La indiana 15. Infierno
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15. Infierno

A Isabella no le falló el instinto. En cuanto atravesaron las puertas de la casa, aquella ancianita se convirtió en la peor de las brujas.

—Bueno, ahora me tenéis que pagar todo lo que he hecho por vosotras. Esos trajes, el haberos sacado del barco y el no haberos devuelto a las monjas.

Marga miró a su amiga aterrorizada.

—Tenemos algo de dinero y trabajaremos para usted si es eso lo que quiere —contestó la jovencita.

—Entre las piernas tenéis algo que vale mucho más que la fuerza de vuestras manos.

Isabella miró a su amiga y vio el pánico en sus ojos.

—Eso no, señora, por favor —le suplicó Marga.

Isabella sabía que era inútil pedir nada a aquella mujer impía. Debían seguirle la corriente hasta encontrar alguna oportunidad para escapar.

—Os ofreceré a algunos nobles, el primero pagará más, pero dos novicias van a estar muy cotizadas en La Coruña y en toda la provincia.

La mujer parecía relamerse de gusto, calculando lo que podía sacar por dos vírgenes. Hasta obispos y cardenales estarían dispuestos a pujar por ellas. Últimamente no le había ido muy bien en los negocios; solo lograba engañar a pueblerinas, gordas como vacas o que ya no eran vírgenes.

Uno de los hombres encerró a las dos amigas en una de las habitaciones. Marga no dejaba de llorar. Al final, Isabella se acercó a ella e intentó tranquilizarla.

—Esto es un castigo de Dios por dejar el convento —dijo la pobre muchacha.

—Dios no haría una cosa así; son los hombres y las mujeres los que hacen el mal. Tenemos que escapar. Seguro que, cuando todas duerman, tendremos una oportunidad.

Marga no parecía tan convencida. Había visto a dos perros grandes y negros vigilando el jardín, por no hablar de aquellos dos matones que las desnudaban con la mirada.

—No hemos dejado Cuba para terminar como prostitutas. Te aseguro que Dios nos ayudará a escapar de esta. Tú encontrarás a tu novio y yo a mi familia.

Isabella tenía una fe inquebrantable; siempre transmitía seguridad. Marga se durmió acurrucada en sus brazos.

La criolla miró la ventana. Ya era de noche y la oscuridad lo invadía todo. Pensó en su madre, en aquella vida de lucha por sobrevivir, y se prometió a sí misma que no se iba a rendir jamás.