La indiana 26. Rutina
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26. Rutina

El verano, a los pocos días, se convertía en algo tan rutinario para la familia como era la vida en Santander.

Por las mañanas tomaban un desayuno largo, todas las mujeres y los niños juntos.

Los hombres habían salido a cazar o tenían que atender algún negocio.

A las doce la misa; después el almuerzo a la una; una siesta breve; paseo por la tarde cuando el sol no era tan fuerte, y la cena temprano, que solía ser ligera.

Los hombres antes practicaban un poco de tenis; a Victoria también le gustaba jugar.

La joven no había visto a Julián durante tres días. Su madre, a pesar de las órdenes del abuelo, no dejaba de vigilar todos sus movimientos.

A pesar del férreo control, gracias a su amiga Herminia, el periodista había logrado enviarle dos o tres notas breves.

Las penurias y el sufrimiento no hacían sino avivar el fuego del amor entre ambos.

Victoria se pasaba las tardes leyendo novelitas de amor o soñando despierta con su beso y con el paseo de la mano del periodista.

—¿Cómo vamos a hacerlo?

—¿Hacer el qué? —preguntó Herminia.

—Ver a Julián, mujer, ¿qué va a ser?

—Es difícil. Vuestra madre…

—¿Cuándo será la boda que celebrará el diacono?

Herminia parecía embobada, no se enteraba de nada.

—Mañana, ya han llamado a filas a mi novio y se marcha dentro de tres días.

—Lo siento —dijo Victoria mientras acariciaba el hombro de su amiga.

—Bueno, gracias a eso hemos decidido casarnos. No me importa lo que piense mi madre, si me deja preñada mejor.

Victoria no quiso preguntarle qué pasaría si su novio moría en Cuba, pero Herminia le respondió como si le hubiera leído el pensamiento.

—Prefiero ser la viuda de un soldado, a ser la novia de un campesino analfabeto que me lleve a una granja.

La joven comenzó a llorar y su amiga le dio un pañuelo de seda.

—El amor siempre duele —le dijo.

En ese momento vieron pasar al vicario y se asomaron a la ventana. Parecía ir a la casita suiza, donde su madre solía dormir la siesta por las tardes.

—¿Dónde va el padre?

Las dos chicas salieron de la casa y le siguieron a cierta distancia. Después vieron que entraba en la casita y se asomaron por una de las ventanas, pero las cortinas estaban echadas.

—¿Qué hace el cura a estas horas en casa?

—Estará confesando a tu madre.

Victoria no quería ponerse en lo peor, pero lo único peor que la verdad es la duda. Se metió en la casa con sigilo y se decidió a espiar a su madre.