La indiana 18. Pupilo
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18. Pupilo

Don Álvaro no tenía mucha paciencia en general, pero su relación con el joven príncipe era una excepción. Alfonso, por primera vez estaba solo, sin consejeros ni lacayos que le solucionaran la vida, y parecía disfrutarlo.

Una de las mayores aficiones del príncipe era la caza, por eso, al día siguiente de su estancia en Comillas, don Álvaro preparó una montería.

—El monte Corona es magnífico, aquí venía con vuestro padre hace unos años.

—¿No vienen mujeres? —preguntó el muchacho, algo que extrañó al conde.

—¿No sois muy joven para pensar en esas cosas?

—No sé por qué, pero desde principios de primavera me gusta observarlas. Me parecen los seres más bellos de la creación.

—Si me permitís un consejo, Majestad, las mujeres son el punto flaco de los hombres, sobre todo de los poderosos. Os alejarán de vuestro cometido y os aseguro que no va a ser fácil.

El joven parecía intrigado y sorprendido al mismo tiempo, nadie se atrevía a hablarle tan francamente.

—Prometí a vuestro padre que intentaría ayudaros en vuestra educación.

—Pero si mi padre falleció antes de que yo naciera y ni siquiera sabía que mi madre estaba en cinta.

—Eso ya lo sé, Majestad, pero él debía barruntar algo, porque el último día que le vi me comentó que cuidase de su esposa, la reina y del hijo que tendría.

Alfonso se emocionó. Le habían dicho hasta la saciedad que no expresara emociones, pero, en cuanto escuchaba hablar sobre su padre, no podía evitarlo.

—¿Cuáles son esas cosas tan peligrosas a las que tengo que enfrentarme?

—Vuestro padre heredó un reino en paz. El desastre de la Primera República convenció a muchos de que era mejor tener un monarca.

Cánovas y Sagasta crearon un sistema casi perfecto de alternancia de partidos al estilo inglés, pero, si perdemos Cuba, Puerto Rico y Filipinas, el país comenzará a hundirse, por no hablar de los malditos anarquistas, que están sembrando el terror por todas partes.

El chico le observaba obnubilado. Sabía sobre los territorios que España aún tenía en ultramar, pero nadie le había explicado su importancia.

En ese momento apareció un jabalí a lo lejos, Don Álvaro disparó y lo derrumbó con un tiro certero.

—¡Magnífico! —exclamó el muchacho.

—No es nada, Majestad. Si vos vierais lo que es cazar a un elefante. Soy demasiado viejo para llevaros allí cuando seáis mayor, pero cazar un león, un rinoceronte o un elefante es la experiencia más increíble del mundo.

El joven príncipe vio correr a un ciervo y la acertó de lleno.

—¡Fantástico! La política es como la caza. Tenéis que intuir a la presa y disparar antes de que se escape. Olvidaos por ahora de las mujeres; cuando llegue el momento, yo os llevaré a un sitio en Santander donde las mujeres son como ángeles.