseguía era que salieran cada vez más asqueadas.
Cuando regresaban a la habitación charlaban sobre ello.
—¿No te parece horrible todo esto? Esa gente está haciendo esas cosas asquerosas por dinero. Todo tipo de hombres, la mayoría casados y con buenas posiciones.
—El ser humano no es precisamente un dechado de virtudes —comentó Isabella, que se sentía tan ultrajada como su amiga.
—¿Cómo pueden hacer esas cosas las chicas?
—Por dinero y por costumbre, imagino que sus mentes están en otros lugares mientras, ya sabes.
—Prefiero tirarme por la ventana antes que hacer eso —le aseguró Marga.
—No será necesario.
Al día siguiente, la anciana las llamó al salón. Aquello solo podía significar una cosa.
—Buenos días, chicas, tengo noticias para vosotras.
Mañana perderéis la virginidad. Lo cierto es que solo sirve para ganar una buena suma.
Os dejaré una cuarta parte de lo que ganéis.
Ya veis que soy justa, pero antes me tenéis que decir dónde están vuestro dinero y la estilográfica. Isabella, ya no la vas a necesitar.
La joven comenzó a sudar, aquello era lo único que podía probar quién era y no estaba dispuesta a perderla por nada del mundo.
Esa noche tenían que intentar la fuga, ya no había vuelta atrás.