La indiana 14. Alicia
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14. Alicia

Alicia no pudo ver a su amiga el día de su llegada ni al día siguiente. Se había levantado agotada del viaje; por la tarde se sintió indispuesta, por la noche tuvo fiebre y, al día siguiente, le dolía todo el cuerpo, aunque empezaba a mejorar.

—Señorita, ha venido a verla su amiga la señorita Victoria.

—No estoy para recibir visitas…

Antes de que terminase la frase su amiga ya estaba dentro de la habitación.

—Abra las ventanas para ventilar.

La criada obedeció de inmediato.

—Tengo frío —se quejó Alicia.

—Fuera hay más de treinta grados, está haciendo un verano muy caluroso.

—He tenido fiebre.

—Razón de más, es mejor que tu cuerpo se enfríe.

—Mira que pinta tengo — comentó señalándose el camisón arrugado, el pelo desordenado y la cara hinchada.

—Preciosa, como siempre.

Después se sentó al borde de la cama y le tomó la mano.

—Te puedo contagiar.

—Estoy sana como una manzana y tengo mucho que contarte.

Alicia se sentó y miró a su amiga. Su rostro resplandecía de una forma muy especial y eso solo podía significar una cosa.

—¿Le has visto?

—Ayer después de misa, por la mañana.

—¡Cuéntame todo! —exclamó como si, de repente, hubiera recuperado todas sus fuerzas.

—Me dio un papel, después nos vimos detrás de la ermita y…

—¡Por Dios, me tienes en ascuas!

—Me tomó de la mano y me pidió que saliéramos a pasear para conocernos.

—¿Estás loca? Tu madre te va a matar.

La joven entornó los ojos.

—Es tan interesante, tan guapo y apuesto.

—Es un anarquista, al menos eso se dice y esa gente es peligrosa.

Victoria negó con la cabeza.

—Un caballero no puede ser peligroso.

Alicia no estaba tan convencida.

—Bueno ¿y…?

—Esta tarde nos volveremos a ver.

—¿Vas a ir sola?

—No, iremos juntas y te quedarás vigilando. Tu novio ya está en Comillas.

—Sí, y yo en la cama sin poder verle.

—Serás mi carabina, pero sin pasarte. No le puedo decir a mi madre que voy con Herminia otra vez al mercado de las Flores.

¿Con Herminia? ¿Ahora eres amiga de las criadas?

—No seas tonta, nos criamos juntas, pero cada una conoce su sitio.

—No soy tonta —dijo mientras se peinaba la larga melena.

—Comeremos juntas para que recuperes fuerzas y después nos iremos a la ermita.

Alicia no estaba segura de que aquella fuera una buena idea. Sus hermanos podían chivarse a su madre; siempre estaban fisgándolo todo. Pero el verano era para disfrutarlo. Se pasaba demasiado rápido como para perder un solo instante.