13. Angustia
Sobrevivir a veces parece suficiente, pero Isabella todavía sentía que el corazón estaba a punto de explotarle.
Su amiga Marga no parecía mucho más tranquila cuando ambas pisaron por primera vez suelo español.
Miraron el hermoso puerto de La Coruña y los edificios elegantes del fondo.
Se parecían un poco a La Habana, pero tenían un aire más decadente.
Después acompañaron a su nueva amiga por las calles de la ciudad, mientras un maletero transportaba su equipaje.
Lo primero que les llamó la atención fue que no había personas mulatas, negras ni de aspecto indígena.
Tampoco vieron los coloridos árboles ni los vistosos vestidos de las mujeres.
Las personas con las que se cruzaban las miraban con una mezcla de hostilidad y curiosidad.
A pesar de que sus trajes eran muy bonitos, los más hermosos que habían vestido jamás, se sentían fuera de lugar.
Isabella miró inquieta a su amiga y se preguntó si no sería mejor dejar a la señora y continuar cada una con su camino.
Marga no estaba tan lejos de El Ferrol. En una diligencia apenas habría unas diez o doce horas de camino. Ella no sabía dónde estaban Cantabria ni Santander, pero suponía que quedarían a solo unos días de viaje.
Las dos jóvenes habían conseguido esconder parte del dinero que llevaban ahorrando durante años, pero Marga se sentía en deuda con aquella mujer por su amabilidad.
—Ya casi estamos —dijo la anciana mientras se acercaban a una villa algo apartada del casco urbano. Parecía elegante, aunque había visto épocas mejores.
El maletero dejó el equipaje a la puerta, recibió la propina y miró a las dos jóvenes con cierta lástima.
Al acercarse a Isabella le susurró al oído:
—Escapen de aquí cuanto antes.
Después se alejó por la cuesta, mientras la señora abría la casa con su llave.
Un par de hombres morenos, con barba de varios días, salieron a recibirlas.
Los dos las miraron con tal atrevimiento que las cubanas se ruborizaron.
Y eso que, en su isla, los hombres no eran precisamente caballerosos, sobre todo los más humildes.
Mientras entraban en la casa, Isabella pensó en su madre. No había podido pasar mucho tiempo con ella para que le aconsejara sobre la vida, pero sabía que no debía estar en aquella casa.
________________________
Victoria vio al joven periodista sentado en uno de los últimos bancos de la capilla. Julián no tenía ningún interés en la misa, pero era uno de los pocos lugares donde podía observar a la joven sin levantar sospechas.
Al terminar el oficio, se puso de pie, pero permaneció inmóvil. Ella pasó justo al lado y el hombre le dio disimuladamente un papelito. Ponía una hora y un lugar.
Aquella tarde, la joven le pidió a su amiga Herminia, la hija de la criada, que la acompañara al mercado de las Flores. Su madre accedió a que fueran las dos muchachas solas. Comillas era uno de los lugares más seguros del reino.
Las dos llevaban unos vestidos ligeros de verano.
La tela del vestido de Victoria era mucho más noble, mientras que la de su amiga era mucho más sencilla.
Aun así, ambas lucían sus figuras, dejando entrever los hombros y los tobillos, mientras llevaban la cabeza cubierta con un sombrero y sostenían en las manos un pequeño bolso y una sombrilla a juego.
—Es arriesgado que le veas en los jardines. Puede que la gente os vea y cuestione tu reputación.
—Estaremos detrás de la pequeña ermita —le confesó Victoria.
Herminia iba a aprovechar para ver a su querido novio. Contaba las horas para casarse, aunque temía que no podría disfrutar mucho de ese estado cuando le llamaran a filas.
Llegaron a los jardines y el novio de Herminia ya las esperaba, la besó en los labios, después de asegurarse de que no había nadie cerca.
La joven se quedó unos segundos saboreando aquel beso y volvió a sentir cómo todo su cuerpo vibraba.
Julián apareció al final de la vereda. Vestía un traje claro de verano y un sombrero blanco que resaltaba su tez morena y el color de sus ojos. Victoria sintió que se aceleraba su pulso cuando se detuvo justo frente a ellas y las saludó.
—Señoritas, caballero —dijo el periodista, aunque el novio de la criada era ayudante de carnicero y matarife.
Victoria no podía evitar mirarlo embelesada.
No sabía si era por los calores del verano o porque estaba realmente guapo con aquel traje menos formal.
Ya no parecía el plumilla pobre que vivía en la buhardilla de su edificio en Santander.
Aun así, era consciente de que sus padres jamás lo aceptarían como a uno de los suyos.
Los dos se separaron de la pareja y caminaron hasta la ermita.
—¿Por qué tenía tantos deseos de verme?
—Bueno... —carraspeó el hombre—. En la iglesia estabas tan hermosa... Llevo tiempo pensando...
—¿Pensando en qué?
—En hablar con usted.
—Soy mucho más que una cara bonita…
El hombre la miró a los ojos, eran los más bellos que había visto jamás.
—He oído hablar de que está estudiando con las americanas y que quiere ir a la universidad.
La joven frunció el ceño.
—¿Le parece mal?
—No, pero en España, por desgracia, las mujeres no pueden estudiar en la universidad.
—Veo que no está bien informado. Elena Maseras pidió una autorización al rey Amadeo I para poder estudiar y este se la concedió. Fue la primera mujer en hacerlo y de eso ya han pasado veinticinco años.
—Es cierto, pero salió una normativa aquel mismo año prohibiendo que nuevas mujeres pudieran acceder a las universidades —le replicó el periodista.
La joven sonrió.
—Justo este año se acaba de aprobar que las mujeres pueden estudiar con permisos especiales y mi abuelo es amigo íntimo de la reina y su hijo está unos días en nuestra casa.
Julián estaba al tanto y, en muchos sentidos, esa era otra de las razones por las que quería acercarse a la familia.
Los poderosos temían los atentados anarquistas que se habían producido en España durante los últimos años.
La Mano Negra había actuado en Andalucía durante una larga temporada, aunque aún más graves habían sido los atentados con bomba cometidos en Barcelona.
También recordaban el atentado contra el capitán general Arsenio Martínez Campos, pero el más terrible de todos había sido el del Liceo, con veintidós muertos y treinta y cinco heridos.
Los anarquistas incluso atentaron durante una procesión del Corpus dos años antes y, apenas unos días atrás, un tirador había acabado con la vida del presidente Cánovas del Castillo.
Los dos tortolitos se pararon detrás del edificio y Julián le tomó la mano. La mujer, que siempre parecía tan segura de sí misma, se ruborizó.
—Perdonad mi atrevimiento, pero me gustaría que pudiéramos vernos a menudo y conquistar vuestro corazón.
—Deja de tratarme de usted —le pidió la mujer.
—Podríamos vernos por las tardes en este mismo sitio.
Victoria titubeó. No estaba segura de poder escapar cada día de la vigilancia de su madre, aunque ahora que esta estaba entretenida con el joven príncipe Alfonso, sus paseos pasarían más desapercibidos.
La joven asintió con la cabeza y el hombre le besó la mano. Una corriente eléctrica le recorrió el brazo y se extendió por toda la espalda.
Después caminaron los dos: ella, agarrada de su brazo; él, con la palma de la mano sobre el guante de la aristócrata.
Julián pensó en el joven príncipe y que pronto sería una presa fácil en sus manos.