La indiana 17. Plan
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17. Plan

Isabella se había educado en uno de los mejores colegios para señoritas de Cuba.

Había sido siempre una de las alumnas más aventajadas y sabía que la única forma de solucionar un problema era meditarlo en profundidad y sopesar los pros y los contras.

Lo que la joven criolla no sabía es que los planes nunca salen como estaban previstos.

Al día siguiente les llevaron un desayuno ligero. La chica que se lo entregó era una joven de mejillas sonrosadas, ojos color miel y una voz dulce, aunque con un fuerte acento gallego, como si el castellano lo hablara con dificultad.

—Muchas gracias —dijo Isabella. Su amiga continuaba durmiendo, como si hubiera decidido que invernar era la mejor manera de eludir el problema.

— Á túa disposición.

—¿Cómo te llamas?

La joven se quedó pensativa. Isabella imaginó que le habían dicho que no hablase con ellas.

—Lorenza.

—¿Llevas mucho aquí?

La joven se acercó a la puerta antes de contestar.

—Casi toda la vida.

Después cerró la puerta y desapareció. Isabella se asomó a la ventana.

Era agradable sentir la luz del sol en el rostro y el frescor del jardín, aunque estuviera claramente abandonado.

El estado del jardín puede reflejar el alma de la persona que habita esa casa: orden y geometría; desorden, pero vida; belleza y armonía.

Pero aquel jardín le transmitía fiereza, rabia y dureza.

Las hortensias mostraban sus impresionantes colores, pero a su lado crecían, sin ningún control, ortigas y zarzas llenas de pinchos, como si la dueña las hubiera dejado crecer para convertir aquel lugar en una cárcel.

Las dos jóvenes se asearon, vieron unos libros de Dumas y se pasaron leyendo casi toda la mañana. En la casa reinaba casi un silencio total. La mayoría de las mujeres estaban durmiendo después de toda una noche de trabajo.

Uno de los hombres que custodiaban a la anciana abrió la puerta y las dos, instintivamente, se fueron a la esquina de la habitación.

—¡Tú, ven conmigo!

—No —contestó Isabella. Una de sus ideas era no separarse de su amiga; juntas eran más fuertes, o al menos eso creía ella.

El hombre entró en la habitación, la agarró del brazo y tiró de ella. Marga se enganchó al otro brazo. El hombre le dio un fuerte revés y la joven se desplomó sobre la cama.

—¡Está bien, iré con usted! —exclamó la joven para tranquilizar a aquel engendro de la naturaleza.

Salieron al pasillo y ella se fijó en todo: la disposición de las habitaciones, la distancia hasta las escaleras, los pisos, lo que había en las otras dos plantas, los olores, la luz casi inexistente, como si aquella villa viviera completamente de espaldas a la claridad del día.

Después recorrieron un amplio recibidor y, al final, entraron en otro salón casi en penumbra. El sol quedaba detenido por las inmensas contraventanas y los cortinajes pesados y polvorientos.

—Amada niña, siento las incomodidades, pero llevo demasiado tiempo en esto para saber que las chicas listas como vosotras jamás os rendís.

Entiendo que la vida que ofrezco al principio no es nada atractiva, y mucho menos si te han educado en un colegio católico, pero verás con el tiempo que es mucho mejor que ser la esposa de Cristo.

Isabella permanecía en pie, con las manos entrecruzadas, mientras apretaba los dedos para comprobar que aquella no era una pesadilla.

—Lo que tienes entre las piernas es más valioso que el oro. Puedes utilizarlo para controlar a los hombres más poderosos y hacerte inmensamente rica. Los señores se enamoran de una cara angelical como la tuya, pero lo que les atrapa es lo que tienes justo aquí.

La mujer le señaló el bajo vientre e Isabella intentó apartarse.

—La única forma de hacer disfrutar a un hombre de verdad es que tú disfrutes y sepas cómo manejarte en la cama. ¿Has tenido novio?

La joven negó con la cabeza.

—Mejor, porque adquirís malas costumbres.

Aun así, he comprobado que tenéis algo en común: sois buenas cabalgando, algo que las putas de aquí no saben hacer.

Las mujeres en España son pasivas; por eso a los caballeros les gustan las activas, pero que al mismo tiempo se muestran inocentes y, en cuanto te vi, supe que eras una de esas.

—Yo no voy a hacer nada que…

La mujer se puso de pie con una agilidad que le asustó. Ya no parecía esa ancianita indefensa.

—Tú harás lo que yo te diga. Tendrás una maestra. Aunque, cuando venda tu virginidad, deberás mostrar que no sabes nada. ¿Entendido?

Isabella asintió con la cabeza.

—No te veo solo como una buena meretriz; puedes ser una nueva Lucrecia Borgia.

Influir en los hombres más poderosos de este país.

La mayoría piensa con su miembro, no con su cabeza.

Hasta ahora has vivido en un convento, pero los hombres lo único que quieren es sexo y poder, las dos cosas y exactamente en ese orden.