La indiana 24. Misterios
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24. Misterios

Julián contactó con sus compañeros, no podía estar solo para cometer el atentado.

Al principio había pensado en un disparo a quemarropa, pero después la idea de una bomba le parecía más impersonal, aunque pudiera asesinar a personas inocentes.

Estaban viviendo una guerra y en las guerras siempre había daños colaterales.

Mientras comía una manzana y un poco de queso en el minúsculo apartamento que había alquilado, pensó en Victoria. Era una de las mujeres más interesantes que había conocido, pero pertenecía a la clase de los explotadores y debía ser como todos ellos.

La tentación siempre estaba presente. La causa era demasiado importante para que el amor se metiera de por medio.

El joven recordó el beso y se tocó los labios, nunca había sentido nada igual, era como si todavía sintiera que flotaba.

Intentó quitarse esas ideas de la cabeza y tomó el libro de Bakunin, siempre había que repasar el nuevo credo y entregarse a la causa; algunos la vivían como una verdadera religión secular. Al menos prometía el cielo en la tierra.

El hombre dejó el libro y se asomó por la pequeña ventana, fuera el ambiente no era tan sofocante, miró las estrellas y escuchó los sonidos del bosque lejano y se preguntó por los misterios que entrañaba la naturaleza y sobre todo, por el sentido real de la vida.

¿Únicamente estaban en el mundo para sufrir?

Unos pocos años, después la vejez, aunque él no esperaba llegar a ella dada su militancia anarquista, y por último la muerte.

El amor era una de las pocas cosas que te anclaba a la vida, pensó, pero también te hacía más débil.

Había tenido otras relaciones, pero jamás había sentido lo de aquel día: la mano electrizante de Victoria, sus labios con sabor a miel.

La nueva Eva que pretendía sacarle del paraíso anarquista.

El día en que todos los hombres serían verdaderamente libres, sin necesidad de Estado, de amo ni de Dios, pero antes tendrían que sembrar el mundo de sangre y terror.