25. Muerte
La muerte podía ser un descanso, estaba a punto de rendirse. A lo mejor su amiga Marga tenía razón y no merecía la pena seguir adelante.
Tenía el miedo en el cuerpo, no podía relajarse ni un segundo, como si desde su salida de Cuba todo se hubiera torcido.
Recordaba a su madre, la única que la había acariciado y amado, que se había preocupado realmente por ella.
Hasta el convento le parecía ahora bueno, un paraíso comparado con aquel infierno.
¿Por qué había dejado todo? Por una familia que ni siquiera sabía de su existencia y que, si la conocía, no se había preocupado por buscarla.
Era la hija de una esclava negra, una mujer sin rostro para la mayoría. Si en ese momento desaparecía para siempre, nadie la buscaría y, si moría, nadie iría a su entierro.
Comenzó a llorar en silencio para no despertar a su amiga. Después abrió la ventana. Estaba suficientemente alta para matarse con la caída. Se subió al alféizar y sintió el vértigo. Un paso y acabaría con todo.
Miró a su espalda, Marga descansaba agotada después de lo sucedido. Se dijo que no podía dejarla sola, que la necesitaba.
Entonces, el pie le resbaló y se quedó colgando de los dedos. El dolor era insoportable y sentía cómo estos se deslizaban poco a poco, acercándola a su destino final, al encuentro de su madre.
Notó que el aire le mecía el pelo, el camisón se inflaba como la bandera de un barco perdido a la deriva justo antes de estrellarse contra los riscos.