La indiana 23. Consejera
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23. Consejera

Isabella volvió a hablar con Lorenza cada mañana para ganarse su confianza, aunque con quien pasaban más tiempo era con Margot, que tenía que enseñarles el arte de seducir a los hombres.

—Los hombres siempre se dejan seducir por la vista. Las mujeres de nuestro tiempo van más ligeras de ropa que nuestras abuelas, pero la verdad es que siguen sin enseñar demasiado. Unos tobillos al aire, el antebrazo, el cuello, el rostro. Nosotras jugamos con ventaja.

La joven se quitó la bata rosa y les mostró un camisón cortísimo, que apenas le llegaba a medio muslo y era prácticamente transparente.

Las dos novicias jamás habían visto a una mujer en esa situación, ni siquiera su cuerpo al completo.

—Vamos a descubrir hoy nuestro cuerpo. ¡Desnudaros! —ordenó.

Las dos jóvenes se miraron.

—¡No! —gritó Marga, pero su amiga le hizo un gesto para que no se quejara. Sabía que eso era lo mínimo que les iban a pedir en aquella casa.

Las dos mujeres se quitaron los largos camisones blancos y después la ropa interior. Ambas se taparon los pechos y el pubis con las manos.

—Muy bien, tenéis el cuerpo casi perfecto. Blanco, como debe ser, aunque se os nota que no sois españolas de pura cepa —dijo señalando que tenían los labios vaginales más oscuros.

Después miró algo sorprendida a Isabella y le pidió que se girara.

—¿Tu madre era negra? ¿Verdad?

—Sí —respondió orgullosa.

—Ya sé qué parte has heredado de ella —le dijo mientras le daba una nalgada—. Esto va a subir el precio.

Después les dijo que se pusieran unos camisones insinuantes y les soltó el pelo. Las dos jóvenes se miraron frente al espejo.

—¿Qué veis?

No contestaron.

—Decidme, ¿qué veis?

—Dos cuerpos —dijo Marga.

—No, querida —dijo después de darle una nalgada—. ¡Poder, un gran poder!

Cuando las dos jóvenes se quedaron solas no podían quitarse de la mente su propia imagen en el espejo ni la de Margot.

—Tengo miedo —dijo Marga.

—Espero que en un rato venga Lorenza, le he pedido algo.

Mientras intentaban entretenerse cosiendo, oyeron abrirse la puerta. No era la joven prostituta, sino uno de los guardianes.

—¿Qué quieres? —le preguntaron asustadas, pero el hombre no contestó. Se acercó a ellas con los ojos turbios, embriagados de alcohol y lujuria.

Se lanzó sobre Marga y, aunque su amiga intentó quitárselo de encima, él se resistió.

—¡No! —gritó la joven, que notaba el aliento pestilente del matón.

Isabella le arañó la espalda, pero él, de un manotazo, la envió al otro lado de la habitación.

La joven se quedó medio inconsciente, mientras Marga dejó de gritar cuando él le tapó la boca con la mano.

—Cállate putita o será peor. No voy a desvirgarte, pero hay otras formas.

En ese momento entró Lorenza y comenzó a gritar por el pasillo. El otro guarda y Margot llegaron antes que la jefa y la joven prostituta le dio con un látigo en la espalda.

—¡Bestia, sepárate de ella!

El hombre dio un alarido, pero continuó.

El otro hombre le separó y le agarró del cuello, hasta que este comenzó a aflojar.

La anciana miró al hombre, al que el otro sujetaba por el cuello, y le dijo:

—¡La próxima vez te mataré, pero será lento y doloroso! Ya sabes que tienes a muchas de las chicas cuando yo quiero, pero estas no se pueden tocar. ¿Entendido?

El hombre solo dio un gemido, como si no supiera hablar y después le sacaron de la habitación, ante la mirada aterrorizada de las dos chicas.