La indiana 16. Segunda cita
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16. Segunda cita

La intuición es un arma que nos ha dado la naturaleza para resistir los ataques de la mentira, pero a veces la dejamos de lado porque preferimos creer las mentiras.

Victoria intuía que algo no estaba bien.

Sabía que era una de las mujeres más bellas de Cantabria, inteligente, y pertenecía a la familia más rica del país.

Cualquier hombre de España y del mundo la habría deseado, pero ella representaba todo lo que Julián odiaba: el privilegio, la distinción y el mérito.

Marx lo había llamado odio de clase, pero, en el fondo, era algo más ancestral y profundo, tan humano que fue la razón por la que Caín mató a Abel: la envidia.

No importaba el talento de Julián, su familia no era rica ni poderosa y sabía que jamás pasaría de ser un plumilla mal pagado en un periódico de provincias de segunda fila.

Le gustaba decir que su padre era un obrero analfabeto, un hombre del pueblo, aunque en realidad era un funcionario del ayuntamiento de Santander.

Para él, su madre era una heroína que había luchado para sacar Adelante a sus cuatro hermanos y a él.

En realidad, su madre era una pequeña burguesa con pretensiones, capaz de comprarse un sombrero caro aunque eso dejase a sus hijos una semana sin comer.

Julián era el que más se parecía a ella. Siempre mentía, manipulando la realidad a su antojo para que los demás creyeran que era una persona que, en realidad, no era.

Esto no quiere decir que no sintiera nada por Victoria.

Su célula anarquista le había elegido para neutralizar un objetivo; por eso se había trasladado al edificio y, durante meses, se había hecho el encontradizo con Victoria, la pieza más débil del tablero de los Valdecilla y la puerta de acceso a la misma familia real.

Cuando la vio llegar con su vestido rosa, el sombrero a juego y su sombrilla rosada con encajes blancos, sintió que era una diosa que había bajado del Olimpo para ayudarlo. La diosa Atenea había ayudado a Odiseo a regresar a Ítaca.

—Buenas tardes, señoritas y compañía.

El novio de Alicia frunció el ceño. Aquel hombre no le daba buena espina, no solamente porque no perteneciese a su clase, sino sobre todo porque era amigo de terroristas.

—Siempre tan puntual —dijo Victoria, buscando un elogio, que no fuera demasiado directo.

—Mi padre siempre se levantaba muy temprano para ir a la fábrica.

Victoria, que siempre tenía algo que decir, se quedó callada. Julián era un hombre como su abuelo, hecho a sí mismo. Su padre y ella habían recibido todo desde la cuna.

El novio de Alicia la tomó de la mano y se alejaron. La joven se encontraba mejor, como si la fiebre del día anterior hubiera sido un mal sueño.

—No me gusta ese hombre —comentó su novio.

—No te gusta nadie que no haya nacido entre algodones —le recriminó su novia.

—No es eso. Mis abuelos tampoco tenían una gran posición; eran vaqueros que pudieron dar una educación a sus hijos, pero hay algo en su mirada muy turbio.

—¿Turbio?

—No dice la verdad. Ni siquiera sé si le gusta de verdad Victoria.

Alicia sintió un escalofrío recorriendo su espalda. Después se agarró de su brazo, y ella, que no era muy religiosa, le pidió a Dios que las protegiera de todo mal.