20. Rosana
Rosana se observó frente al espejo. Los años habían hecho más mella en su rostro que en su cuerpo.
En su hija Victoria veía una versión de ella misma cuando era una jovencita llena de sueños, ahora comenzaba a ser una señora un tanto amargada, que solo tenía a sus hijos para poder sentirse completa.
Su marido, Luis Javier, era un hombre distante y frío, que apenas se acercaba a ella para consumar el matrimonio. No es que a ella le produjera demasiado placer, pero la habían criado para gustar y ahora se sentía vacía.
En ese momento entró en la habitación una de sus criadas más cercanas, Olivia. Su hija y la de ella eran inseparables desde niñas. A pesar de ser una mujer de campo, nunca había conocido a nadie más cabal.
—Señora —dijo con una inclinación.
—Pasa, estaba intentando conocerme en el espejo.
—Seguís siendo la mujer más bella de Cantabria.
—Ese extraño honor ha pasado a mi hija Victoria y pronto pasará a Luisa, la pequeña, que, aunque se pasa el tiempo jugando a la pelota con su hermano Luis, va a ser muy hermosa de mayor.
—Tengo algo que contaros.
Rosana observó el rostro de la criada y comenzó a preocuparse.
—¿Qué sucede?
—Recordáis que ayer vuestra hija y la mía se marcharon para visitar el mercado de las Flores.
—Sí, yo misma se lo permití.
La criada se acercó aún más para bajar el tono. Eran casi de la misma edad. Su pelo era rubio, aunque algo cano, recogido en un moño apretado bajo una cofia. La miró con sus ojos verdes y su cara pecosa. Ella también era una mujer muy hermosa.
—Ana, la doncella, fue al mercado a por unas flores para el salón, vio que nuestras hijas se desviaban del camino e iban hacia la ermita. Allí se unió ese chico que pretende a mi Herminia. El Señor le reprenda.
—¿Quieres que mande a alguno de los criados para que le dé una lección?
La mujer negó con la cabeza.
—El problema no es mi hija, sino la vuestra.
—No entiendo lo que…
—La señorita Victoria se reunió con Julián, el anarquista.
Los ojos de Rosana se salieron de sus órbitas. Había advertido a su hija sobre aquel hombre, del que nadie en Santander se fiaba.
En el fondo reconocía que su hija era tan aventurera como lo había sido ella a su misma edad; por eso sabía lo terca que podía llegar a ser.
—¡Dios mío! ¿Cómo es posible?
—He interrogado a mi hija. Lo ha confesado todo. El hombre la vio en la iglesia y le entregó una nota para verse.
—¿Dónde está ahora mismo Victoria?
—Fue hace horas a la casa de su amiga Alicia. Al parecer ha estado enferma desde que llegó a Comillas.
Aquello tranquilizó un poco a la mujer.
—Al menos no está con él, cuando regrese a casa le prohibiré que salga sin alguien del servicio.
Sabía que era difícil controlar a su hija durante las vacaciones. Aquella casa tenía mil recovecos y puertas, pero debía intentarlo. Si aquel horrible hombre la dejaba embarazada, le destrozaría la vida.
Rosana no quería que Victoria fuera a la universidad. Prefería que se casara y tuviera una extensa familia, pero no con un presunto terrorista o alguien que solo deseaba entrar en una familia importante y aprovecharse de su fortuna.