La indiana 19. Viejas historias
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19. Viejas historias

—El pasado no existe y el futuro es mejor no esperarlo. Me crie en una de las mejores familias de Santander, mi esposo tenía una naviera. ¿Sabes qué es, niña?

Isabella la miró sin decir nada.

—Transportaba mercancías a América, pero los Valdecilla, unos cántabros, se hicieron con todo el mercado.

El anterior rey se la concedió al conde, que era su amigo.

Al final, mi esposo tuvo que venderlo todo.

Yo ya era una mujer madura, pero no sabía lo dura que podía llegar a ser la vida.

Mi marido se suicidó y mi hijo murió en Cuba de fiebre amarilla.

Cuando me quedé sola, varios de los antiguos amigos de mi marido vinieron sobre mí como buitres.

Querían los restos de la fortuna familiar.

Me propusieron matrimonio, pero, como me negué, lograron arruinarme y, entonces, me tuvieron en sus manos.

La mujer se quedó en silencio, como si recodar fuera muy doloroso.

—Uno de sus antiguos amigos se quedó con todo, me prometió una renta anual de por vida, pero al año, vino a mi casa y me obligó a…, ya sabes. Otros se aprovecharon de mí, no podía hacer nada y por eso decidí ser una mujer independiente. Darles lo que ellos buscaban, pero a un precio justo.

Isabella la miraba horrorizada.

—Pero ¿cómo ha permitido que le hagan a otras mujeres lo mismo que sufrió usted?

—Ya os dije que les ofrezco a mis chicas que cobren por algo que otras hacen gratis.

¿Sabes cuántas chicas preñan sus novios y luego las abandonan?

Yo las saco de la calle, las convierto en damas de la noche.

Uno o dos servicios al día; en la calle no les alcanza ni para comer con veinte.

Mueren en la miseria y enfermas de sífilis.

Su madre ya le había advertido de que la mayoría de las personas son incapaces de reconocer su culpa, que siempre los pecados son culpa de los otros.

Cuando Isabella regresó a su dormitorio y miró a Marga, que la miró asustada, pensando que le había hecho algo, le dijo:

—Tendremos que hacer todo lo que diga la anciana hasta que consiga llevar a cabo mi plan.

—¿Qué plan?

—Escapar de aquí.

—¿No has visto los perros, los guardas, la reja, las zarzas?

—Las únicas barreras que pueden aprisionarnos están en nuestra mente.

Marga frunció el ceño; sabía que su amiga a veces podía ser muy enigmática.

—Eso no es un plan —le contestó.

—Es el mejor plan, te lo aseguro.

Después las dos hicieron sus rezos, no tanto por devoción como por costumbre, pero aquella vez la desesperación gritó más que la incredulidad. Ambas sabían que necesitaban un milagro para salir de allí.

Mientras ellas rezaban en su habitación, la anciana llamó a Margot.

La joven entró en el salón con su rostro angelical.

Tenía los ojos azules, el pelo muy rubio y rizado, peinado en dos largas trenzas.

Su piel era blanca como la leche; sus medidas, perfectas, incluso sensuales para aquel rostro aniñado.

Llevaba en la casa desde joven. Sus padres habían muerto en un naufragio y un tío había intentado aprovecharse de ella y quedarse con lo poco que le habían legado sus padres.

La anciana la encontró y le enseñó todo lo que sabía.

Odiaba tanto a los hombres que sabía cómo seducirlos y reducirlos a la pobreza, obligarlos a abandonar a sus familias y terminar por destruirlos hasta que se suicidaban.

Su rostro era angelical, pero su corazón era más frío que el hielo.

—Ya sabes que tengo dos chicas nuevas. Quiero que seas su maestra, puede que nos den mucho dinero, pero antes tienes que anular su voluntad, conseguir que se hagan unas maestras en el arte amatorio y enfriarles el corazón, quitándole toda esperanza.

Margot sonrió. Se acordaba de su primera experiencia con un juez, el mismo que había dado toda su herencia a su tío, de cómo había cabalgado sobre él hasta hacerle estallar el corazón. Se había quedado paralizado de medio cuerpo y su familia le había abandonado al saber lo sucedido.

—Será un placer. He oído que son novicias.

—Así es.

Los ojos de Margot brillaron con un extraño fuego.

—Educarlas será la mayor delicia del mundo, os lo aseguro.

Las dos mujeres sonrieron, hacía tiempo que habían dejado de sentir nada. Lo más terrible del pecado no era solo que las alejaba de Dios, era sobre todo cómo anestesiaba el alma.

La anciana se quedó sola de nuevo, recordó que la joven tenía una estilográfica muy valiosa, que pertenecía a una familia importante de España.

Después de vender su virginidad, le robaría la estilográfica y, si la suerte la acompañaba, tal vez se la llevaría a su familia, aunque estaba segura de que esta, estaría más dispuesta a pagar para que se deshiciera de ella, que para acogerla en su mansión.