22. La cena
Nadie lo sabía, pero todos los comensales estaban muy tensos, aunque debían guardar la compostura delante del joven príncipe.
—Victoria, a partir de mañana tendrás que salir de la villa con escolta. Nos han dicho que hay anarquistas merodeando por el pueblo.
—¿Anarquistas? —preguntó la joven a su madre.
Don Luis Javier se giró hacia su esposa, había regresado aquella misma tarde después de solucionar unos asuntos en Santander.
—¿Quién os ha dicho eso?
—Bueno, han visto a algunos merodeando por el pueblo. Es mejor que no nos arriesguemos. Si son capaces de asesinar al presidente del gobierno, qué no harán con nosotros.
Don Álvaro miró a su nuera, sabía leer su rostro mejor que sus palabras.
—¿Está por aquí el periodista? ¿Cómo se llama? ¿Julián?
Victoria se puso tensa, pero intentó disimular. Sus dos hermanos mellizos comenzaron a chincharla y Alfonso la observó con detenimiento, le parecía hermosísima.
—No creáis todo lo que escucháis —dijo don Luis Javier.
—Lo sé de muy buena fuente y será mejor que pidas que se aumente la seguridad en la finca.
Don Álvaro dio un puñetazo en la mesa y todos se sobresaltaron.
—¡Aquí el que da las órdenes soy yo! ¿Entendido?
Rosana se puso a sudar, aquel era el único hombre al que realmente temía.
Victoria se levantó de la mesa y se acercó a su abuelo, era la única que lograba ponerle de buen humor.
—Abuelo, creo que sé cuidarme yo sola. No creo que don Julián, que vive en nuestro edificio de Santander, sea peligroso; pero sí en Comillas, donde no tenemos contacto con él.
El abuelo miró a su nieta, era tan dulce, a veces le recordaba a su mujer.
—La niña ha venido a disfrutar de unas vacaciones, cuando regresemos a Santander se pasará el día medio encerrada y después estudiando. Dejad que se divierta con sus amigas.
Alfonso, que a sus casi trece años, parecía más despierto de lo normal, no dejó de mirar a la joven.
Al finalizar la cena, don Álvaro se reunió con su hijo.
—¿Qué sabes de Cuba?
El hijo se quedó callado unos instantes, no traía buenas noticias.
—La tensión con los estadounidenses es muy alta. La prensa amarillista está incitando a la guerra y además un joven llamado Roosevelt quiere reunir una milicia para apoyar a los independentistas.
—Esos gringos lo que realmente buscan es hacerse con la isla.
El hombre se encogió de hombros.
—Tendremos que jugar con dos barajas. Reúnete con Sagasta y haz que mande más barcos y tropas a Cuba, pero que alguien de los nuestros en Estados Unidos hable con el gabinete del presidente y le muestre nuestra lealtad.
—Pero padre, somos españoles.
—El dinero no tiene nacionalidad y cuanto antes lo aprendas será mejor para los negocios. No me hice rico en Cuba para que ahora esos gringos se queden con todo.
Don Luis Javier salió del despacho, el abuelo se encendió un puro y pensó en ir a la casa de Madame Sisi en el Comillas, pero al final se conformó con subir tomar ron y quedarse dormido en el ancho sofá.